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miércoles, 4 de octubre de 2017
Élite
Cuando los dioses abandonaron el mundo, aquellos que les eran más cercanos, ocuparon su lugar. Y no ocurrió sin derramamiento de sangre. Desde ese entonces fundamental y perdido en los anales del tiempo, la historia ha sido la misma. Sólo ha cambiado el brillo que irradiaban aquellos que dominaban. Las coronas dejaron de posarse sobre las cabezas y los tronos se cambiaron por las sombras. Así, desde hace más tiempo del que se pueda imaginar, el destino de muchos está controlado por unos pocos, hábiles en dominar masas y obligarlas a cumplir sus designios, convencidas de que actúan con propia voluntad.
jueves, 5 de junio de 2014
Único
«Has venido hasta aquí. Por fin has entendido qué eres. Por fin las preguntas cobran otro sentido y no requieren una respuesta. Por fin aceptas que tu camino no viaja junto a nadie. Aún te dolerá, un tiempo. Aún tienes que aceptar por completo tu esencia. Aún debes aprender que aunque haya otros como tú, tampoco podrás viajar con ellos. No es un destino que escojamos, el Universo no nos ha dejado esa opción, para los que son como nosotros, como tú y como yo, la Ilusión se ha desvanecido, para siempre. Una vez que te asomas a esa ventana jamás puedes regresar.
Vivimos junto a ellos, pero no somos uno de ellos. Ellos jamás nos entenderán...».
jueves, 3 de abril de 2014
Resa 5 (1)
-¡Bay! ¡Eh, Bay! ¡No se duerma!
El soldado abrió los ojos bajo la máscara y parpadeó varias veces.
-Ya estoy despierto, ya lo estoy -la desidia resonó en su voz.
-Menos mal. No entiendo cómo puede dormirse en una situación como ésta.
-Tú eres nuevo, ¿verdad? En Resa 5 nunca pasa nada. NUNCA...
Un estruendo ensordecedor, como si la montaña gigantesca y helada que tenían justo enfrente hubiera decidido derrumbarse, lo silenció todo por unos segundos. Cuando el sonido cesó miles y miles de diminutas formas comenzaron descender a toda velocidad por la ladera nevada.
-Novato, novato y gafe. ¡Un gafe de cojones...!
El soldado abrió los ojos bajo la máscara y parpadeó varias veces.
-Ya estoy despierto, ya lo estoy -la desidia resonó en su voz.
-Menos mal. No entiendo cómo puede dormirse en una situación como ésta.
-Tú eres nuevo, ¿verdad? En Resa 5 nunca pasa nada. NUNCA...
Un estruendo ensordecedor, como si la montaña gigantesca y helada que tenían justo enfrente hubiera decidido derrumbarse, lo silenció todo por unos segundos. Cuando el sonido cesó miles y miles de diminutas formas comenzaron descender a toda velocidad por la ladera nevada.
-Novato, novato y gafe. ¡Un gafe de cojones...!
lunes, 10 de febrero de 2014
Misterios (2)
"La Bahía", como llamaban cariñosamente a la plataforma de aterrizaje de la brutal mole arquitectónica conocida en el mundo entero como, "El Cíclope", se mostraba bajo ellos. Las turbulencias durante el trayecto fueron más de las que cualquiera de los tres en el interior del vehículo habrían admitido como aceptables, por lo que tenían el fuerte deseo de verse en tierra. Si es que a la base donde "El Cíclope" se cimentaba podía llamársela así. Construído en mitad del Atlántico Norte, sobre unos enórmes pilares que se hundían kilómetros bajo el océano hasta anclarse en el fondo, se elevaba mil quinientos metros por encima de la superficie del agua. Desde allí, desde aquella torre de vídrio, acero, titáneo y carbono, el CNU. Centro de Naciones Unidadas, (UNC. United Nations Center en sus siglas en inglés) controlaba los pasos de todo el globo. Se suponía que era una salvaguarda para evitar que sucedieran nuevamente hechos como los que incendiaron Europa y USA, y tras ellos gran parte del mundo, en el 2070; cuando por fin, los efectos de la crisis económica que comenzara en el 2008, se hicieron reales para tal número de la población mundial, que la insurgencia y la rebelión brotó en cualquier lugar. La estafa de las grandes corporaciones empresariales oculta bajo "la crisis", finalmente había quedado descubierta y, con el tiempo, tomada como inaceptable. Tras un periodo de 9 años en el que la guerra asoló la mayor parte del planeta, precedida de la miseria y el hambre, en el 2079, el 23 de Noviembre a las 12 del medio día, según el horario de Greenwich, la guerra cesó. Las inmensas fortunas acaudaladas por unos pocos se repartieron entre muchos y, de alguna manera, el contador se puso a cero. Una vez más. Así nació, en el 2083, cuatro años después, el CNU, con la misión de controlarlo todo y a todos, para evitar una nueva tragedia.
Sabía desde el principio que la llevarían allí, siempre era ese el protocolo, pero los rostros que se cruzaban por los pasillos con sus ojos azules (en aquella ocasión) mostraban una clase de tensión que no era la típica del estrés en el trabajo. No, era algo más. No sabía aún el qué, pero lo averiguaría. En ese momento dedujo que no iban a salir del edificio en una buena temporada. No habían ido en su busca para darle un montón de informes y usar su experiencia de campo en cualquier lugar del mundo, no. Esa vez "cualquier lugar del mundo" sería, ni más ni menos, que la sede central del CNU. No pudo evitar sentir un cosquilleo en la nuca. Una sensación hueca que siempre avisaba de problemas. Habían entrado por arriba, por el helipuerto en la parte más alta del edificio, lo que significaba que se encontraban en la última planta. Seguramente, sólo los de allí supieran que algo había pasado. Bajar un piso más habría sido encontrarse de cara con la normalidad. Pero que algo alterara a los que lo veían y escuchaban todo, era, cuanto menos, para no descartar la preocupación y, por qué no, algo de miedo. No pudo evitar preguntarse qué reto iban a presentarle y si estaría a la altura.
Sabía desde el principio que la llevarían allí, siempre era ese el protocolo, pero los rostros que se cruzaban por los pasillos con sus ojos azules (en aquella ocasión) mostraban una clase de tensión que no era la típica del estrés en el trabajo. No, era algo más. No sabía aún el qué, pero lo averiguaría. En ese momento dedujo que no iban a salir del edificio en una buena temporada. No habían ido en su busca para darle un montón de informes y usar su experiencia de campo en cualquier lugar del mundo, no. Esa vez "cualquier lugar del mundo" sería, ni más ni menos, que la sede central del CNU. No pudo evitar sentir un cosquilleo en la nuca. Una sensación hueca que siempre avisaba de problemas. Habían entrado por arriba, por el helipuerto en la parte más alta del edificio, lo que significaba que se encontraban en la última planta. Seguramente, sólo los de allí supieran que algo había pasado. Bajar un piso más habría sido encontrarse de cara con la normalidad. Pero que algo alterara a los que lo veían y escuchaban todo, era, cuanto menos, para no descartar la preocupación y, por qué no, algo de miedo. No pudo evitar preguntarse qué reto iban a presentarle y si estaría a la altura.
viernes, 17 de enero de 2014
Misterios (1)
El sonido continuo y redondo del motor eléctrico se detuvo bruscamente, siguiéndole a los pocos instantes el golpe de un par de puertas al cerrarse. No le hacía falta ver a los dos hombres que acababan de bajarse del vehículo para saber que aspecto tenían, tampoco necesitaba abrir para saber que querían. Sólo había un motivo por el que podían estar allí. Suspiró pesadamente y se llevó la taza de café hirviendo, negro y sin azucar a los labios. Paró el movimiento un segundo y tomó un sorbo largo. El golpe de unos nudillos contra la madera rompió el silencio del interior de la cabaña. Sin prisa dejó la taza sobre el platillo en la mesa, se levantó y, acercándose a la entrada, liberó la cerradura. Al otro lado del umbral aparecieron dos hombres de traje negro y corbata, con gafas oscuras ocultando los ojos, y el pelo ridículamente pulcro y engominado. Uno de ellos ostentaba una placa que no llegó a leer.
- ¿Dónde vamos esta vez? - Preguntó mientras salía, calándose su chaqueta de piel, sin darles tiempo a los otros de decir palabra alguna. Cerró la puerta con un par de vueltas de la llave.
Si los desconcertó no lo demostraron. Simplemente giraron sus talones y la escoltaron hasta el vehículo, detenido a unos metros. Era un modelo nuevo, una especie de todoterreno, sin ningún logo que indicara la marca que lo había fabricado. Esperó a que le abrieran la puerta del asiento trasero y entró. Como había imaginado: los asientos eran de cuero y todo olía a demasiado nuevo. No pudo evitar preguntarse cuánto habría costado aquel "cacharro". En cuanto oyó el zumbido y notó las vibraciones del motor magnético acelerándose, supo que mucho más dinero del que ella vería junto jamás en su vida. Sonrió hacia abajo en una mueca de disgusto mientras se acomodaba en el enorme asiento. Iba a ser un viaje largo. Era el único motivo para no ir por carretera. Eso, o que la urgencia era demasiada.
- ¿Dónde vamos esta vez? - Preguntó mientras salía, calándose su chaqueta de piel, sin darles tiempo a los otros de decir palabra alguna. Cerró la puerta con un par de vueltas de la llave.
Si los desconcertó no lo demostraron. Simplemente giraron sus talones y la escoltaron hasta el vehículo, detenido a unos metros. Era un modelo nuevo, una especie de todoterreno, sin ningún logo que indicara la marca que lo había fabricado. Esperó a que le abrieran la puerta del asiento trasero y entró. Como había imaginado: los asientos eran de cuero y todo olía a demasiado nuevo. No pudo evitar preguntarse cuánto habría costado aquel "cacharro". En cuanto oyó el zumbido y notó las vibraciones del motor magnético acelerándose, supo que mucho más dinero del que ella vería junto jamás en su vida. Sonrió hacia abajo en una mueca de disgusto mientras se acomodaba en el enorme asiento. Iba a ser un viaje largo. Era el único motivo para no ir por carretera. Eso, o que la urgencia era demasiada.
viernes, 11 de octubre de 2013
"Importaba"
El sonido rugoso, de la arena escapando por las costuras del saco, era una perfecta metáfora de como estaba acabando todo para él. Desde el suelo, mientras la vida se le escapaba en una tibia mancha carmesí, podía ver los diminutos cristales amarillos y naranjas lanzarse al vacío en alguna clase de cascada seca.
Ahora, mientras las sombras inundaban el brillo húmedo de sus ojos, y el silencio llenaba cada vez más sus oídos, se preguntaba si no habría sido más inteligente aceptar el soborno y dejarse caer en el tercer asalto; pero eso él no pudo verlo a tiempo, él tenía que ganar el título, tenía que hacerlo y no cabía otra cosa en su mente. Sin embargo, en esos precisos instantes, lograr el cinturón dorado de los pesos pesados no le importaba, ni lo más mínimo; ni siquiera le importaba el hecho de estar muriéndose. Lo único que le importaba era no haberle podido decir que la quería, que la amaba con locura. Pero ya era tarde, ya no había tiempo.
La arena dejó de caer y todo se volvió negro y vacío.
Ahora, mientras las sombras inundaban el brillo húmedo de sus ojos, y el silencio llenaba cada vez más sus oídos, se preguntaba si no habría sido más inteligente aceptar el soborno y dejarse caer en el tercer asalto; pero eso él no pudo verlo a tiempo, él tenía que ganar el título, tenía que hacerlo y no cabía otra cosa en su mente. Sin embargo, en esos precisos instantes, lograr el cinturón dorado de los pesos pesados no le importaba, ni lo más mínimo; ni siquiera le importaba el hecho de estar muriéndose. Lo único que le importaba era no haberle podido decir que la quería, que la amaba con locura. Pero ya era tarde, ya no había tiempo.
