lunes, 5 de diciembre de 2016
3 Palabras (3)
Le encantaba, tenia que reconocerlo. Le daba vergüenza que la gente lo supiera, pero no podía negarlo por más tiempo, vivía con todos sus sentidos puestos sobre ella. Le admiraba, suponía, la simpleza de sus formas, de su esencia, porque eran como si por ello pudiera contenerlo todo. En cierto modo sabía que era algo enfermizo, aquella incesante búsqueda, pero tenía el convencimiento de que todo habría merecido la pena cuando, miles de kilómetros después, tras haber recorrido el mudno de Sur a Norte y de Este a Oeste, hubiera encontrado la perfecta: PIZZA CUATRO ESTACIONES, la única que en verdad se merecería que se escribiera con mayúsculas.
3 Palabras (2)
«"¡Qué te den!" Fueron sólo tres palabras, pero se grabaron a fuego en Alberto, en su corazón, en su mente y en su alma. Aún podía, tres años después, ver claramente cómo Mariola cogía precipitadamente su ropa, se vestía, tomaba su bolso y arrancaba por el pasillo a toda velocidad hasta llegar a la puerta, que cerró tras de sí con un portazo. En secreto lloraba cada vez que lo recordaba, y lo hacía a menudo. Se preguntaba qué habría sido de Mariola y se juraba que si algún día volvía a tenerla delante haría más que pronunciar un ambiguo "Lo siento". Habia tenido mucho tiempo para sufrir y pensar bajo aquellas hirientes tres palabras, bajo el yugo de aquel merecido: "¡Qué te den!"».
3 Palabras (1)
«Raúl estiró la chaqueta, intentando eliminar las arrugas que se le habían formado al ir sentado en el asiento del coche. Su mirada, perdida en el infinito, se cruzó con la de sus dos sobrinos: Violeta y Pedro, de siete y cinco años. Los dos observaban con los ojos muy abiertos las caras tristes de los adultos. No entendían las lágrimas que vertían algunos. Dejó de intentar quitar la arruga, no lo iba a conseguir, y se acercó a los dos niños. Se agachó y les dio un abrazo.
--¿El abuelo está malito? --preguntó con candidez Violeta sin soltarle la mano a su hermanito.
Raúl esbozó una sonrisa y levantándose le revolvió el pelo a la niña, mientras expelía un largo suspiro y pensaba: "La vida continua"».
--¿El abuelo está malito? --preguntó con candidez Violeta sin soltarle la mano a su hermanito.
Raúl esbozó una sonrisa y levantándose le revolvió el pelo a la niña, mientras expelía un largo suspiro y pensaba: "La vida continua"».
domingo, 6 de noviembre de 2016
Brujaoscura
Todos teméis a la Reina Negra, palideceis al escuchar la más ligera mención de la Brujaoscura. Todos vosotros y cualquiera que haya nacido en Valin. Anciano, mujer, hombre o niño, todos habéis oído hablar de la temible reina que habita en el corazón del Bosque Negro. Incluso en las ciudades más allá del Mar Argento, al Sur, tiemblan al oír sus muchos nombres. Y quién no conoce las terribles leyendas de las masacres perpretadas por la bruja, los infantes devorados, los baños en la sangre de las vírgenes. Ninguno. Todos las habéis oído, todos las conocéis, todos, pero la verdadera historia, la línea que separa lo cierto de la leyenda, nadie, porque la verdad murió sepultada hace mucho tiempo por el miedo. Dejadme que os la cuente, dejad que mis palabras os arrebaten el miedo como un vino caliente y especiado junto a una chimenea se lleva el frío de la noche de invierno. Escuchad y no olvidéis beber mientras lo hacéis.
