Capítulo 6, La Biblioteca del Conde de Bahíaluna
La suave caricia amarilla se desparramó lentamente por toda la bahía mientras el cielo se coloreaba de un azul claro y brillante. Elbert se asomó al balcón de su habitación y aspiró hondo la brisa marina de la mañana estirándose para desperezarse. Las heridas y magulladuras de su encuentro con el lobo se resintieron, todas y cada una de ellas; especialmente el tobillo, por lo que se apoyó más sobre el bastón. No le gustaba hacer uso de él, se sentía viejo, pero no le quedaba más remedio; había tenido suerte de no romperse nada.
Dos días después de su regreso seguía sin poder andar grandes distancias. Recorrer uno de los largos pasillos del palacio ya le suponía un esfuerzo. El criado que lo guiaba se detuvo una vez más a esperarlo. El hombre se mantenía paciente y sin proferir ninguna queja, pero en sus ojos no era capaz de esconder que se encontraba un tanto exasperado por su lentitud.
Cuando la puerta se abrió del interior surgió un olor a cerrado, pergamino, papel y tinta. Elbert abrió los ojos soprendido en cuanto su guía corrió las cortinas que tapaban las ventanas. Al ofrecerle Salmoralo acceso a su biblioteca personal no podía imaginarse que fuera tan grande. La estancia era circular y las estanterías, con más de cinco metros de altura, se ordenaban como los radios de una rueda de carro. Contuvo la respiración, allí debía de haber varios cientos de miles de libros y pergaminos. En el centro se disponían varias mesas. Dejó sus herramientas: pliegos de papel, pergamino, plumas, tinta y una gruesa y pesada lente, sobre la más cercana.
-Al inicio de cada estante encontraréis algo aproximado a un índice de los libros que podéis encontrar en él, pero hace años que no se actualiza. Al menos os servirá para haceros una idea de los temas que se tratan.
-¿No tiene Salmoralo un bliotecario?
El hombre endureció el rostro, como disgustado por la pregunta.
-No, el último desistió de sus labores hace casi una década. Desde entonces nadie a entrado aquí más que para colocar libros nuevos.
<<No me extraña, si el orden de estos libros nunca fue el adecuado y encima hace tiempo que dejó de hacerse, la tarea sería monstruosa>> Pensó mientras tragaba saliva, allí podría haber muchísimas respuestas, pero sería enormemente difícil encontrarlas. Se resignó, indagar entre el desorden del conde era lo único que podía hacer aquellos días.
-¿Podriais hacer llamar a alguno de mis sirvientes personales?
-Desde luego.-puso otro gesto agrio.-También podéis solicitar lo que necesitéis tocando aquella campanilla.-señaló un llamador encima de la mesa central.-Un criado acudirá lo antes posible para saber lo que deseáis.
-Gracias.-resopló.-Tengo mucho trabajo por lo que veo.
El hombre asintió y se dispuso a marcharse, pero antes de desaparecer por la puerta se detuvo.
-Hay una escalera que se desplaza por la pared y otra que podréis mover y encajar en cualquier estantería.
Dicho eso desapareció sin que Elbert pudiera volver a darle las gracias.
El polvo era otra cosa que abundaba en la impresionante biblioteca del conde Salmoralo. Se acercó a la primera fila de estanterías. Aquel lado tenía un pequeño conjunto de cajones en los que había numerosas fichas. Sacó la primera después de soplar y levantar una enorme nube gris. "Galaran y la Rosa de Oriente 3-25", leyó. Sonrió. Aquel libro, casi con total seguridad, lo había leído toda la corte de Riria. Pasó a la siguiente: "Perlaran y la mujer del lago, 9, 7" <<Parece que he caído en la sección de "historias tontas para cortesanos ociosos">> Pensó mientras se adentraba en el pasillo. Quería comprobar qué número hacía referencia a la fila y cual a la columna, si es que significaban eso. En caso de que fuesen cualquier otra cosa se vería obligado a preguntar o a perder un buen rato para descifrarlo.
La suerte estuvo de su parte, el primer número indicaba la fila del estante y el segundo la posición que ocuapa el libro en ella. No era mal sistema pero dudaba que toda la biblioteca estuviera así de ordenada de hecho, le resultaba extraño que no haberlos encontrado un poco bailados si, como suponía, aquella sección debía ser la más visitada.
Llevaba cerca de dos horas buscando cuando apareció Casabastros con una bandeja repleta de bacalao salado, queso, agua, pan y vino. Para ese entonces sólo dos libros descansaban encima de la mesa, un pequeño tomo de no más de cincuenta páginas cuyo título era: "Canciones de Lubaen", escrito por un tal Berenejo y otro mucho más grueso y antiguo con un nombre mucho menos sugerente: "Historia de Bahíaluna, tomo III". De los dos que debían precederle por el momento, ni rastro.