La arena dejó de caer y todo se volvió negro y vacío.
miércoles, 29 de mayo de 2013
Caballero Olvidado
<<El caballero Hikens era alguien para quien la época de glorias estaba más que pasada. No era más que un pobre hombre ya olvidado. El paso del tiempo se había encargado de borrar sus azañas y ya apenas nadie las recordaba. Su cuerpo, menguado por la edad, quedaba ridículo en el interior de su antaño ferrea y brillante armadura, ahora nada más que unos trozos de metal deslustrado. Y qué decir de su espada, la antaño temida "doblefilo", estaba irreconocible. La hoja mostraba numerosas mellas y estaba falta de filo. Y lo peor era su empuñadura: antes dorada, ahora se veía marrón, y donde en un pasado brillaran granates, rubís y esmeraldas, sólo quedaban huecos, como los de la mandíbula de un anciano desdentado. Sin duda las penurias y la falta económica habían ido pasando factura a la pobre espada del caballero Hikens. Y es por eso que supongo, que nadie se molestó en saquear su cuerpo cuando lo encontraron muerto a los pies de un árbol del bosque Siniestro. Y fue una suerte que nadie lo hiciera porque habría pagado con su vida. Pero eso ya es otra historia y si deseáis conocerla os costará otra moneda.>>
miércoles, 22 de mayo de 2013
Raro... (1)
<<Reconozco que la primera vez que conocí a Gabriel, no le gustaban nada en absoluto Gabri o Gabi, me resultó un tipo raro. Ahora, después de tantos años, no usaría para nada ese calificativo. Si tuviera que escoger una palabra para definirlo sería peculiar. Sin lugar a dudas. Creo que empezaría diciendo: "Era un tipo peculiar".
Recuerdo que después de hablar un poco con él lo que pensé fue que estaba mal de la cabeza y que, o bien era un misógino empedernido, o un gay misógino, pero nada más lejos de la verdad. Digamos que me encontré ante una de esas veces en las que las apariencias engañan de verdad, porque tras todos estos años de vida precísamente las apariencias suelen ser bastante sinceras. Gabriel resultó ser una persona en extremo sensible, bastante atormentada, con unas ideas que la mayoría llamaríamos extrañas; y con la cabeza demasiado bien amueblada, aunque al principio pudiera parecer que no. A mi me llevó años darme cuenta.
En mi memoria permanece grabada a fuego la escena de la primera vez que lo conocí. Era un viernes por la noche, a las doce en punto. Estoy tan seguro de la hora porque habíamos quedado a las once y media y acababa de mirar el reloj al entrar para saber cuanto llevaba de retraso. Mis amigos bebían ya su segunda cerveza apoyados en la barra, con bastante espacio aún a su alrededor ya que el pub, o discoteca, nunca he tenido demasiado claro como llamar a esos sitios, no empezaría a llenarse hasta la una. Rodri y Fernando charlaban animadamente mientras Migue se mantenía al acecho, mirando con interés un grupo de chicas. Y junto a él un tipo que no conocía de nada. En seguida conecté la frase de Migue "Se vendrá un compañero del trabajo". Llegué hasta ellos y empecé a saludar mientras dejaba la chaqueta en un rincón y el paraguas empapado en el suelo. Migue me presentó al extraño como Gabriel y se aseguró de que entendía perfectamente que no le gustaban ninguno de los posibles diminutivos.>>
Continuará...
Recuerdo que después de hablar un poco con él lo que pensé fue que estaba mal de la cabeza y que, o bien era un misógino empedernido, o un gay misógino, pero nada más lejos de la verdad. Digamos que me encontré ante una de esas veces en las que las apariencias engañan de verdad, porque tras todos estos años de vida precísamente las apariencias suelen ser bastante sinceras. Gabriel resultó ser una persona en extremo sensible, bastante atormentada, con unas ideas que la mayoría llamaríamos extrañas; y con la cabeza demasiado bien amueblada, aunque al principio pudiera parecer que no. A mi me llevó años darme cuenta.
En mi memoria permanece grabada a fuego la escena de la primera vez que lo conocí. Era un viernes por la noche, a las doce en punto. Estoy tan seguro de la hora porque habíamos quedado a las once y media y acababa de mirar el reloj al entrar para saber cuanto llevaba de retraso. Mis amigos bebían ya su segunda cerveza apoyados en la barra, con bastante espacio aún a su alrededor ya que el pub, o discoteca, nunca he tenido demasiado claro como llamar a esos sitios, no empezaría a llenarse hasta la una. Rodri y Fernando charlaban animadamente mientras Migue se mantenía al acecho, mirando con interés un grupo de chicas. Y junto a él un tipo que no conocía de nada. En seguida conecté la frase de Migue "Se vendrá un compañero del trabajo". Llegué hasta ellos y empecé a saludar mientras dejaba la chaqueta en un rincón y el paraguas empapado en el suelo. Migue me presentó al extraño como Gabriel y se aseguró de que entendía perfectamente que no le gustaban ninguno de los posibles diminutivos.>>
Continuará...
domingo, 24 de marzo de 2013
Fragmentos...
<<Si me lo preguntaras a mi te diría que no, que no volvió. Al menos eso es lo que yo prefiero pensar, porque la otra alternativa se me antoja demasiado terrible. Ya sabes, esas cosas absurdas que tiene la vida. De esas como cuando estás en tu casa, sin nadie a tu alrededor, simplemente leyendo un libro o tirado en la cama escuchando música, pero no estás solo; pero en cambio puedes ir al bar con un montón de amigos, rodeados de un montón de gente y estar realmente solo. O como la distancia, que kilómetros pueden ser cerca, casi ahí al lado, y medio metro puede ser lejos, demasiado lejos. Y son de esas cosas que siempre hacemos mal, porque digo yo, que porqué no nos quedamos en casa tranquilamente leyendo un libro, que es lo que deberíamos hacer; pero no, todos vamos al bar. Supongo que algún día a eso también te podré contestar, pero no hoy>>.
viernes, 15 de febrero de 2013
"La delgada línea entre..."
Podía notar el aliento de su rival, jadeante, cálido y húmedo, con un ligero aroma a frutas. También el calor que desprendía su piel cubierta por un manto resbaladizo y salado. Casi podía saborearlo. El destello del metal invadió sus ojos y escuchó claramente como el filo del arma pasaba rozándole la mejilla. El regusto salado a sangre se escurrió entre sus labios para llegar a la lengua. Paladeó el líquido rojo y escupió, apartándose unos metros al mismo tiempo que hacía descender su espada.
-La victoria es vuestra, una vez más, maestro.-reconoció con humildad mientras clavaba sus ojos en el suelo.
-"La línea entre el todo y la nada siempre es demasiado delgada como para que puedas verla a simple vista, recuérdalo".
-Así lo haré, maestro.
-La victoria es vuestra, una vez más, maestro.-reconoció con humildad mientras clavaba sus ojos en el suelo.
-"La línea entre el todo y la nada siempre es demasiado delgada como para que puedas verla a simple vista, recuérdalo".
-Así lo haré, maestro.
jueves, 14 de febrero de 2013
Perses
-¿Qué le dijiste, Perses?
-Que qué le dije. Harías mejor en preguntar lo que no salió por mi boca, sería más rápido.
Llegué a donde estaba ella, el jardín de Roems, y la encontré en el banco a los pies de la estutua a Diana, frente a la fuente de los patos. Su risa llenaba el aire haciendo verano este otoño frío, y su cabello suelto al viento era un sol de medio día. No me vio llegar. Me deslicé por su espalda y, mientras respiraba su aroma a melocotón, le susurré al oído, "te quiero". Giró el cuello sobresatalda, pero esbozando la sonrisa más bonita que jamás he visto, una sonrisa de los labios, pero una sonrisa que nacía en los ojos, más allá de donde se esconde el alma. Si mi corazón era ya prisionero suyo ahora también tiene mi alma cautiva.
-¿Y dónde está esa bella dama? ¿Cómo es que no está contigo?
-Porque el momento pasa amigo Beilar... porque el momento pasa y las flores en mis palabras, aunque dulces, ya no son vistosas sino ajadas. Dejé que el verano se alejara de nosotros y llegaran las nieves. Las más terribles que he sentido jamás.
-Pero no veo que perdáis la esperanza.
-Es lo único que me queda, eso, pero es vana. No sobreviviré a este frío, este frío que me atenaza impidiéndome respirar. No, ya he abonado demasiadas veces esos campos para que la semilla muera una y otra vez. Estoy agotado, exiguo de ánimo. Lo que debería hacer sin demora es clavar esta daga sostenida por mi mano en mi propio pecho.
-¡No! ¡Perses, detente! ¡Oh!, ¿qué has hecho, maldito? ¿Por qué locura yaces ahora entre mis brazos? ¿Por qué el calor de tu cuerpo se pierde? ¿Por qué tu sangre se derrama? No entendiste el juego del amor, amigo mío. Llorarán las damas de la corte por tus palabras perdidas, por tu maestría con el lenguaje, por tus poemas, pero nadie lo hará en verdad por ti. Espero que la parca te reciba con un abrazo más caluroso que el que te dio cualquier mujer estando en vida. ¡Necio! ¡Nunca entediste bien! Siempre tan aferrado a ese ideal del loco para el loco.
-Que qué le dije. Harías mejor en preguntar lo que no salió por mi boca, sería más rápido.
Llegué a donde estaba ella, el jardín de Roems, y la encontré en el banco a los pies de la estutua a Diana, frente a la fuente de los patos. Su risa llenaba el aire haciendo verano este otoño frío, y su cabello suelto al viento era un sol de medio día. No me vio llegar. Me deslicé por su espalda y, mientras respiraba su aroma a melocotón, le susurré al oído, "te quiero". Giró el cuello sobresatalda, pero esbozando la sonrisa más bonita que jamás he visto, una sonrisa de los labios, pero una sonrisa que nacía en los ojos, más allá de donde se esconde el alma. Si mi corazón era ya prisionero suyo ahora también tiene mi alma cautiva.
-¿Y dónde está esa bella dama? ¿Cómo es que no está contigo?
-Porque el momento pasa amigo Beilar... porque el momento pasa y las flores en mis palabras, aunque dulces, ya no son vistosas sino ajadas. Dejé que el verano se alejara de nosotros y llegaran las nieves. Las más terribles que he sentido jamás.
-Pero no veo que perdáis la esperanza.
-Es lo único que me queda, eso, pero es vana. No sobreviviré a este frío, este frío que me atenaza impidiéndome respirar. No, ya he abonado demasiadas veces esos campos para que la semilla muera una y otra vez. Estoy agotado, exiguo de ánimo. Lo que debería hacer sin demora es clavar esta daga sostenida por mi mano en mi propio pecho.
-¡No! ¡Perses, detente! ¡Oh!, ¿qué has hecho, maldito? ¿Por qué locura yaces ahora entre mis brazos? ¿Por qué el calor de tu cuerpo se pierde? ¿Por qué tu sangre se derrama? No entendiste el juego del amor, amigo mío. Llorarán las damas de la corte por tus palabras perdidas, por tu maestría con el lenguaje, por tus poemas, pero nadie lo hará en verdad por ti. Espero que la parca te reciba con un abrazo más caluroso que el que te dio cualquier mujer estando en vida. ¡Necio! ¡Nunca entediste bien! Siempre tan aferrado a ese ideal del loco para el loco.
jueves, 7 de febrero de 2013
La Canción del Bosque (6)
Capítulo 6, La Biblioteca del Conde de Bahíaluna
La suave caricia amarilla se desparramó lentamente por toda la bahía mientras el cielo se coloreaba de un azul claro y brillante. Elbert se asomó al balcón de su habitación y aspiró hondo la brisa marina de la mañana estirándose para desperezarse. Las heridas y magulladuras de su encuentro con el lobo se resintieron, todas y cada una de ellas; especialmente el tobillo, por lo que se apoyó más sobre el bastón. No le gustaba hacer uso de él, se sentía viejo, pero no le quedaba más remedio; había tenido suerte de no romperse nada.