Todo comenzó hace mucho, mucho, mucho tiempo, como sucede con todas las historias que merecen la pena ser contadas. El Bosque Negro no siempre se llamó así, no, antes de ese nombre la gente lo llamaba S'hamira: un reino lleno de belleza, con edificios siempre relucientes y un castillo de altas y perfectas torres blancas en cuyos tejados ondeaban banderas de suave y brillante celeste. En todos los rincones S'hamira era conocida como La Joya del Este. Nada podía superar a la ciudad en belleza, nada, salvo su reina, Aratti, la Reina Rubí, así llamada por su roja cabellera. S'hamira había sido siempre un reino próspero y nunca tanto como bajo el mandato del rey Enthor, querido esposo de Aratti. Pero nada dura para siempre y S'hamira no fue una excepción. En el Solsticio de Verano, en la fiesta del trigésimo tercer aniversario del rey, los Vhastani, los Siete Magos Supremos de las Siete Ciudadelas, entregaron un regalo a Enthor, como habían hecho durante los último siete años: una visión. Una visión terrible. El futuro próspero de S'hamira tocaría a su fin y la mano ejecutora de tal desgracia sería la Reina de Rubí. Enthor entró en cólera y expulsó a los magos del reino y ordenó que todos en la fiesta la abandonaran.
Aunque el rey había sentido el ultraje y la ofensa en las palabras de los magos, negándose a creerlas, la semilla de la duda se aferró a su corazón. Los días pasaron, llenando las semanas, y la mirada de Enthor se volvió más fría y distante cuando recaía en su esposa. Los murmullos comenzaron a correr tras las espaldas y al final, en el solsticio de invierno, tras un verano con una sequía como no se había conocido, las cosechas perdidas y unas nieves que habían aniquilado el otoño, llevando al hambre al reino, el rey recordó las palabras de los magos y mandó apresar a la reina, a la que envió a una torre donde no habría de tener contacto con nadie. Dónde sería olvidada por el bien del reino. Los gritos y el llanto de Aratti fueron ignorados.
Traicionada y sola, el corazón de Aratti, siempre vibrante, comenzó a marchitarse, llenándose poco a poco de la negrura de la tristeza y la desesperación. El rey no había ido a verla a pesar de sus súplicas. Sus sirvientes ni tan siquiera se dignaban a darle noticias sobre el destino de S'hamira. Finalmente, siete años después de su encierro, las puertas de su celda de plata, se abrieron. La sombra que había sido la Reina de Rubí, se aventuró al exterior. Nadie había en la torre ni más allá. Tomó el polvoriento camino y dejó que sus pasos vacilantes la llevaran a la capital del reino. Mientras recorría los caminos, no reconocía los lugares, no parecía haber nada. Las aldeas lucían abandonadas, los campos consumidos y los bosques antes frondosos y verdes no eran más que raquíticos esqueletos de ramas. Llegó a S'hamira donde ya no ondeaban brillantes banderas y el color de las torres ya no era el blanco, sino el negro de la piedra derruida. Llegó a la sala del trono y encontró un hombre consumido en la vejez y la locura, no lo reconoció al principio, no, pero allí estaba su querido rey. El espectro la miró sin verla, sin un atisbo de reconocimiento en sus ojos vacíos. Antes de que pudiera pronunciar alguna palabra, el hombre expiró.
Aratti derramó amargas lágrimas durante toda la noche, sin moverse del lado del cadáver de quién había sido su esposo. Al amanecer se levantó y marchó hacia las Siete Ciudadelas, a las que, desaparecido S'hamira, todos llamaban ahora la Gema del Oeste. Aratti pidió audiencia con los Siete Magos Supremos. El círculo de los hombres mágicos se cerró sobre ella con miradas inquisitivas y llenas de sorpresa. La reina sólo preguntó: "¿por qué?" Se rieron durante largo rato y al fin contestaron: "Que después de mucho tiempo sólo habían encontrado una solución para lograr la caída de S'hamira, arrebatarle su corazón, dónde residía su poder". Al principio Aratti no entendió las palabras de los magos, pero en el momento en el que lo hizo su cuerpo vibró y brilló con un rojo carmesí. Comprendió el poder que le había sido otorgado y dónde antes había habido gentileza y prosperidad, ahora sólo albergaba pena, angustia y negrura. Los Magos se percataron tarde de su error y desaparecieron engullidos en el poder creciente de la Reina de Rubí. Las Siete Ciudadelas los siguieron. Hoy día nadie las recuerda, nadie sabe dónde pudieron existir. Tras eso Aratti retornó a S'hamira dónde su único deseo fue que jamás nadie volviera a envidiarlo. Y así fue como nació el Bosque Negro, ese lugar dónde nadie quiere ir, donde nadie se atreve a adentrarse. Ahora los sabéis: no hay maldad alguna en la Reina Negra, sólo la más profunda de las penas. Incluso hay quien dice que Iratti, la Reina de Rubí aún está viva y que su belleza no se ha marchitado.
