martes, 15 de enero de 2013

La Canción del Bosque (4)

Capítulo 4, Primera Incursión.
El sol despertó radiante, como solía hacer en Bahía Luna, contagiando a Elbert de buen humor. Casabastros, uno de los criados que le proporcionó el rey, tenía todas las cosas preparadas y Olmar les esperaba.

No tardaron en dejar la ciudad atrás, que se estiraba a lo largo en la bahía, y verse engullidos por la marea verde que era el bosque de Lubaen. Olmar vestía las mismas ropas sencillas que el día anterior, sólo cambiaba que ahora se ceñía a la espalda un morral de piel bien grande, del que colgaba una gruesa manta, y una cantimplora en bandolera. Elbert viajaba algo más ligero aprovechando que dos de los hombres del rey, de los tres a su disposición, le acompañaban, no obstante él llevaba algunas provisiones y una buena capa. Si por algún motivo se separaban no quería verse desvalido por completo.

Lubaen era la imagen de la vida. Dónde se posara la vista había indicios de ella: en las hojas verdes, en una pequeña oruga que trepaba la corteza de un árbol, las flores, las fragancias a romero y espino inundando el aire; los trinos de los pájaros, el chirriar de los insectos, el ruido seco de los animales escondiéndose.

Un intenso aroma a resina y pino llegó al olfato de Elbert mucho antes de que Olmar los llevara hasta un pequeño grupo de cabañas, todas de madera. A un lado del campamento llacían montones de troncos a la espera de ser aserrados. La imagen de un montón de tocones resultó dolorosa.
-Éste es el campamento de los leñadores, ellos se encargan de proporcionar toda la madera que se necesita en Bahia Luna.-informó el guía, que saludaba en ese momento a un hombre de brazos musculosos y espaldas anchas.
-Hacía mucho tiempo.-bramó con una potente voz, acercándose.
-Demasiado.-sonrió Olmar.
-Me alegra que hayas encontrado una excusa para dejarte caer por aquí.-estrechó entre sus brazos al hombre que pareció inmensamente pequeño.-Soy Eruga, el capataz.-se presentó.
-Elbert.-hizo una pequeña inclinación de cabeza.-Ellos son Casabastros y Ticiaso.
-Bien, bien, ¿os quedaréis a comer?
-Me temo que no.-se adelantó Elbert temeroso de que Olmar pensara otra cosa.-Llevamos cierta prisa.
El hombretón rió con una risa atronadora.
-El bosque no se va a ir a ninguna parte, pero os veo determinado a seguir. Si a vuestro regreso tenéis más tiempo con gusto os invitaré a asado y cerveza, pero de la de verdad, no como ese caldo aguado que sirven en la ciudad a los marineros.
-Os lo agradezco.

Mientras atravesaban el campamento algunos hombres detenían sus tareas para saludar al guía y mirarlos con cierta curiosidad.

El bosque comenzaba a volverse cada vez más denso y opresivo, la luz ya no llenaba tan bien el espacio y la temperatura había descendido brúscamente. La humedad tierra y verde se podía respirar.
-¿Suele ser frecuente la niebla por aquí?-preguntó Elbert a Olmar que iba justo delante de él.
-En las mañanas sí, y también alguna tarde.
-Tiene que ser casi como la noche.
-Casi, no es recomendable avanzar cuando la niebla se adueña del bosque, corre uno el peligro de perderse.
-Lo tendré en cuenta.

El siguiente tramo del camino ascendía bruscamente y terminaba en lo que debía ser la cima de una colina.
-A partir de aquí será más difícil encontrar senderos.
-Es un buen lugar para hacer un alto y comer algo.
Olmar miró al cielo, asintiendo segundos después.
Comieron en silencio. Unos pocos bocados de queso y carne seca, acompañados de pan de nueces y agua.

El descenso, sin ni siquiera una pequeña vereda sinuosa que los guiara, resultó más complicado de lo que Elbert habría podido imaginar minutos antes. La raíces que sobresalían de la tierra resultaban trampas mortales, y siempre parecía haber algún matorral cargado de afiladas espinas que atravesaban los pantalones con excesiva facilidad. Más de una vez tuvieron que ayudarse entre ellos para desengancharse de una rama o un matojo. La conversación se fue volviendo poco a poco menos intensa hasta que terminó por desaparecer.

