No podía creerlo, sencillamente no podía. Camaris no había dormido aquella noche. La inminente batalla lo había mantenido despierto, así que estaba allí, sobre la colina en la que habían desplegado el campamento sus fuerzas, cuando las puertas del castillo se abrieron de par en par, el rastrillo subió con el sonído metálico e intermitente de las cadenas y el puente levadizo cayó pesadamente. Sin duda fue una imagen que no esperaba ver. Abrió la boca para ladrar órdenes a sus hombres y hacer frente a una salida de los soldados en el castillo, cuando solamente cruzó el umbral un pequeño grupo de cuatro jinetes portando una banderola blanca y azul.
--¿Parlamento? --Lanzó la pregunta al aire, sin que hubiera nadie cerca como para oírlo o responderle. Se giró con brusquedad y clavó la vista en el soldado más cercano --¡Que traigan mi caballo! ¡Y que me acompañe mi escolta! ¡De inmediato!
Camaris lanzó una mirada alrededor antes de subirse a su montura, buscando a una persona de la que no había sabido nada en toda la noche. Una idea pesada como una losa cruzó su mente y sintió cómo el estómago se le tensaba: «¿Podía ser que...? No, no es posible».
La partida del castillo aguardaba a mitad del camino. Camaris y los suyos no tardaron en llegar hasta ellos y en cuanto lo hicieron, el viejo general se quitó el casco y el resto, tanto de un bando como de otro, lo imitaron. Los rostros enemigos dejaron ver el nerviosismo que sentían, pero no era sólo eso, también podía notarse el miedo. Un miedo profundo y terrible. Miedo puro y sin tapujos.
--General Camaris --dijo respetuosamente el que parecía liderar al grupo.
--De Dubré --contestó, provocando la respuesta en el otro que sin duda no esperaba que el comandante enemigo supiera su nombre.
--La plaza es vuestra --informó con pesar.
--¿Puedo saber el motivo de tan súbito cambio de parecer? ¿Y el Maestre Cornel?
--Muerto. Muerto junto a todos sus oficiales y tres de sus hombres de confianza.
«¡Por los Dioses! ¿Qué has hecho? ¿Qué demonios has hecho, chico?», las preguntas cruzaron fugaces por la mente del general, que no dejó que
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viernes, 10 de junio de 2016
sábado, 28 de mayo de 2016
Asedio
Camaris se agarró uno de los pocos mechones de pelo que le quedaban sobre la cabeza, lo estrujó y lió antes de soltaro y emitir un largo suspiro cargado de resignación.
--Es imposible --aseveró el anciano general --. Del todo imposible. ¡Maldita sea su estupidez! Si hubieramos atacado cuando el comandante Márel aconsejó y no cuando ordenó ese maldito bastardo advenedizo del hermano del rey, habríamos tomado la fortaleza sin apenas perder un hombre; pero ahora, ahora que se han acontonado todas las fuerzas renmitas vamos a necesitar toda el apoyo de Dios posible y una gran cantidad de buena suerte. --Escupió al suelo con desprecio --. ¡Malnacido! Tengo que enviar miles de hombres a la muerte por el capricho de un noble. Los odio. Los odio a todos.
--Dejádmelo a mí --solicitó una voz tras Camaris, que se volvió hacia su origen.
--¿Te has vuelto loco? Te matarán en cuanto te acerques a la muralla. Y aun cuando lograras acercarte al maestre Cornel y sus leales, ¿qué crees que sucederá? No son pomposos idiotas de palacio. Hablamos de hombres curtidos en batalla. Y no batallas cualquiera. Lo que hicieron en las Quebradas se estudia en todas las academias de guerra. Incluidas las de allende los mares. No. Morirás.
--Seguís sin tener fe en mis habilidades después de todo.
--Nunca he enviado a los hombres a una misión imposible. No voy a empezar ahora. El castillo caerá, pero habrá de acerlo como siempre se ha hecho, pagando el precio: tiempo y sangre, mucha sangre.
--Si os deja dormir mejor no me enviais, yo mismo lo hago. Al alba el castillo será vuestro.
--Estás loco, pero si lo que quieres es morir no seré yo quien te lo impida.
Camaris volvió otra vez su vista hacia el castillo, a lo lejos, sobre el pesado y desafiante peñasco. Las almenas se teñian de rojo. El atardecer moría a sus espaldas.
--Es imposible --aseveró el anciano general --. Del todo imposible. ¡Maldita sea su estupidez! Si hubieramos atacado cuando el comandante Márel aconsejó y no cuando ordenó ese maldito bastardo advenedizo del hermano del rey, habríamos tomado la fortaleza sin apenas perder un hombre; pero ahora, ahora que se han acontonado todas las fuerzas renmitas vamos a necesitar toda el apoyo de Dios posible y una gran cantidad de buena suerte. --Escupió al suelo con desprecio --. ¡Malnacido! Tengo que enviar miles de hombres a la muerte por el capricho de un noble. Los odio. Los odio a todos.
--Dejádmelo a mí --solicitó una voz tras Camaris, que se volvió hacia su origen.
--¿Te has vuelto loco? Te matarán en cuanto te acerques a la muralla. Y aun cuando lograras acercarte al maestre Cornel y sus leales, ¿qué crees que sucederá? No son pomposos idiotas de palacio. Hablamos de hombres curtidos en batalla. Y no batallas cualquiera. Lo que hicieron en las Quebradas se estudia en todas las academias de guerra. Incluidas las de allende los mares. No. Morirás.
--Seguís sin tener fe en mis habilidades después de todo.
--Nunca he enviado a los hombres a una misión imposible. No voy a empezar ahora. El castillo caerá, pero habrá de acerlo como siempre se ha hecho, pagando el precio: tiempo y sangre, mucha sangre.
--Si os deja dormir mejor no me enviais, yo mismo lo hago. Al alba el castillo será vuestro.
--Estás loco, pero si lo que quieres es morir no seré yo quien te lo impida.
Camaris volvió otra vez su vista hacia el castillo, a lo lejos, sobre el pesado y desafiante peñasco. Las almenas se teñian de rojo. El atardecer moría a sus espaldas.
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