Dos días después de su regreso seguía sin poder andar grandes distancias. Recorrer uno de los largos pasillos del palacio ya le suponía un esfuerzo. El criado que lo guiaba se detuvo una vez más a esperarlo. El hombre se mantenía paciente y sin proferir ninguna queja, pero en sus ojos no era capaz de esconder que se encontraba un tanto exasperado por su lentitud.
Cuando la puerta se abrió del interior surgió un olor a cerrado, pergamino, papel y tinta. Elbert abrió los ojos soprendido en cuanto su guía corrió las cortinas que tapaban las ventanas. Al ofrecerle Salmoralo acceso a su biblioteca personal no podía imaginarse que fuera tan grande. La estancia era circular y las estanterías, con más de cinco metros de altura, se ordenaban como los radios de una rueda de carro. Contuvo la respiración, allí debía de haber varios cientos de miles de libros y pergaminos. En el centro se disponían varias mesas. Dejó sus herramientas: pliegos de papel, pergamino, plumas, tinta y una gruesa y pesada lente, sobre la más cercana.
-Al inicio de cada estante encontraréis algo aproximado a un índice de los libros que podéis encontrar en él, pero hace años que no se actualiza. Al menos os servirá para haceros una idea de los temas que se tratan.
-¿No tiene Salmoralo un bliotecario?
El hombre endureció el rostro, como disgustado por la pregunta.
-No, el último desistió de sus labores hace casi una década. Desde entonces nadie a entrado aquí más que para colocar libros nuevos.
<<No me extraña, si el orden de estos libros nunca fue el adecuado y encima hace tiempo que dejó de hacerse, la tarea sería monstruosa>> Pensó mientras tragaba saliva, allí podría haber muchísimas respuestas, pero sería enormemente difícil encontrarlas. Se resignó, indagar entre el desorden del conde era lo único que podía hacer aquellos días.
-¿Podriais hacer llamar a alguno de mis sirvientes personales?
-Desde luego.-puso otro gesto agrio.-También podéis solicitar lo que necesitéis tocando aquella campanilla.-señaló un llamador encima de la mesa central.-Un criado acudirá lo antes posible para saber lo que deseáis.
-Gracias.-resopló.-Tengo mucho trabajo por lo que veo.
El hombre asintió y se dispuso a marcharse, pero antes de desaparecer por la puerta se detuvo.
-Hay una escalera que se desplaza por la pared y otra que podréis mover y encajar en cualquier estantería.
Dicho eso desapareció sin que Elbert pudiera volver a darle las gracias.
El polvo era otra cosa que abundaba en la impresionante biblioteca del conde Salmoralo. Se acercó a la primera fila de estanterías. Aquel lado tenía un pequeño conjunto de cajones en los que había numerosas fichas. Sacó la primera después de soplar y levantar una enorme nube gris. "Galaran y la Rosa de Oriente 3-25", leyó. Sonrió. Aquel libro, casi con total seguridad, lo había leído toda la corte de Riria. Pasó a la siguiente: "Perlaran y la mujer del lago, 9, 7" <<Parece que he caído en la sección de "historias tontas para cortesanos ociosos">> Pensó mientras se adentraba en el pasillo. Quería comprobar qué número hacía referencia a la fila y cual a la columna, si es que significaban eso. En caso de que fuesen cualquier otra cosa se vería obligado a preguntar o a perder un buen rato para descifrarlo.
La suerte estuvo de su parte, el primer número indicaba la fila del estante y el segundo la posición que ocuapa el libro en ella. No era mal sistema pero dudaba que toda la biblioteca estuviera así de ordenada de hecho, le resultaba extraño que no haberlos encontrado un poco bailados si, como suponía, aquella sección debía ser la más visitada.
Llevaba cerca de dos horas buscando cuando apareció Casabastros con una bandeja repleta de bacalao salado, queso, agua, pan y vino. Para ese entonces sólo dos libros descansaban encima de la mesa, un pequeño tomo de no más de cincuenta páginas cuyo título era: "Canciones de Lubaen", escrito por un tal Berenejo y otro mucho más grueso y antiguo con un nombre mucho menos sugerente: "Historia de Bahíaluna, tomo III". De los dos que debían precederle por el momento, ni rastro.
-Gracias.- expresó distraido cuando el criado plantó la bandeja encima de la mesa.
-¿Necesitáis algo más?
-No por el momento, pero en unas horas la luz se marchará y me gustaría poder seguir leyendo.
-Me encargaré de ello.
El hombre salió con el mismo silencio que vino.
Levantó la vista de un pergamino con un mapa de la zona del bosque junto a la bahía y se frotó los ojos. Los tenía completamente rojos. La oscuridad hacía demasiado que le había ganado la partida al día. Observó la luz de una de las lámparas reparando en que no sabía en qué momento las habían encendido. Se preguntó qué hora sería. Hastiado de una búsqueda infructuosa se levantó para dirigirse a su dormitorio, pero el pie le dio un tremendo calambrazo que a punto estuvo de tirarlo al suelo. Decidió no moverse, así que, se sentó de nuevo y se echó encima de la mesa. No era la primera vez que dormía en una biblioteca. Así, además, tendría más cerca los libros para continuar a la mañana siguiente.
La suave caricia amarilla se desparramó lentamente por toda la bahía mientras el cielo se coloreaba de un azul claro y brillante. Elbert se asomó al balcón de su habitación y aspiró hondo la brisa marina de la mañana estirándose para desperezarse. Las heridas y magulladuras de su encuentro con el lobo se resintieron, todas y cada una de ellas; especialmente el tobillo, por lo que se apoyó más sobre el bastón. No le gustaba hacer uso de él, se sentía viejo, pero no le quedaba más remedio; había tenido suerte de no romperse nada.
Dos días después de su regreso seguía sin poder andar grandes distancias. Recorrer uno de los largos pasillos del palacio ya le suponía un esfuerzo. El criado que lo guiaba se detuvo una vez más a esperarlo. El hombre se mantenía paciente y sin proferir ninguna queja, pero en sus ojos no era capaz de esconder que se encontraba un tanto exasperado por su lentitud.
Cuando la puerta se abrió del interior surgió un olor a cerrado, pergamino, papel y tinta. Elbert abrió los ojos soprendido en cuanto su guía corrió las cortinas que tapaban las ventanas. Al ofrecerle Salmoralo acceso a su biblioteca personal no podía imaginarse que fuera tan grande. La estancia era circular y las estanterías, con más de cinco metros de altura, se ordenaban como los radios de una rueda de carro. Contuvo la respiración, allí debía de haber varios cientos de miles de libros y pergaminos. En el centro se disponían varias mesas. Dejó sus herramientas: pliegos de papel, pergamino, plumas, tinta y una gruesa y pesada lente, sobre la más cercana.
-Al inicio de cada estante encontraréis algo aproximado a un índice de los libros que podéis encontrar en él, pero hace años que no se actualiza. Al menos os servirá para haceros una idea de los temas que se tratan.
-¿No tiene Salmoralo un bliotecario?
El hombre endureció el rostro, como disgustado por la pregunta.
-No, el último desistió de sus labores hace casi una década. Desde entonces nadie a entrado aquí más que para colocar libros nuevos.
<<No me extraña, si el orden de estos libros nunca fue el adecuado y encima hace tiempo que dejó de hacerse, la tarea sería monstruosa>> Pensó mientras tragaba saliva, allí podría haber muchísimas respuestas, pero sería enormemente difícil encontrarlas. Se resignó, indagar entre el desorden del conde era lo único que podía hacer aquellos días.
-¿Podriais hacer llamar a alguno de mis sirvientes personales?
-Desde luego.-puso otro gesto agrio.-También podéis solicitar lo que necesitéis tocando aquella campanilla.-señaló un llamador encima de la mesa central.-Un criado acudirá lo antes posible para saber lo que deseáis.
-Gracias.-resopló.-Tengo mucho trabajo por lo que veo.
El hombre asintió y se dispuso a marcharse, pero antes de desaparecer por la puerta se detuvo.
-Hay una escalera que se desplaza por la pared y otra que podréis mover y encajar en cualquier estantería.
Dicho eso desapareció sin que Elbert pudiera volver a darle las gracias.
El polvo era otra cosa que abundaba en la impresionante biblioteca del conde Salmoralo. Se acercó a la primera fila de estanterías. Aquel lado tenía un pequeño conjunto de cajones en los que había numerosas fichas. Sacó la primera después de soplar y levantar una enorme nube gris. "Galaran y la Rosa de Oriente 3-25", leyó. Sonrió. Aquel libro, casi con total seguridad, lo había leído toda la corte de Riria. Pasó a la siguiente: "Perlaran y la mujer del lago, 9, 7" <<Parece que he caído en la sección de "historias tontas para cortesanos ociosos">> Pensó mientras se adentraba en el pasillo. Quería comprobar qué número hacía referencia a la fila y cual a la columna, si es que significaban eso. En caso de que fuesen cualquier otra cosa se vería obligado a preguntar o a perder un buen rato para descifrarlo.
La suerte estuvo de su parte, el primer número indicaba la fila del estante y el segundo la posición que ocuapa el libro en ella. No era mal sistema pero dudaba que toda la biblioteca estuviera así de ordenada de hecho, le resultaba extraño que no haberlos encontrado un poco bailados si, como suponía, aquella sección debía ser la más visitada.
Llevaba cerca de dos horas buscando cuando apareció Casabastros con una bandeja repleta de bacalao salado, queso, agua, pan y vino. Para ese entonces sólo dos libros descansaban encima de la mesa, un pequeño tomo de no más de cincuenta páginas cuyo título era: "Canciones de Lubaen", escrito por un tal Berenejo y otro mucho más grueso y antiguo con un nombre mucho menos sugerente: "Historia de Bahíaluna, tomo III". De los dos que debían precederle por el momento, ni rastro.
-Gracias.- expresó distraido cuando el criado plantó la bandeja encima de la mesa.
-¿Necesitáis algo más?
-No por el momento, pero en unas horas la luz se marchará y me gustaría poder seguir leyendo.
-Me encargaré de ello.
El hombre salió con el mismo silencio que vino.
Levantó la vista de un pergamino con un mapa de la zona del bosque junto a la bahía y se frotó los ojos. Los tenía completamente rojos. La oscuridad hacía demasiado que le había ganado la partida al día. Observó la luz de una de las lámparas reparando en que no sabía en qué momento las habían encendido. Se preguntó qué hora sería. Hastiado de una búsqueda infructuosa se levantó para dirigirse a su dormitorio, pero el pie le dio un tremendo calambrazo que a punto estuvo de tirarlo al suelo. Decidió no moverse, así que, se sentó de nuevo y se echó encima de la mesa. No era la primera vez que dormía en una biblioteca. Así, además, tendría más cerca los libros para continuar a la mañana siguiente.
lunes, 7 de enero de 2013
El Enigma del Ladrón de Quesos (5) Enigma al Descubierto
El traqueteo del tren comenzó brusco, luego suave y constante. Al mismo tiempo empezamos con el trabajo de observación. Puede parece algo fácil en un vagón de tren, pero el mirar a alguien sin que se de cuenta durante mucho rato es un arte, porque todos sabemos que cuando nos miran sentimos esa sensación que nos hace mirar atrás.
-Mira.-le dije a mi colega cuando vi que el chico sacaba el teléfono del bolsillo soltando un montón de hilos idénticos al que habíamos encontrado.
-Tiene el bolsillo roto, seguro.- me afirmó ella, rotunda.
-¿Qué está diciendo?
-Si me hablas no puedo intentar enterarme.
Cerré la boca. Tenía razón.