Cuando el camino se allanó de nuevo todos lo agradecieron. El paso se volvió poco a poco más rápido y la charla comenzó a fluir. Olmar los llevó hasta un pequeño claro con una amplia charca refrescante. Elbert aprovechó para meter los pies en el agua.
-¿Cuánto nos hemos adentrado en el bosque?-preguntó mientras tiraba una piedra al agua.
-Unos quince kilómetros.
-¿Nos falta mucho?
-A este paso, el resto del día y gran parte de mañana.
-¿Qué hora será?-sacó los pies del agua y se tumbó sobre la hierba.
-Es difícil saberlo, no se ve el sol.-Casabastros trepó sobre un montón de rocas para intentar ver mejor.
-Nos queda un poco más de una hora de luz,-Olmar había recogido una buena cantidad de leña.-pero en ese tiempo no encontraremos mejor lugar para pasar la noche.

Elbert se despertó sobresaltado. Su vista se fijó primero en la hoguera, apagada, aunque algunas volutas de humo se permitían ascender aún. Después miró a su alrededor. Sus compañeros dormían tranquilamente. Se tumbó boca arriba mirando al cielo estrellado. Algo había turbado su sueño, estaba seguro, pero qué, allí no había nadie más. Suspiró y cerró los ojos intentando volver a dormirse.

Olmar se levantó como un resorte en cuanto empezó a apreciarse la más mínima claridad. Elbert lo imitó pesádamente. Estaba agotado, no había conseguido volver a conciliar el sueño. Los dos criados que le proporcionó el rey también despertaron al oírlos moverse, tampoco parecía que hubieran pasado una buena noche. El guía se permitió una sonrisa, no era fácil dormir al raso cuando se estaba acostumbrado a camas mullidas y calientes.

Antes de los primeros rayos de sol ya caminaban tras Olmar. Lo seguían de cerca porque era la única forma de no perderse pues estaban rodeados de una niebla blanca y densa. El hombre, de vez en cuando se detenia y chasqueaba los dedos para que pudieran encontrarlo.
-Así no llegaremos nunca.-se quejó Casabastros.
-Un poco de paciencia.-pidió Elbert.
-Esto sólo durará unas horas.

Como había dicho el guía, la niebla fue levantándose lentamente hasta dejar solo las sombras del bosque. La zona en la que se encontraban ahora era en extremo tupida. Las ramas de los árboles de un verde intenso apenas dejaban pasar la luz, por lo que el suelo estaba húmedo y frío. Tenían que reconocer que aquella zona tenía un aire siniestro.

-A partir de aquí hemos de tener mucho cuidado, pronto empezaremos a ver montones de telas de araña. Ni se os ocurra tocarlas.
Asintieron.

Pasaron dos horas desde la advertencia y no se habían topado aún con ninguna tela de araña. Elbert se dio cuenta de que Olmar parecía algo confuso. La seguridad de sus pasos ya no era tan férrea y alzaba demasiado la cabeza, como buscando referencias que no encontraba.

-¿Está todo bien?

-No.-Tardó unos momentos en responder.- Deberían estar por aquí. Deberíamos haberlas visto hace mucho rato.
-¿Pude qué nos hayamos desviado un poco? No deciais qué eran nocturnas, lo mismo al anochecer.
-¡No! No, antes de que caiga la noche tenemos que irnos de aquí.-sus ojos brillaron con miedo.-No puede ser.
-Mi señor, ¿sabrá regresar?-se escuchó la voz de Casabastros.
-Esperemos que sí.

Aún permanecieron una hora más en el lugar, buscando, pero no encontraron nada.

El viaje de vuelta, infructuoso, irritó enormemente a Elbert. No hacía más que preguntarse si se había equivocado al escoger a aquel guía. Sabía que la tarea encomendada no iba a ser llegar y topar con la criatura, pero había estado tan convencido de ver las arañas gigantes que no se había planteado que pudieran no encontrarlas.

Retornar fue algo más rápido que la ida, así que pronto y al anochecer alcanzaron el campamento de leñadores donde, tal y como había prometido el amigo de Olmar, les ofrecieron un festín de venado asado. Pasaron la noche allí, en un cobertizo de herramientas que les pareció como la mejor habitación de la mejor posada tras tres noches al raso.

Cuando llegaron a la ciudad el conde Salmoralo se encontraba en el puerto, reunido con los capitanes y comerciantes y no se estimaba que llegara pronto. Elbert casi se alegró por no tener que informar inmediatamente al conde de su fracaso. Estaba seguro de que lo reportaría de inmediato al rey y los monarcas tendían a impacientarse demasiado cuando encontraban la primera piedra del camino y tropezaban. Se permitió un baño caliente para liberar su cuerpo de la suciedad y la tensión acumuladas.

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