Todo comenzó hace mucho, mucho, mucho tiempo, como sucede con todas las historias que merecen la pena ser contadas. El Bosque Negro no siempre se llamó así, no, antes de ese nombre la gente lo llamaba S'hamira: un reino lleno de belleza, con edificios siempre relucientes y un castillo de altas y perfectas torres blancas en cuyos tejados ondeaban banderas de suave y brillante celeste. En todos los rincones S'hamira era conocida como La Joya del Este. Nada podía superar a la ciudad en belleza, nada, salvo su reina, Aratti, la Reina Rubí, así llamada por su roja cabellera. S'hamira había sido siempre un reino próspero y nunca tanto como bajo el mandato del rey Enthor, querido esposo de Aratti. Pero nada dura para siempre y S'hamira no fue una excepción. En el Solsticio de Verano, en la fiesta del trigésimo tercer aniversario del rey, los Vhastani, los Siete Magos Supremos de las Siete Ciudadelas, entregaron un regalo a Enthor, como habían hecho durante los último siete años: una visión. Una visión terrible. El futuro próspero de S'hamira tocaría a su fin y la mano ejecutora de tal desgracia sería la Reina de Rubí. Enthor entró en cólera y expulsó a los magos del reino y ordenó que todos en la fiesta la abandonaran.
Aunque el rey había sentido el ultraje y la ofensa en las palabras de los magos, negándose a creerlas, la semilla de la duda se aferró a su corazón. Los días pasaron, llenando las semanas, y la mirada de Enthor se volvió más fría y distante cuando recaía en su esposa. Los murmullos comenzaron a correr tras las espaldas y al final, en el solsticio de invierno, tras un verano con una sequía como no se había conocido, las cosechas perdidas y unas nieves que habían aniquilado el otoño, llevando al hambre al reino, el rey recordó las palabras de los magos y mandó apresar a la reina, a la que envió a una torre donde no habría de tener contacto con nadie. Dónde sería olvidada por el bien del reino. Los gritos y el llanto de Aratti fueron ignorados.
Traicionada y sola, el corazón de Aratti, siempre vibrante, comenzó a marchitarse, llenándose poco a poco de la negrura de la tristeza y la desesperación. El rey no había ido a verla a pesar de sus súplicas. Sus sirvientes ni tan siquiera se dignaban a darle noticias sobre el destino de S'hamira. Finalmente, siete años después de su encierro, las puertas de su celda de plata, se abrieron. La sombra que había sido la Reina de Rubí, se aventuró al exterior. Nadie había en la torre ni más allá. Tomó el polvoriento camino y dejó que sus pasos vacilantes la llevaran a la capital del reino. Mientras recorría los caminos, no reconocía los lugares, no parecía haber nada. Las aldeas lucían abandonadas, los campos consumidos y los bosques antes frondosos y verdes no eran más que raquíticos esqueletos de ramas. Llegó a S'hamira donde ya no ondeaban brillantes banderas y el color de las torres ya no era el blanco, sino el negro de la piedra derruida. Llegó a la sala del trono y encontró un hombre consumido en la vejez y la locura, no lo reconoció al principio, no, pero allí estaba su querido rey. El espectro la miró sin verla, sin un atisbo de reconocimiento en sus ojos vacíos. Antes de que pudiera pronunciar alguna palabra, el hombre expiró.