La conversación por el móvil no duró más de dos minutos. Mi colega me miró y se encogió de hombros. Torcí el gesto. La verdad es que no sé qué había esperado. No creo que nadie se ponga a hablar de unos quesos que ha robado, claro que tampoco conozco a nadie que robe unos quesos salvo que es que tenga mucha hambre y, tampoco parecía que el chaval estuviera famélico. Me apretujé un poco en mi asiento. No pude evitar preguntarme qué estabamos haciendo y si seríamos adictos al trabajo. Ese fin de semana se supone que iban a ser vacaciones y allí estábamos ahora, persiguiendo a un tipo. Aunque desde luego, por mi parte tengo que reconocer que mi colega distaba mucho del arquetipo de mis compañeros habituales en este tipo de aventuras. De los cuales, decir que el Gran Hugo era la mejor compañía era mucho. Con él habríamos tenido que ir en asientos separados porque él no habría cabido en uno. Por eso le decimos "el Gran Hugo".
Un carraspeo suave de mi colega me sacó de mi ensimismamiento apático. El hombre acababa de ponerse en pie y cogía su mochila medio abierta. Dentro pudimos ver con claridad una bolsa de plástico con el dibujo de la tienda donde los habíamos comprado.
-Es él, sin duda.-dije levantándome con la clara intención de ir a recuperar nuestros quesos, olvidándome de que no sabía como se lo iba a decir. Un tirón en mi chaqueta me detuvo.
-¿Dónde vas?-tardé unos instantes en reaccionar. En sus ojos se dibujaba una mirada depredadora.- Aún no hemos solucionado esto.
El chico fue un momento al servicio, no lo perdimos de vista en ningún momento.
La siguiente parada no tardó en llegar, la última antes de que fuera la nuestra. El chico no se movió. En ese momento me asaltó la duda de y si continuaba el viaje. No tendríamos tiempo de comprar otro billete y el revisor aún no había pasado. Si lo hacía antes de llegar a nuestra parada no sería un problema, no iban a pedirnoslo dos veces.
Nuestra parada se aproximaba. Nuestro sospechoso se levantó con clara intención de ir a la puerta de salida. No hacía más que mirar el reloj, nervioso.
Nos bajamos junto a la mayor parte del tren. La estación estaba bastante llena, más que por la mañana, lo que no era algo demasiado raro, supuse. Comenzamos a andar, sin quitarle un ojo, entre el laberinto de andenes. Vi como la salida que yo conocía quedaba atrás.
Cuando salimos al exterior me chocó la oscuridad reinante. Sabía que no me iba a acostumbrar en dos días y, realmente, seguramente aquello fuera algo a lo que jamás me pudiera acostumbrar. El chico se lanzó a la carretera para cruzar justo cuando pasaba un autobús y casi lo perdimos, lo que nos obligó a correr un poco para volverlo a tener a una distancia prudencial.
-¿Te suena esta zona de la ciudad?-le pregunté a mi colega mientras sacaba los guantes del bolsillo del abrigo. Con la ausencia de sol la temperatura empezaba a bajar. Además, tenía la sensación de que pronto iba a llover.
-Vagamente.-seguía con aquella mirada depredadora.
Tengo que reconocer que en otras circunstancias el hecho de perderme en una ciudad desconocida acompañado de una mujer guapa me habría resultado atractivo e, incluso, sugerente, pero persiguiendo a alguien y más teniendo en cuenta que mi dominio del idioma era poco menos que nulo, lo cierto es que me causaba un tanto de aprensión; pero no estaba dispuesto a dejar que se me notara. No habría sido profesional. Aunque echaba de menos el no tener un plano de la ciudad en el bolsillo. Me anoté mentalmente que, la próxima vez que fuera a una ciudad desconocida, sin importar las circunstancias me haría de un mapa.
-¿Dónde está?-lo había perdido de vista mientras limpiaba mis gafas, empañadas. Había comenzado a caer una lluvia incómoda, de esa intermitente. Mi colega me señaló con un gesto de la barbilla. Lo localicé al ponerme de nuevo las lentes.
-¿Qué te apuestas a que entra ahí?-su vista estaba fija en el escaparate de un local en el que, para saber qué se hacía en él no me hizo falta saber ni un ápice de otro idioma. Las tiendas de "Compro Oro" se ve que poseen un tipo de escaparate universal además de que, la palabra "Oro", se escribe exactamente igual.
-Tengo que reconocer que me siento mucho más intrigado.-reconocí cuando vi que, efectivamente, desparecía en el interior. Suspiré aliviado de no haber apostado nada. No me gusta hacerlo y menos cuando tengo la seguridad de que voy a perder. En ese momento tuve la sensación de que allí había algo más.-¿Hay algo qué no me hayas contado?-susurré apoyándome en la pared.
Mi colega sonrió enigmática.
-Pensaba que no ibas a darte cuenta nunca.
-Eso es demasiado tiempo, ¿no crees? -rió mientras de un bolsillo interior de su abrigo sacaba el móvil y me mostraba un par de fotos de artículos de un periódico.-¿Qué pone?
-Son noticias de una serie de robos a joyerías por todo el país.
-¿Y crees qué nuestro ladrón de quesos tiene que ver con eso?
Volvió a sonreir mientras asentía.
-Eras bueno abriendo bolsas y bolsillos, ¿verdad?
Enarqué una ceja ante la pregunta y luego asentí. Era cierto que tenía cierta habilidad para eso y que, más de una vez por motivos de trabajo había hecho uso de ella, aunque desde luego no me enorgullecía. No demasiado al menos.
-Espero que sigas siéndolo, porque esto es lo que haremos...
Me contó el plan al oído.
El chico salió del local unos cuarenta y cinco minutos más tarde. Nos habíamos situado en puntos diferentes de la calle. Si venía hacía mi tendríamos que correr un poco, pero tuvimos suerte y sus pasos lo llevaron de frente a mi colega que, en cuanto llegó a su altura, lo detuvo para preguntarle por una calle. Se revolvió nervioso pero intentó explicarle como llegar. Una de las ventajas de tener una cara bonita. Para antes de eso yo ya me había colocado en su espalda y, en el momento en el que se despistó ante la pregunta ya había rajado su mochila por abajo. Para cuando comenzó a responder la pregunta ya tenía la bolsa en mis manos y me alejaba varios metros. Mi colega y yo habíamos acordado encontrarnos en una parada de autobús en una perpendicular, a unos doscientos metros.
-¿La tienes?-preguntó en cuanto llegó a donde yo estaba. Levanté la bolsa para que la viera como respuesta.
-Aún no la he abierto.-se la entregué.-Tu corazonada, tu caso.-sonreí.
A la débil luz del cartel publicitario de la parada de autobús abrimos la bolsa, en ella había varios quesos de un tipo que allí llaman "burrata" y que, si alguna vez vais a Italia os recomiendo encarecidamente que probéis. Sacó unos cuantos pañuelos de papel y luego uno de los quesos, con cuidado lo partió.
-Algo me dice que ese no es el relleno que me habías dicho que traían estos quesos.-murmuré cuando entre la masa de dentro se veía algo que parecían cristales pulidos.
-Tenía razón.- Exclamó triunfal mientras me enseñaba más de cerca uno. Ante mi tenía un pequeño diamante. Sonreí mientras asentía.
-No lo dudé por un momento. ¿Y ahora qué?
-¿Tienes ganas de seguir con las vacaciones mañana?.-me preguntó. Analicé por unos momentos su mirada. Ya había logrado lo que quería.
-Sí, para poder enseñar alguna foto cuando me pregunten donde he estado.
Rió con ganas.
El lunes por la mañana, antes de que me marchara, mientras desayunábamos mi colega me plantó una noticia de un periódico local en la pantalla de su móvil. Tragué el trozo de galleta que tenía en la boca y, aunque esa vez había sido capaz de entender, más o menos, el titular, pregunté.
-¿Qué pone?
El triunfo se dibujaba en cada centímetro de su cara.
-Básicamente que la policía ha logrado desmantelar una banda organizada especializada en el robo de joyas y que estaba causando estragos por todo el país gracias a un soplo anónimo.
-Enhorabuena..-dije.-Aunque es una pena que por mis vacaciones hayas perdido el crédito por esto.-se encogió de hombros. Ambos sabíamos que en realidad aquello era lo que menos importaba de todo. Lo importante era resolver el enigma. Con eso en mente no puede evitar formular la cuestión que llevaba rondando mi cabeza todo el tiempo.-¿Qué te hizo suponer que nuestro ladrón de quesos tenía algo que ver con todo esto?
-Bueno,-se reclinó en el asiento mientras tomaba la taza de café caliente entre las dos manos.-en realidad no estaba segura de que tuviera que ver con esto, pero no pude evitar pensar que si alguien se llevaba una bolsa de quesos era por un motivo.-sonrió.-Estoy segura de que su bolsa se mezcló con la nuestra y no supo cual era cual, así que, ante la duda, se llevó las dos.
-Tienes toda la razón. Aunque me podrías haber contado antes lo de los robos.
-Tenía curiosidad por ver cuanto tardabas en darte cuenta.
Rió, y yo me contagié de su risa. Lamenté mucho tener que coger el vuelo tan pronto.
-Mira.-le dije a mi colega cuando vi que el chico sacaba el teléfono del bolsillo soltando un montón de hilos idénticos al que habíamos encontrado.
-Tiene el bolsillo roto, seguro.- me afirmó ella, rotunda.
-¿Qué está diciendo?
-Si me hablas no puedo intentar enterarme.
Cerré la boca. Tenía razón.
La conversación por el móvil no duró más de dos minutos. Mi colega me miró y se encogió de hombros. Torcí el gesto. La verdad es que no sé qué había esperado. No creo que nadie se ponga a hablar de unos quesos que ha robado, claro que tampoco conozco a nadie que robe unos quesos salvo que es que tenga mucha hambre y, tampoco parecía que el chaval estuviera famélico. Me apretujé un poco en mi asiento. No pude evitar preguntarme qué estabamos haciendo y si seríamos adictos al trabajo. Ese fin de semana se supone que iban a ser vacaciones y allí estábamos ahora, persiguiendo a un tipo. Aunque desde luego, por mi parte tengo que reconocer que mi colega distaba mucho del arquetipo de mis compañeros habituales en este tipo de aventuras. De los cuales, decir que el Gran Hugo era la mejor compañía era mucho. Con él habríamos tenido que ir en asientos separados porque él no habría cabido en uno. Por eso le decimos "el Gran Hugo".
Un carraspeo suave de mi colega me sacó de mi ensimismamiento apático. El hombre acababa de ponerse en pie y cogía su mochila medio abierta. Dentro pudimos ver con claridad una bolsa de plástico con el dibujo de la tienda donde los habíamos comprado.
-Es él, sin duda.-dije levantándome con la clara intención de ir a recuperar nuestros quesos, olvidándome de que no sabía como se lo iba a decir. Un tirón en mi chaqueta me detuvo.
-¿Dónde vas?-tardé unos instantes en reaccionar. En sus ojos se dibujaba una mirada depredadora.- Aún no hemos solucionado esto.
El chico fue un momento al servicio, no lo perdimos de vista en ningún momento.
La siguiente parada no tardó en llegar, la última antes de que fuera la nuestra. El chico no se movió. En ese momento me asaltó la duda de y si continuaba el viaje. No tendríamos tiempo de comprar otro billete y el revisor aún no había pasado. Si lo hacía antes de llegar a nuestra parada no sería un problema, no iban a pedirnoslo dos veces.
Nuestra parada se aproximaba. Nuestro sospechoso se levantó con clara intención de ir a la puerta de salida. No hacía más que mirar el reloj, nervioso.
Nos bajamos junto a la mayor parte del tren. La estación estaba bastante llena, más que por la mañana, lo que no era algo demasiado raro, supuse. Comenzamos a andar, sin quitarle un ojo, entre el laberinto de andenes. Vi como la salida que yo conocía quedaba atrás.
