jueves, 27 de febrero de 2020

Recuperando (II)


Dejierro movió lentamente su brazo izquierdo para abrir la tela de su capa y dejar a la vista una pesada e hinchada bolsa colgada en su cinto. El bribón frente a él sonrió con codicia mientras extendía la mano sin dejar de apuntarle con la ballesta ligera. Al otro lado un vigilante gigantón, con un pesado garrote lleno de clavos entre sus manos, veía cómo las monedas cambiaban de manos.
—El anillo también — Dejierro levantó la mirada hasta que sus ojos se cruzaron con los del bandido y dejó escapar un pesado suspiro —. ¡Vamos!
               Fueron las últimas palabras que pronunció antes de que un intenso frío le atenazara, primero la espalda, luego, todo el cuerpo. Una rigidez mortal lo apresó. El bruto del garrote se dio cuenta de que algo no iba bien casi al instante y levantó su arma, fue todo lo que le dio tiempo a hacer antes de que la rigidez helada también lo apresara a él. Dejierro tomó la bolsa de la mano del hombre, hizo un gesto con sus dedos y el bandido de la ballesta se acercó peligrosamente a su compañero.
—Debiste conformarte con la bolsa.
Chasqueó los dedos. El dedo apretó el gatillo y el virote salió disparado hacia el corazón del gigantón. Al mismo tiempo el pesado garrote con clavos descendió sobre la cabeza del hombre de la ballesta. Cuando los cuerpos cayeron al suelo, desprovistos de vida, Dejierro ya no estaba allí.

Recuperando (I)

La gárgola, una especie de serpiente alada, marcaba el final del tejado por el que, bajo la lluvia, corría a toda velocidad. La suela de las botas chapoteaba con fuerza sobre la superficie anegada. La capa, bien engrasada, apenas era protección contra el agua inclemente. Nica no miró atrás sabiendo que sus perseguidores estaban extremadamente cerca. Unas pocas zancadas más y llegaría al límite antes de que el vacío al límite del edificio se abriese para dar paso a la, habitualmente pomposa y abarrotada, avenida de Víreal. Escuchó cómo la carrera de los hombres que la seguían, desde que había sido descubierta en el estudio del regente Carolus, disminuía en intensidad. Imaginó sus sonrisas socarronas sabiendo que no tenía ningún lugar al que ir. Un proyectil de incandescente, disparado seguramente por uno de los muchos escupefuegos que el regente había comprado a los ogros de Colinanegra impactó contra parte del suelo y desprendió algunos fragmentos de piedra.  Eso no la detuvo más que los treinta metros hasta la calzada o los quince que la separaban del otro edificio. Sin pensarlo saltó con todas sus fuerzas. Brazos y piernas giraron libres de cualquier atadura, como si intentara moverlos en un intento de mantenerse en el aire. Justo cuando la caída se habría convertido en fatal, las manos de Nica se cerraron sobre una cuerda que justo aparecía ante ella en el aire. Se aferró mientras se balanceaba furiosamente en el mismo sentido de su salto. Sintió el tirón hacia arriba y se elevó varios metros por encima de sus captores. El Artefacto con forma de libélula gigante de Jon había aparecido justo en el momento adecuado. Los hombres bajo ella intentaron dispararle, pero entre la lluvia y el fuerte viento que generaban las alas del ingenio y que lo mantenían en el aire, les fue imposible alzar sus armas. Uno de ellos la miró con unos ojos cargados de furia y pronunció unas palabras que Nica no alcanzó a escuchar, pero no le hacía falta para entender la clara amenaza -Te mataré-.