Aratti derramó amargas lágrimas durante toda la noche, sin moverse del lado del cadáver de quién había sido su esposo. Al amanecer se levantó y marchó hacia las Siete Ciudadelas, a las que, desaparecido S'hamira, todos llamaban ahora la Gema del Oeste. Aratti pidió audiencia con los Siete Magos Supremos. El círculo de los hombres mágicos se cerró sobre ella con miradas inquisitivas y llenas de sorpresa. La reina sólo preguntó: "¿por qué?" Se rieron durante largo rato y al fin contestaron: "Que después de mucho tiempo sólo habían encontrado una solución para lograr la caída de S'hamira, arrebatarle su corazón, dónde residía su poder". Al principio Aratti no entendió las palabras de los magos, pero en el momento en el que lo hizo su cuerpo vibró y brilló con un rojo carmesí. Comprendió el poder que le había sido otorgado y dónde antes había habido gentileza y prosperidad, ahora sólo albergaba pena, angustia y negrura. Los Magos se percataron tarde de su error y desaparecieron engullidos en el poder creciente de la Reina de Rubí. Las Siete Ciudadelas los siguieron. Hoy día nadie las recuerda, nadie sabe dónde pudieron existir. Tras eso Aratti retornó a S'hamira dónde su único deseo fue que jamás nadie volviera a envidiarlo. Y así fue como nació el Bosque Negro, ese lugar dónde nadie quiere ir, donde nadie se atreve a adentrarse. Ahora los sabéis: no hay maldad alguna en la Reina Negra, sólo la más profunda de las penas. Incluso hay quien dice que Iratti, la Reina de Rubí aún está viva y que su belleza no se ha marchitado.
jueves, 6 de octubre de 2016
Pequeños "Te Quiero"
Pequeños "Te Quiero"
"Te quiero demasiado como para que sigamos hablando, como para que sigamos viéndonos. Te quiero demasiado como para continuar sabiendo de ti. Te quiero demasiado como para no renunciar a ti. Adios, no olvides que te quiero".
"Y los -te quiero- fueron, poco a poco, apagándose. Luego le siguieron las palabras, simples saludos, simples sonrisas, simples miradas. Después llegó el silencio. Y por último el olvido para quedarse".
"Te quiero. Con locura. Como sólo se puede querer a una persona, como sólo te puedo querer a tí, como sólo sé quererte. Quererte es mi vida, pero que no lo sepas me está matando. Y no sé cuando te podré decir -Te quiero-. No lo sé, y eso también me va quitando vida de poquito a poco. Pero te quiero".
"Te quiero como nunca quise a nadie, pero a ti eso no te importa. Ni siquiera sabes quién soy. Cómo vas a saber que te quiero con locura. Que te quiero más que a nada. Más que a mí mismo, más que a mis sueños. Te quiero".
" -Te quiero- Esas fueron las palabras malditas que te alejaron de mí. Dos. Ni una más, ni una menos. -Te quiero-, las palabras más terribles que pueden ser oídas cuando no queremos a quien las pronuncia. -Te quiero -, las palabras que infunden miedo y precipitan al rechazo y el olvido".
"Te quiero demasiado como para que sigamos hablando, como para que sigamos viéndonos. Te quiero demasiado como para continuar sabiendo de ti. Te quiero demasiado como para no renunciar a ti. Adios, no olvides que te quiero".
"Y los -te quiero- fueron, poco a poco, apagándose. Luego le siguieron las palabras, simples saludos, simples sonrisas, simples miradas. Después llegó el silencio. Y por último el olvido para quedarse".
"Te quiero. Con locura. Como sólo se puede querer a una persona, como sólo te puedo querer a tí, como sólo sé quererte. Quererte es mi vida, pero que no lo sepas me está matando. Y no sé cuando te podré decir -Te quiero-. No lo sé, y eso también me va quitando vida de poquito a poco. Pero te quiero".
"Te quiero como nunca quise a nadie, pero a ti eso no te importa. Ni siquiera sabes quién soy. Cómo vas a saber que te quiero con locura. Que te quiero más que a nada. Más que a mí mismo, más que a mis sueños. Te quiero".
" -Te quiero- Esas fueron las palabras malditas que te alejaron de mí. Dos. Ni una más, ni una menos. -Te quiero-, las palabras más terribles que pueden ser oídas cuando no queremos a quien las pronuncia. -Te quiero -, las palabras que infunden miedo y precipitan al rechazo y el olvido".
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