Cuando salimos al exterior me chocó la oscuridad reinante. Sabía que no me iba a acostumbrar en dos días y, realmente, seguramente aquello fuera algo a lo que jamás me pudiera acostumbrar. El chico se lanzó a la carretera para cruzar justo cuando pasaba un autobús y casi lo perdimos, lo que nos obligó a correr un poco para volverlo a tener a una distancia prudencial.
-¿Te suena esta zona de la ciudad?-le pregunté a mi colega mientras sacaba los guantes del bolsillo del abrigo. Con la ausencia de sol la temperatura empezaba a bajar. Además, tenía la sensación de que pronto iba a llover.
-Vagamente.-seguía con aquella mirada depredadora.
Tengo que reconocer que en otras circunstancias el hecho de perderme en una ciudad desconocida acompañado de una mujer guapa me habría resultado atractivo e, incluso, sugerente, pero persiguiendo a alguien y más teniendo en cuenta que mi dominio del idioma era poco menos que nulo, lo cierto es que me causaba un tanto de aprensión; pero no estaba dispuesto a dejar que se me notara. No habría sido profesional. Aunque echaba de menos el no tener un plano de la ciudad en el bolsillo. Me anoté mentalmente que, la próxima vez que fuera a una ciudad desconocida, sin importar las circunstancias me haría de un mapa.
-¿Dónde está?-lo había perdido de vista mientras limpiaba mis gafas, empañadas. Había comenzado a caer una lluvia incómoda, de esa intermitente. Mi colega me señaló con un gesto de la barbilla. Lo localicé al ponerme de nuevo las lentes.
-¿Qué te apuestas a que entra ahí?-su vista estaba fija en el escaparate de un local en el que, para saber qué se hacía en él no me hizo falta saber ni un ápice de otro idioma. Las tiendas de "Compro Oro" se ve que poseen un tipo de escaparate universal además de que, la palabra "Oro", se escribe exactamente igual.
-Tengo que reconocer que me siento mucho más intrigado.-reconocí cuando vi que, efectivamente, desparecía en el interior. Suspiré aliviado de no haber apostado nada. No me gusta hacerlo y menos cuando tengo la seguridad de que voy a perder. En ese momento tuve la sensación de que allí había algo más.-¿Hay algo qué no me hayas contado?-susurré apoyándome en la pared.
Mi colega sonrió enigmática.
-Pensaba que no ibas a darte cuenta nunca.
-Eso es demasiado tiempo, ¿no crees? -rió mientras de un bolsillo interior de su abrigo sacaba el móvil y me mostraba un par de fotos de artículos de un periódico.-¿Qué pone?
-Son noticias de una serie de robos a joyerías por todo el país.
-¿Y crees qué nuestro ladrón de quesos tiene que ver con eso?
Volvió a sonreir mientras asentía.
-Eras bueno abriendo bolsas y bolsillos, ¿verdad?
Enarqué una ceja ante la pregunta y luego asentí. Era cierto que tenía cierta habilidad para eso y que, más de una vez por motivos de trabajo había hecho uso de ella, aunque desde luego no me enorgullecía. No demasiado al menos.
-Espero que sigas siéndolo, porque esto es lo que haremos...
Me contó el plan al oído.
El chico salió del local unos cuarenta y cinco minutos más tarde. Nos habíamos situado en puntos diferentes de la calle. Si venía hacía mi tendríamos que correr un poco, pero tuvimos suerte y sus pasos lo llevaron de frente a mi colega que, en cuanto llegó a su altura, lo detuvo para preguntarle por una calle. Se revolvió nervioso pero intentó explicarle como llegar. Una de las ventajas de tener una cara bonita. Para antes de eso yo ya me había colocado en su espalda y, en el momento en el que se despistó ante la pregunta ya había rajado su mochila por abajo. Para cuando comenzó a responder la pregunta ya tenía la bolsa en mis manos y me alejaba varios metros. Mi colega y yo habíamos acordado encontrarnos en una parada de autobús en una perpendicular, a unos doscientos metros.
-¿La tienes?-preguntó en cuanto llegó a donde yo estaba. Levanté la bolsa para que la viera como respuesta.
-Aún no la he abierto.-se la entregué.-Tu corazonada, tu caso.-sonreí.
A la débil luz del cartel publicitario de la parada de autobús abrimos la bolsa, en ella había varios quesos de un tipo que allí llaman "burrata" y que, si alguna vez vais a Italia os recomiendo encarecidamente que probéis. Sacó unos cuantos pañuelos de papel y luego uno de los quesos, con cuidado lo partió.
-Algo me dice que ese no es el relleno que me habías dicho que traían estos quesos.-murmuré cuando entre la masa de dentro se veía algo que parecían cristales pulidos.
-Tenía razón.- Exclamó triunfal mientras me enseñaba más de cerca uno. Ante mi tenía un pequeño diamante. Sonreí mientras asentía.
-No lo dudé por un momento. ¿Y ahora qué?
-¿Tienes ganas de seguir con las vacaciones mañana?.-me preguntó. Analicé por unos momentos su mirada. Ya había logrado lo que quería.
-Sí, para poder enseñar alguna foto cuando me pregunten donde he estado.
Rió con ganas.
El lunes por la mañana, antes de que me marchara, mientras desayunábamos mi colega me plantó una noticia de un periódico local en la pantalla de su móvil. Tragué el trozo de galleta que tenía en la boca y, aunque esa vez había sido capaz de entender, más o menos, el titular, pregunté.
-¿Qué pone?
El triunfo se dibujaba en cada centímetro de su cara.
-Básicamente que la policía ha logrado desmantelar una banda organizada especializada en el robo de joyas y que estaba causando estragos por todo el país gracias a un soplo anónimo.
-Enhorabuena..-dije.-Aunque es una pena que por mis vacaciones hayas perdido el crédito por esto.-se encogió de hombros. Ambos sabíamos que en realidad aquello era lo que menos importaba de todo. Lo importante era resolver el enigma. Con eso en mente no puede evitar formular la cuestión que llevaba rondando mi cabeza todo el tiempo.-¿Qué te hizo suponer que nuestro ladrón de quesos tenía algo que ver con todo esto?
-Bueno,-se reclinó en el asiento mientras tomaba la taza de café caliente entre las dos manos.-en realidad no estaba segura de que tuviera que ver con esto, pero no pude evitar pensar que si alguien se llevaba una bolsa de quesos era por un motivo.-sonrió.-Estoy segura de que su bolsa se mezcló con la nuestra y no supo cual era cual, así que, ante la duda, se llevó las dos.
-Tienes toda la razón. Aunque me podrías haber contado antes lo de los robos.
-Tenía curiosidad por ver cuanto tardabas en darte cuenta.
Rió, y yo me contagié de su risa. Lamenté mucho tener que coger el vuelo tan pronto.
martes, 25 de diciembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (4) Desenrollando la Madeja.
Allí estábamos los dos, sentados en un banco en plena estación de tren de un pequeño pueblecito al sur de Italia, esperando. Alguien había robado de mi mochila la bolsa con los quesos. Podríamos haber ido a la policía, posiblemente es lo que deberíamos haber hecho, pero, por un lado no eramos capaces de dejar pasar la oportunidad de resolverlo y por otro, casi con toda seguridad la policía no habría hecho nada.
La aguja larga se deslizaba lentamente. De vez en cuando una voz salía de los altavoces. Habíamos tenido el tiempo suficiente para hacer memoria. Desde que saliéramos de Bari fueron cuatro paradas hasta nuestro destino. El vagón en ningún momento había estado demasiado lleno, como mucho diez personas. Un viejo de gafas redondas y cristales gruesos que viajaba en el asiento más cercano a la salida en el mismo sentido del trayecto, dormitando apoyado sobre a ventana durante todo el trayecto y que había continuado la marcha después de bajarnos nosotros. Una pareja cercana a los treinta con vestimentas de sport y de nylon posiblemente, candidatos por el material pero no por el color, abrigos plateados frente al hilo azulado, y porque nunca habían estado cerca de nuestros asientos. Dos señoras que hablaban demasiado rápido y muy alto, con ropas de color oscuro que se montaron y bajaron a la vez que nosotros. Un grupo de chavales de instituto. Una chica que no paraba de hablar por el móvil con un jersey rosa chicle, justo detrás de nosotros y un joven, veintiuno, con un chandal nike blanco y azul, con una mochila al hombro. También tenía el pelo corto y moreno y su cara era bastante ancha y cuadrada. Sus hombros estaban bastante elevados y la espalda ancha, por lo que era fácil deducir que le gustaba machacarse en el gimnasio. Éste era nuestro mejor candidato. Había tenido tiempo, la oportunidad y bajó del tren en la misma parada que nosotros. Aunque eso sí, el motivo seguía siendo un misterio.
Puede resultar raro que haya hecho esa descripción tan clara de todos los que iban en el vagón con nosotros, pero, como decía antes, la fuerza de la costumbre es increíblemente poderosa y, aunque no quiera, mi mente está tan acostumbrada a fijarse en todo que luego solo tengo que recordar y, anotar. Y además, no estaba sólo, éramos dos, por lo que poco se nos podía escapar.
-¿Estás segura de lo que te ha dicho?-pregunté a mi colega. Ella había estado hablando un buen rato con un hombre que parecía trabajar en la estación, ya que vestía el traje típico de los revisores y estaba allí al bajar y seguía estando cuando regresamos. El hombre se había mostrado increíblemente cooperador. Hay tipos por ahí realmente convincentes, capaces de obtener respuestas de casi todo el mundo, porque simplemente provocan pánico; pero estos a veces fallan. Sin embargo, una cara bonita con una buena mirada y una sonrisa estudiada es la llave perfecta para cualquier secreto. Las mujeres como mi colega son las que realmente me dan miedo. No creo que nadie pueda guardarles un secreto, lo que a veces tengo que reconocer, no hace que me sienta tranquilo. Aunque, afortunadamente, ella no abusa de ese arma, aunque podría.
-Completamente.-me contestó segura. Tenía que creermelo porque mi conocimiento de italiano era menor que cero y allí el inglés, como ya dije, es un idioma no demasiado extendido, igual que en mi querida tierra natal. Además, sus años de experiencia eran tantos como los míos. Si había algún error sólo podía estar en la fuente y, en un proceso como el que estábamos siguiendo, eso ocurre más a menudo de lo que nos gustaría.
-Entonces esperaremos.
La manecilla larga se puso en el doce, dando las cinco en punto. Un tren pasó de largo con estruendo y levantando una ventolera. Daba cierto miedo cuando los vagones pasaban a toda velocidad. Estaba absorto, viendo como se alejaba cuando mi colega me dió un leve codazo para llamar mi atención.
-Mira.-seguí su mirada hasta dar con la mujer del móvil. Estaba hablando.
-¿Y si le preguntas?
Realmente no hacía falta que hiciera la sugerencia. Mi colega ya estaba en pie, acercándose a la mujer. Lo hizo disimuladamente y, justo cuando colgó, le preguntó algo. No lo entendí pero tuvo que ser gracioso, porque ambas rieron un poco. Dejé de prestar atención con los oídos, frustrado.
-¿Qué te ha dicho?-pregunté cuando regresó.
-Pues que el chico cogió un par de bolsas de debajo del asiento.
-La próxima vez pondré la mochila arriba o en el asiento donde pueda verlas.
-También me ha dicho que suele hacer este trayecto una vez al mes, igual que ella.
-Una chica observadora.
-Todas las mujeres lo somos.-sonrió con cierta malicia.
No sabría concretar si es algo que mi colega creía así o si lo dijo más por meterse un poco conmigo. Pensándolo bien, posiblemente por ambas razones.
La mujer del móvil tenía razón, el chico apareció con su mochila al hombro. Ahora presentaba un aspecto cansado. Decidimos observarlo. No teníamos pruebas de que hubiera sido él, aún debíamos conseguirlas. El tren llegó unos pocos minutos después, nos montamos en el mismo vagón.
La aguja larga se deslizaba lentamente. De vez en cuando una voz salía de los altavoces. Habíamos tenido el tiempo suficiente para hacer memoria. Desde que saliéramos de Bari fueron cuatro paradas hasta nuestro destino. El vagón en ningún momento había estado demasiado lleno, como mucho diez personas. Un viejo de gafas redondas y cristales gruesos que viajaba en el asiento más cercano a la salida en el mismo sentido del trayecto, dormitando apoyado sobre a ventana durante todo el trayecto y que había continuado la marcha después de bajarnos nosotros. Una pareja cercana a los treinta con vestimentas de sport y de nylon posiblemente, candidatos por el material pero no por el color, abrigos plateados frente al hilo azulado, y porque nunca habían estado cerca de nuestros asientos. Dos señoras que hablaban demasiado rápido y muy alto, con ropas de color oscuro que se montaron y bajaron a la vez que nosotros. Un grupo de chavales de instituto. Una chica que no paraba de hablar por el móvil con un jersey rosa chicle, justo detrás de nosotros y un joven, veintiuno, con un chandal nike blanco y azul, con una mochila al hombro. También tenía el pelo corto y moreno y su cara era bastante ancha y cuadrada. Sus hombros estaban bastante elevados y la espalda ancha, por lo que era fácil deducir que le gustaba machacarse en el gimnasio. Éste era nuestro mejor candidato. Había tenido tiempo, la oportunidad y bajó del tren en la misma parada que nosotros. Aunque eso sí, el motivo seguía siendo un misterio.
Puede resultar raro que haya hecho esa descripción tan clara de todos los que iban en el vagón con nosotros, pero, como decía antes, la fuerza de la costumbre es increíblemente poderosa y, aunque no quiera, mi mente está tan acostumbrada a fijarse en todo que luego solo tengo que recordar y, anotar. Y además, no estaba sólo, éramos dos, por lo que poco se nos podía escapar.
-¿Estás segura de lo que te ha dicho?-pregunté a mi colega. Ella había estado hablando un buen rato con un hombre que parecía trabajar en la estación, ya que vestía el traje típico de los revisores y estaba allí al bajar y seguía estando cuando regresamos. El hombre se había mostrado increíblemente cooperador. Hay tipos por ahí realmente convincentes, capaces de obtener respuestas de casi todo el mundo, porque simplemente provocan pánico; pero estos a veces fallan. Sin embargo, una cara bonita con una buena mirada y una sonrisa estudiada es la llave perfecta para cualquier secreto. Las mujeres como mi colega son las que realmente me dan miedo. No creo que nadie pueda guardarles un secreto, lo que a veces tengo que reconocer, no hace que me sienta tranquilo. Aunque, afortunadamente, ella no abusa de ese arma, aunque podría.
-Completamente.-me contestó segura. Tenía que creermelo porque mi conocimiento de italiano era menor que cero y allí el inglés, como ya dije, es un idioma no demasiado extendido, igual que en mi querida tierra natal. Además, sus años de experiencia eran tantos como los míos. Si había algún error sólo podía estar en la fuente y, en un proceso como el que estábamos siguiendo, eso ocurre más a menudo de lo que nos gustaría.
-Entonces esperaremos.
La manecilla larga se puso en el doce, dando las cinco en punto. Un tren pasó de largo con estruendo y levantando una ventolera. Daba cierto miedo cuando los vagones pasaban a toda velocidad. Estaba absorto, viendo como se alejaba cuando mi colega me dió un leve codazo para llamar mi atención.
-Mira.-seguí su mirada hasta dar con la mujer del móvil. Estaba hablando.
-¿Y si le preguntas?
Realmente no hacía falta que hiciera la sugerencia. Mi colega ya estaba en pie, acercándose a la mujer. Lo hizo disimuladamente y, justo cuando colgó, le preguntó algo. No lo entendí pero tuvo que ser gracioso, porque ambas rieron un poco. Dejé de prestar atención con los oídos, frustrado.
-¿Qué te ha dicho?-pregunté cuando regresó.
-Pues que el chico cogió un par de bolsas de debajo del asiento.
-La próxima vez pondré la mochila arriba o en el asiento donde pueda verlas.
-También me ha dicho que suele hacer este trayecto una vez al mes, igual que ella.
-Una chica observadora.
-Todas las mujeres lo somos.-sonrió con cierta malicia.
No sabría concretar si es algo que mi colega creía así o si lo dijo más por meterse un poco conmigo. Pensándolo bien, posiblemente por ambas razones.
La mujer del móvil tenía razón, el chico apareció con su mochila al hombro. Ahora presentaba un aspecto cansado. Decidimos observarlo. No teníamos pruebas de que hubiera sido él, aún debíamos conseguirlas. El tren llegó unos pocos minutos después, nos montamos en el mismo vagón.
lunes, 10 de diciembre de 2012
La Canción del Bosque (1)
Capítulo 1. El Mandato del Rey.
El palacio del monarca de Ririan era uno de los más grandes y opulentos de todo el imperio de Tursan. La corte del rey Peltos Rocaoro destilaba riqueza y elegancia por todas partes, por eso Elbert, humilde erudito, se sentía abrumado. Sus ojos se posaban en cada tapiz, rematado siempre en oro, que colgaba en un pasillo. Las armaduras que adornaban los huecos siempre presentaban joyas engarzadas, en el peto, en los guantes o en las doradas empuñaduras de las armas que sostenían los guerreros vacíos. Hasta los ropajes de los criados eran de seda, rematados en plata. En esos momentos, Elbert estaba completamente absorto en los dibujos del faldón del hombre que lo guiaba.
Se detuvieron ante una enorme puerta, custodiada por dos enormes guardias. El criado la abrió y le cedió el paso.
-Su majestad os espera dentro.
Asintió nerviso antes de cruzar el umbral.
En su cara se pintó de asombro. Los techos abovedados eran increíblemente altos y, cada uno, presentaba una pintura de increible realismo. Los capiteles de las columnas refulgían con dorado. Y, frente a él, una ventana toda de cristal se abría, dando paso a un balcón gigantesco. No podía creer que estuviera en los aposentos personales del rey.
-Venid, pasad.-llamó desde el exterior.
Peltos Rocaoro se quedó parado, mirándolo con curiosidad y esbozó una mueca de disgusto.
-No os imaginaba tan joven.-suspiró.-Levantáos y tomad asiento.
Obedeció de inmediato cesando en su reverencia y se sentó. Se mantuvo callado, no había estado mucho en la corte pero sí lo suficiente como para saber que no debía hablar a menos que se le preguntar algo directamente o, se le diera permiso.
-Según he oído os jactáis de conocer casi todas las leyendas del reino y más allá.-Elbert asintió tímidamente.-Incluso, que habéis ido en busca de alguno de estos mitos y cuentos.
Volvió a mover la cabeza arriba y abajo, por la voz del rey le resultaba evidente su desaprobación.
-Aunque me parezca una locura, necesito que salgáis en busca de una de estas fábulas para mi.-tocó una campanilla y aparecieron, casi al instante, varios criados.-¿Queréis algo de beber?
-Un té estaría bien.-balbuceó.
-Vamos, rápido, traedlo y también una manzanilla. Y no olvidéis las galletitas, vamos, vamos.-se giró y quedó dándole la espalda, mirando toda la ciudad de Edirian que se desparramaba ante ellos, visible desde el balcón.-¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Muchas historias hay sobre el dragón del bosque de Lubaen, ¿conoceréis alguna verdad?
-Sí, majestad, alguna.-no sabía si permanecer sentado o levantarse.
-Eso está bien porque quiero que localicéis la guarida de la criatura.
-¿Del dragón?
-Así es, ¿no podéis hacerlo?
Dudó unos instantes. Sabía de muchos que habían intentado averigüar si existía o no el dragón de cuentos y leyendas sobre Lubaen sin éxito y que, la mayoría, habían regresado locos o algo peor, si es que lo hacían.
-No sabré si puedo hacerlo o no hasta que investigue un poco.-Peltos se giró para tenerlo de cara y, torció el gesto entre disgustado y aburrido.-No siempre existe la criatura o puede ser encontrada.-Se arrepintió de esas palabras, pero tenía que decirlas.
-Con esa falta de fe no me extraña que no encontréis todo lo que buscáis, pero,-se encogió de hombros.-me han dicho que soís el mejor, así que el trabajo es vuestro y estoy seguro de que no me decepcionaréis.
Elbert se preguntó por un momento en qué se estaba metiendo, él no había pedido nada y tenía muchas cosas que hacer, pero, sabía que a un rey no se le podía decir que no. Tragó saliva.
-Seber, el administrador, se encargará de proporcionar todo lo que podáis necesitar.
El silencio se hizo muy espeso. Elbert se levantó y empezó a salir de allí, notando que el rey había dado por terminada aquella reunión.
-Una cosa más, tenéis tres meses.
Hizo una reverencia antes de abandonar los aposentos del rey, con la cabeza llena de preguntas y, también, con una creciente preocupación en su estómago.
El palacio del monarca de Ririan era uno de los más grandes y opulentos de todo el imperio de Tursan. La corte del rey Peltos Rocaoro destilaba riqueza y elegancia por todas partes, por eso Elbert, humilde erudito, se sentía abrumado. Sus ojos se posaban en cada tapiz, rematado siempre en oro, que colgaba en un pasillo. Las armaduras que adornaban los huecos siempre presentaban joyas engarzadas, en el peto, en los guantes o en las doradas empuñaduras de las armas que sostenían los guerreros vacíos. Hasta los ropajes de los criados eran de seda, rematados en plata. En esos momentos, Elbert estaba completamente absorto en los dibujos del faldón del hombre que lo guiaba.
Se detuvieron ante una enorme puerta, custodiada por dos enormes guardias. El criado la abrió y le cedió el paso.
-Su majestad os espera dentro.
Asintió nerviso antes de cruzar el umbral.
En su cara se pintó de asombro. Los techos abovedados eran increíblemente altos y, cada uno, presentaba una pintura de increible realismo. Los capiteles de las columnas refulgían con dorado. Y, frente a él, una ventana toda de cristal se abría, dando paso a un balcón gigantesco. No podía creer que estuviera en los aposentos personales del rey.
-Venid, pasad.-llamó desde el exterior.
Peltos Rocaoro se quedó parado, mirándolo con curiosidad y esbozó una mueca de disgusto.
-No os imaginaba tan joven.-suspiró.-Levantáos y tomad asiento.
Obedeció de inmediato cesando en su reverencia y se sentó. Se mantuvo callado, no había estado mucho en la corte pero sí lo suficiente como para saber que no debía hablar a menos que se le preguntar algo directamente o, se le diera permiso.
-Según he oído os jactáis de conocer casi todas las leyendas del reino y más allá.-Elbert asintió tímidamente.-Incluso, que habéis ido en busca de alguno de estos mitos y cuentos.
Volvió a mover la cabeza arriba y abajo, por la voz del rey le resultaba evidente su desaprobación.
-Aunque me parezca una locura, necesito que salgáis en busca de una de estas fábulas para mi.-tocó una campanilla y aparecieron, casi al instante, varios criados.-¿Queréis algo de beber?
-Un té estaría bien.-balbuceó.
-Vamos, rápido, traedlo y también una manzanilla. Y no olvidéis las galletitas, vamos, vamos.-se giró y quedó dándole la espalda, mirando toda la ciudad de Edirian que se desparramaba ante ellos, visible desde el balcón.-¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Muchas historias hay sobre el dragón del bosque de Lubaen, ¿conoceréis alguna verdad?
-Sí, majestad, alguna.-no sabía si permanecer sentado o levantarse.
-Eso está bien porque quiero que localicéis la guarida de la criatura.
-¿Del dragón?
-Así es, ¿no podéis hacerlo?
Dudó unos instantes. Sabía de muchos que habían intentado averigüar si existía o no el dragón de cuentos y leyendas sobre Lubaen sin éxito y que, la mayoría, habían regresado locos o algo peor, si es que lo hacían.
-No sabré si puedo hacerlo o no hasta que investigue un poco.-Peltos se giró para tenerlo de cara y, torció el gesto entre disgustado y aburrido.-No siempre existe la criatura o puede ser encontrada.-Se arrepintió de esas palabras, pero tenía que decirlas.
-Con esa falta de fe no me extraña que no encontréis todo lo que buscáis, pero,-se encogió de hombros.-me han dicho que soís el mejor, así que el trabajo es vuestro y estoy seguro de que no me decepcionaréis.
Elbert se preguntó por un momento en qué se estaba metiendo, él no había pedido nada y tenía muchas cosas que hacer, pero, sabía que a un rey no se le podía decir que no. Tragó saliva.
-Seber, el administrador, se encargará de proporcionar todo lo que podáis necesitar.
El silencio se hizo muy espeso. Elbert se levantó y empezó a salir de allí, notando que el rey había dado por terminada aquella reunión.
-Una cosa más, tenéis tres meses.
Hizo una reverencia antes de abandonar los aposentos del rey, con la cabeza llena de preguntas y, también, con una creciente preocupación en su estómago.
domingo, 2 de diciembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (3) El comienzo del enigma.
A las siete y media de la mañana sonó el despertador. El sonido no lo reconocía. No era el mío, pero eso no importaba, sirvió a su propósito. Mi colega en la cama de al lado se levantó casi de un salto. Yo tardé algo más. Siempre he adorado esos minutos después de despertarse, sobre todo los días de frío.
Yo tomé leche con cacao bien cargado, con galletas de chocolate. No puedo evitarlo, las calorías son mi perdición. Mi colega, en cambio, podría decirse que es el espejo de la salud en persona: leche, cereales y fruta. Mientras, charlamos sobre a qué sitios íbamos a ir. En algunos ella ya había estado, en otros, no, pero de todos, al menos, tenía referencias.
No me llevó demasiado arreglarme, al hamere duchado la noche antes, lo único que hice fue darme un pequeño remojón para despejarme. Resulta increíble lo que nos condicionan las costumbres. Para mi resulta difícil salir de casa por la mañana sin haber pasado por la ducha. Ya vestido me asomé a la habitación. Mi colega estaba ultimando los detalles frente al espejo. Me resultó curioso ver a través del reflejo como se aplicaba la mascarilla en las pestañas. Una de esas cosas que uno ve de vez en cuando hacer a una amiga, una novia, una madre, pero nunca repara en ellas hasta que lo hace: también lo encontré sexy. Sé que estas cosas no tienen mucho que ver con el tema que nos ocupa, pero cuando me decidí a escribir sobre esto, decidí contarlo todo. Hasta el más mínimo detalle.
Cuando terminó, en apenas unos minutos, le dije.
-Perfecta.
Ella sonrió. No hacía falta que yo se lo dijera, lo sabía. Aún así, a mi me educaron de esa forma: a una mujer siempre hay que decirle que está guapa, sobre todo, cuando es verdad.
Ya en la calle de nuevo quedé en las manos de mi colega, aunque el camino era prácticamente el mismo sólo que a la inversa, el que ahora fuera de día, para mi convertía las calles en las de otra ciudad. Siempre me ha pasado igual.
Llegamos a la estación de trenes antes de las nueve, con más de veinte minutos para coger el nuestro. Pero viendo la enormidad que era el edificio no íbamos sobrados de tiempo. De hecho, cuando comenzamos a andar por los andenes, buscando en el que debíamos esperar, a mi se me asemejó a un laberinto. Desde luego aquella estación no está hecha para alguien que la conozca. Casi era una locura similar a la que veía en el conductor del autobús a mi llegada.
Una vez en el vagón me enseñó el mapita de la primera ciudad que visitaríamos. Dejé mi mochila con todas las cosas a un lado.
A mitad de trayecto, serían las diez y cinco de la mañana, recuerdo sacar la botella de agua para beber un poco y dejar la mochila abierta para poder guardarla y sacarla con facilidad. A las diez y cuarenta minutos, metí todo lo que estaba fuera y corrimos hacia la puerta del vagón. Era nuestra parada.
La estación de tren resultó no estar en el centro, cosa que me resultó bastante sorprendente. Creo que no he ido a ninguna ciudad en la que la estación principal no esté bien centrada. Pero eso nos dio la ocasión de dar un agradable paseo.
Si tuviera que definir el sitio donde estábamos en dos palabras creo que serían: bonito y peculiar.
Antes de comer, cerca de las dos de la tarde, un poco antes de tener que coger el tren hasta el siguiente destino, lo que hicimos fue lo típico que hace uno cuando es un turista despistado: andar, entrar en tiendas, hacer fotos, comprar alguna cosa, perderse y preguntar. Así que, un poco cansados, nos dispusimos a saciar el hambre, no demasiada, todo hay que decirlo. Saqué el agua, la bolsa con el pan, la bolsa con el embutido y, la bolsa con los quesos, no estaba. ¿Cómo era posible?
En ese momento saqué todo el contenido de la mochila y empezamos a analizarlo. No tuvimos que mirar demasiado para ver un hilo sintético, posiblemente de nylon, enganchado en una de las cremalleras de la mochila. Eso, a pesar de nuestra intención de mantenernos alejados del trabajo, provocó que nuestras mentes se pusieran en marcha. Ocurrió, como pasa demasiado a menudo, que la fuerza de la costumbre era demasiado poderosa. Teníamos ante nosotros un enigma: ¿qué había sido de la bolsa de quesos? Sé que te preguntarás porqué una pregunta, un enigma, era fuerza de la costumbre para nosotros; y no tengo inconveniente en decírtelo: mi colega y yo somos detectives privados.
Yo tomé leche con cacao bien cargado, con galletas de chocolate. No puedo evitarlo, las calorías son mi perdición. Mi colega, en cambio, podría decirse que es el espejo de la salud en persona: leche, cereales y fruta. Mientras, charlamos sobre a qué sitios íbamos a ir. En algunos ella ya había estado, en otros, no, pero de todos, al menos, tenía referencias.
No me llevó demasiado arreglarme, al hamere duchado la noche antes, lo único que hice fue darme un pequeño remojón para despejarme. Resulta increíble lo que nos condicionan las costumbres. Para mi resulta difícil salir de casa por la mañana sin haber pasado por la ducha. Ya vestido me asomé a la habitación. Mi colega estaba ultimando los detalles frente al espejo. Me resultó curioso ver a través del reflejo como se aplicaba la mascarilla en las pestañas. Una de esas cosas que uno ve de vez en cuando hacer a una amiga, una novia, una madre, pero nunca repara en ellas hasta que lo hace: también lo encontré sexy. Sé que estas cosas no tienen mucho que ver con el tema que nos ocupa, pero cuando me decidí a escribir sobre esto, decidí contarlo todo. Hasta el más mínimo detalle.
Cuando terminó, en apenas unos minutos, le dije.
-Perfecta.
Ella sonrió. No hacía falta que yo se lo dijera, lo sabía. Aún así, a mi me educaron de esa forma: a una mujer siempre hay que decirle que está guapa, sobre todo, cuando es verdad.
Ya en la calle de nuevo quedé en las manos de mi colega, aunque el camino era prácticamente el mismo sólo que a la inversa, el que ahora fuera de día, para mi convertía las calles en las de otra ciudad. Siempre me ha pasado igual.
Llegamos a la estación de trenes antes de las nueve, con más de veinte minutos para coger el nuestro. Pero viendo la enormidad que era el edificio no íbamos sobrados de tiempo. De hecho, cuando comenzamos a andar por los andenes, buscando en el que debíamos esperar, a mi se me asemejó a un laberinto. Desde luego aquella estación no está hecha para alguien que la conozca. Casi era una locura similar a la que veía en el conductor del autobús a mi llegada.
Una vez en el vagón me enseñó el mapita de la primera ciudad que visitaríamos. Dejé mi mochila con todas las cosas a un lado.
A mitad de trayecto, serían las diez y cinco de la mañana, recuerdo sacar la botella de agua para beber un poco y dejar la mochila abierta para poder guardarla y sacarla con facilidad. A las diez y cuarenta minutos, metí todo lo que estaba fuera y corrimos hacia la puerta del vagón. Era nuestra parada.
La estación de tren resultó no estar en el centro, cosa que me resultó bastante sorprendente. Creo que no he ido a ninguna ciudad en la que la estación principal no esté bien centrada. Pero eso nos dio la ocasión de dar un agradable paseo.
Si tuviera que definir el sitio donde estábamos en dos palabras creo que serían: bonito y peculiar.
Antes de comer, cerca de las dos de la tarde, un poco antes de tener que coger el tren hasta el siguiente destino, lo que hicimos fue lo típico que hace uno cuando es un turista despistado: andar, entrar en tiendas, hacer fotos, comprar alguna cosa, perderse y preguntar. Así que, un poco cansados, nos dispusimos a saciar el hambre, no demasiada, todo hay que decirlo. Saqué el agua, la bolsa con el pan, la bolsa con el embutido y, la bolsa con los quesos, no estaba. ¿Cómo era posible?
En ese momento saqué todo el contenido de la mochila y empezamos a analizarlo. No tuvimos que mirar demasiado para ver un hilo sintético, posiblemente de nylon, enganchado en una de las cremalleras de la mochila. Eso, a pesar de nuestra intención de mantenernos alejados del trabajo, provocó que nuestras mentes se pusieran en marcha. Ocurrió, como pasa demasiado a menudo, que la fuerza de la costumbre era demasiado poderosa. Teníamos ante nosotros un enigma: ¿qué había sido de la bolsa de quesos? Sé que te preguntarás porqué una pregunta, un enigma, era fuerza de la costumbre para nosotros; y no tengo inconveniente en decírtelo: mi colega y yo somos detectives privados.
jueves, 29 de noviembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (2)
Me dirigí con paso rápido, pero cansado, hacia mi colega. No tenía ganas de mojarme demasiado y su paraguas era la única protección que iba a encontrar contra la lluvia. Me maldije en voz baja por no haber echado uno y, sobre todo, por haber puesto el impermeable demasiado abajo en la maleta. Sacarlo en mitad de la calle no era una opción.
-¿Qué tal el viaje?-preguntó cuando me tuvo cerca.
-Bien, largo, pero bien.
Miraba a mi alrededor, tanteando mis bolsillos, asegurándome de no olvidarme o haber perdido algo. Cuando estuve seguro de que todo estaba en su sitio presté más atención a lo que tenía delante. Su pelo mostraba un nuevo peinado: corto, elegante, moderno y sugerente, y en la fragancia a cereza que desprendía su colonia. También me llamó la atención la equivalencia casi exacta entre el paraguas y su elegante chaqueta azul.
-Ha sido una suerte que pudieras venir a por mi.-dije con una media sonrisa-. Esto es un caos, ¿por dónde?
-Por aquí.-Echó a andar con paso rápido. El tacón de sus botines repiqueteaba contra el suelo cada vez más mojado.
La oscuridad resultaba desconcertante. A través de mis ojos percibía que debían ser cerca de las ocho de la tarde, pero la sensación en mi cuerpo no pasaba de las seis y pico. Aquella divergencia resultaba incómoda e inesperada. El cambio de longitud siempre me ha resultado más fácil de admitir que el de latitud.
-Vamos a ir a comprar antes.-me informó al tiempo que con la mano en la que llevaba el paraguas señaló que debíamos cruzar.
-Me parece perfecto. Tú guías.
El laberinto cuadrangular de calles, me sorprendió. Con la imagen del mapa online no podía hacerme una idea de la longitud que tenían, las había imaginado mucho más cortas.
-Esto es más grande de lo que pensaba.-comenté sin contener mi sorpresa.
-¿A qué engaña?
Asentí.
No recuerdo cuanta tiendas visitamos, pero sí que me encontré a mi colega perfectamente integrada. Para el tiempo que ella llevaba allí me parecía que había cogido un muy buen control del idioma. Lo cual o era verdad o, demostraba mi inexistente conocimiento.
Las bolsas de la compra pronto sumaron su peso al de mi maleta. No era tampoco demasiado, pero el volumen siempre se hace difícil de manejar.
-Ya llegamos, es aquel mortal.-señaló con un dedo.-Dejamos las cosas, damos una vuelta y luego cenamos, ¿por qué tú no tienes hambre todavía verdad?
-No, es pronto.-Y era verdad, no tenía apenas hambre. Es algo que me suele pasar, después de un viaje largo no tiendo a tener el estómago muy dispuesto a comer demasiado.
Subimos las escaleras que llevaban hasta su piso. No tenía el aspecto de ser demasiado viejo, pero tampoco demasiado nuevo. Cuando ví la llave me lo replanteé, tenía que ser un poco viejo. Pregunté dónde podía dejar las cosas, me estiré y, prácticamente, volvimos a salir. Justo cuando abríamos la puerta la de enfrente se cerróo rápidamente. Sólo me dió tiempo a ver un atisbo de rojo.
-Qué velocidad lleva tu vecino.-comenté casual.
-Todavía no lo he visto, ¿puedes creerlo?
-Si llevas aquí dos meses, no.
Se río con la broma.
-Apenas paso por casa, demasiado trabajo.
-Es siempre lo mismo, aquí o allí.-la resignación vibraba en mi voz.-Pero hoy, mañana y pasado no quiero saber nada de trabajo y tú, tampoco.
-¿Saber de...?
Reímos.
Seguía lloviendo.
-¿Qué tal el viaje?-preguntó cuando me tuvo cerca.
-Bien, largo, pero bien.
Miraba a mi alrededor, tanteando mis bolsillos, asegurándome de no olvidarme o haber perdido algo. Cuando estuve seguro de que todo estaba en su sitio presté más atención a lo que tenía delante. Su pelo mostraba un nuevo peinado: corto, elegante, moderno y sugerente, y en la fragancia a cereza que desprendía su colonia. También me llamó la atención la equivalencia casi exacta entre el paraguas y su elegante chaqueta azul.
-Ha sido una suerte que pudieras venir a por mi.-dije con una media sonrisa-. Esto es un caos, ¿por dónde?
-Por aquí.-Echó a andar con paso rápido. El tacón de sus botines repiqueteaba contra el suelo cada vez más mojado.
La oscuridad resultaba desconcertante. A través de mis ojos percibía que debían ser cerca de las ocho de la tarde, pero la sensación en mi cuerpo no pasaba de las seis y pico. Aquella divergencia resultaba incómoda e inesperada. El cambio de longitud siempre me ha resultado más fácil de admitir que el de latitud.
-Vamos a ir a comprar antes.-me informó al tiempo que con la mano en la que llevaba el paraguas señaló que debíamos cruzar.
-Me parece perfecto. Tú guías.
El laberinto cuadrangular de calles, me sorprendió. Con la imagen del mapa online no podía hacerme una idea de la longitud que tenían, las había imaginado mucho más cortas.
-Esto es más grande de lo que pensaba.-comenté sin contener mi sorpresa.
-¿A qué engaña?
Asentí.
No recuerdo cuanta tiendas visitamos, pero sí que me encontré a mi colega perfectamente integrada. Para el tiempo que ella llevaba allí me parecía que había cogido un muy buen control del idioma. Lo cual o era verdad o, demostraba mi inexistente conocimiento.
Las bolsas de la compra pronto sumaron su peso al de mi maleta. No era tampoco demasiado, pero el volumen siempre se hace difícil de manejar.
-Ya llegamos, es aquel mortal.-señaló con un dedo.-Dejamos las cosas, damos una vuelta y luego cenamos, ¿por qué tú no tienes hambre todavía verdad?
-No, es pronto.-Y era verdad, no tenía apenas hambre. Es algo que me suele pasar, después de un viaje largo no tiendo a tener el estómago muy dispuesto a comer demasiado.
Subimos las escaleras que llevaban hasta su piso. No tenía el aspecto de ser demasiado viejo, pero tampoco demasiado nuevo. Cuando ví la llave me lo replanteé, tenía que ser un poco viejo. Pregunté dónde podía dejar las cosas, me estiré y, prácticamente, volvimos a salir. Justo cuando abríamos la puerta la de enfrente se cerróo rápidamente. Sólo me dió tiempo a ver un atisbo de rojo.
-Qué velocidad lleva tu vecino.-comenté casual.
-Todavía no lo he visto, ¿puedes creerlo?
-Si llevas aquí dos meses, no.
Se río con la broma.
-Apenas paso por casa, demasiado trabajo.
-Es siempre lo mismo, aquí o allí.-la resignación vibraba en mi voz.-Pero hoy, mañana y pasado no quiero saber nada de trabajo y tú, tampoco.
-¿Saber de...?
Reímos.
Seguía lloviendo.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (1) Llegada.
Cuando cogí el autobús la madrugada del viernes dieciséis, poco podía imaginar que mis minivacaciones iban a convertirse en otra cosa. El viaje hasta el punto de destino fue bueno, aunque demasiado largo. Tener que economizar cogiendo vuelos baratos con múltiples trasbordos resulta siempre agotador.
A la llegada me recibió una suave lluvia, fresca. El cielo, además de gris, comenzaba a teñirse de negro. Eran poco más de las cinco de la tarde pero a mi me parecía que fuesen cerca de las siete. El resultado del cambio de latitud. Con mi maleta a cuestas alcancé la parada de autobús y miré los horarios: por diez míseros minutos se me había escapado. Tendría que esperar casi una hora. Con un gruñido me senté en el banco, serpenteante y verde, a esperar.
Tenía la mirada pendiente de los coches que pasaban, aburrido. Saqué el móvil y lo encendí para que fuera encontrando señal, por experiencias pasadas el "roaming" suele tardar bastante. Cerca de las seis menos veinte encontró red y comenzaron a llegarme SMS variados: los típicos de bienvenida, no me molesté en leerlos, y uno de mi collega allí y en cuya casa iba a alojarme esos días. Mi humor mejoró un poco cuando el texto apareció ante mi: podía ir a recogerme a la parada del autobus en la ciudad.
El trayecto del aeropuerto a la ciudad resultó cuanto menos, peculiar. Creo que en mi vida me he montado en uno que se llenara tanto, ni tampoco en el que el conductor, aparte de no usar los intermitentes y presionar el claxon cada dos por tres, se tuviera que poner a limpiar el cristal de vaho en cada ocasión que se detenía. También era la primera vez en la que nadie parecía saber indicarme, ni aproximadamente, dónde debía bajarme.
Reconozco que, cuanto más pasaba el tiempo y la luz iba volviéndose más oscura, crecía cierto desasosiego en mi estómago. La sensación de no saber dónde estaba era cada vez mayor, porque todos los cristales se habían vestido con una cortina blanca y brumosa: viajaba completamente a ciegas. Lo único que sabía era que estaba en el autobús correcto porque su número coincidía con el del horario en la parada: el dieciséis y que mi parada era la final.
Volví a preguntar, una vez más, tras nueve paradas, por la estación central y, por fin, alguien me contestó que aún quedaba bastante. No era la mejor respuesta pero con ese dato y los que ya tenía, opté por bajarme cuando todo el mundo lo hiciera. Ahí debía ser la última parada.
Al fin logré atisbar, por un pequeño resquicio entre los cristales completamente empañados, el enorme chorro de una fuente. Tenía que ser la parada. El lugar indicado días atrás por mi colega mediante google-maps mostraba una fuente inconfundible. Me bajé a toda prisa, agobiado de tanta gente que estábamos en aquel espacio reducido. Llovía con más intensidad. Busqué entre la gente unos metros más allá. Allí estaba mi colega. Sonreí, tenía un paraguas.
A la llegada me recibió una suave lluvia, fresca. El cielo, además de gris, comenzaba a teñirse de negro. Eran poco más de las cinco de la tarde pero a mi me parecía que fuesen cerca de las siete. El resultado del cambio de latitud. Con mi maleta a cuestas alcancé la parada de autobús y miré los horarios: por diez míseros minutos se me había escapado. Tendría que esperar casi una hora. Con un gruñido me senté en el banco, serpenteante y verde, a esperar.
Tenía la mirada pendiente de los coches que pasaban, aburrido. Saqué el móvil y lo encendí para que fuera encontrando señal, por experiencias pasadas el "roaming" suele tardar bastante. Cerca de las seis menos veinte encontró red y comenzaron a llegarme SMS variados: los típicos de bienvenida, no me molesté en leerlos, y uno de mi collega allí y en cuya casa iba a alojarme esos días. Mi humor mejoró un poco cuando el texto apareció ante mi: podía ir a recogerme a la parada del autobus en la ciudad.
El trayecto del aeropuerto a la ciudad resultó cuanto menos, peculiar. Creo que en mi vida me he montado en uno que se llenara tanto, ni tampoco en el que el conductor, aparte de no usar los intermitentes y presionar el claxon cada dos por tres, se tuviera que poner a limpiar el cristal de vaho en cada ocasión que se detenía. También era la primera vez en la que nadie parecía saber indicarme, ni aproximadamente, dónde debía bajarme.
Reconozco que, cuanto más pasaba el tiempo y la luz iba volviéndose más oscura, crecía cierto desasosiego en mi estómago. La sensación de no saber dónde estaba era cada vez mayor, porque todos los cristales se habían vestido con una cortina blanca y brumosa: viajaba completamente a ciegas. Lo único que sabía era que estaba en el autobús correcto porque su número coincidía con el del horario en la parada: el dieciséis y que mi parada era la final.
Volví a preguntar, una vez más, tras nueve paradas, por la estación central y, por fin, alguien me contestó que aún quedaba bastante. No era la mejor respuesta pero con ese dato y los que ya tenía, opté por bajarme cuando todo el mundo lo hiciera. Ahí debía ser la última parada.
Al fin logré atisbar, por un pequeño resquicio entre los cristales completamente empañados, el enorme chorro de una fuente. Tenía que ser la parada. El lugar indicado días atrás por mi colega mediante google-maps mostraba una fuente inconfundible. Me bajé a toda prisa, agobiado de tanta gente que estábamos en aquel espacio reducido. Llovía con más intensidad. Busqué entre la gente unos metros más allá. Allí estaba mi colega. Sonreí, tenía un paraguas.
martes, 27 de noviembre de 2012
La Rebelión de las Tazas (1)
Todo quedó en silencio y a oscuras. Tacilla tembló y avanzó lentamente, con cautela, hacia el borde de la cornisa. Asomó la cabeza y contempló la desolación que se extendía abajo, entre las sombras. Aquel día la batalla se cobraba más bajas que ningún otro. La escala creciente era la norma en los últimos tiempos. Cada noche era peor que la anterior.
Sabía que pronto le llegaría el turno. Aquel pensamiento no era nuevo, su ágil cerebro de porcelana lo imaginaba cada vez que cerraba los ojos, en una pesadilla horrenda. Pero no, no estaba dispuesta a permitir que sucediera. Para nada. El tiempo de permanecer tumbados y en silencio debía tocar a su fin. Alzó su bracito y desafió a la oscuridad y el silencio que los envolvía.
Sabía que pronto le llegaría el turno. Aquel pensamiento no era nuevo, su ágil cerebro de porcelana lo imaginaba cada vez que cerraba los ojos, en una pesadilla horrenda. Pero no, no estaba dispuesta a permitir que sucediera. Para nada. El tiempo de permanecer tumbados y en silencio debía tocar a su fin. Alzó su bracito y desafió a la oscuridad y el silencio que los envolvía.
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