-Gracias.- expresó distraido cuando el criado plantó la bandeja encima de la mesa.
-¿Necesitáis algo más?
-No por el momento, pero en unas horas la luz se marchará y me gustaría poder seguir leyendo.
-Me encargaré de ello.
El hombre salió con el mismo silencio que vino.
Levantó la vista de un pergamino con un mapa de la zona del bosque junto a la bahía y se frotó los ojos. Los tenía completamente rojos. La oscuridad hacía demasiado que le había ganado la partida al día. Observó la luz de una de las lámparas reparando en que no sabía en qué momento las habían encendido. Se preguntó qué hora sería. Hastiado de una búsqueda infructuosa se levantó para dirigirse a su dormitorio, pero el pie le dio un tremendo calambrazo que a punto estuvo de tirarlo al suelo. Decidió no moverse, así que, se sentó de nuevo y se echó encima de la mesa. No era la primera vez que dormía en una biblioteca. Así, además, tendría más cerca los libros para continuar a la mañana siguiente.
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jueves, 7 de febrero de 2013
lunes, 4 de febrero de 2013
Fauces
La mandíbula del lobo volvía a cerrarse sobre su garganta. Se preguntó si aquella vez sería la última o si la mala suerte volvería a sonreírle permitiéndole escapar, una vez más. Recordó todas y cada una de las cicatrices hirientes que llevaba, de las cuales no había sido capaz de aprender nada; porque allí estaba, de nuevo, atrapado en aquellas fauces.
viernes, 1 de febrero de 2013
La Canción del Bosque (5)
Capítulo 5, Leyendas
-Así que arañas gigantes.-Salmoralo casi no podía contener la risa.
-Eso nos había dicho nuestro guía.
-Pero claro, no aparecieron por ningún lugar, ¿no?.-finalmente rompió a reír.-Llevo toda mi vida en Bahía Luna y jamás escuché tal cosa.
Elbert torció un poco el gesto, se sentía levemente ofendido.
-¿Cuántas veces habéis estado en el bosque de Lubaen?
Su tono y la propia pregunta cortaron un poco la risa del conde.
-No lo he pisado jamás, ni tan siquiera para cazar, prefiero la pesca.
-¿Entonces cómo podéis estar tan seguro de lo qué hay y de lo qué no?
-Porque de haber unas arañas como las que decís estoy seguro que los leñadores se habrían quejado, igual que los tramperos y algunos de los ganaderos. Como hacen con los lobos.
-Estoy seguro de que esas gentes son bastante supersticiosas, y normalmente la superstición lleva ligado un silencio. Si hay quejas al respecto serán silenciosas.
-¿Os lo dice vuestra experiencia como administrador de alguna villa?-ya no había risa en su tono ni en su cara.
-No, la experiencia a la hora de tratar con leyendas y criaturas de este tipo.-sabía que se estaba metiendo en un problema, pero no soportaba ese aspecto de los nobles, tan pronto encontraban algo jocoso como pasaban a un estado airado cuando se les hacía ver que no eran infalibles. En aquella ocasión se permitió el enfrentamiento porque su misión había sido econmendada por el propio rey.
-Creo que es hora de que os marchéis, tengo mucho que hacer esta mañana.
Ahí estaba, se dio cuenta Elbert, el orgullo herido. Se levantó, hizo una reverencia y salió por la puerta.
Desde su reunión por la mañana no había vuelto a ver al conde, y ya estaba bien entrada por la noche. Elbert se encogió de hombros y continuó metiendo cosas en su mochila de viaje. Antes de salir del palacio de Salmoralo pasó por las cocinas y robó algunos panes, quesos y pescados en salazón. Después de eso solo los guardias de la puerta lo vieron salir, pero no hicieron preguntas de a dónde iba.
Cuando llevaba más de dos horas avanzando por el bosque se detuvo, envolviéndose en una gruesa manta. Ahora no le parecía tan buena la idea de salir de aquella manera. Se preguntó porqué no había partido simplemente por la mañana.
Despertó rodeado por la niebla que encontró mucho más siniestra. No era lo mismo estar en lo que parecía ninguna parte completamente solo que acompañado. Perezosamente se levantó y comenzó a caminar, pero al rato se detuvo. No sabía en que dirección iba, así que no le quedó más remedio que esperar a que el gris se despejara y le permitiera ver al menos los árboles.
La bruma fue deshilachándose poco a poco hasta quedar reducida a unos pocos zarcillos blanquecinos que se resistían a marcharse por completo abrazándose a los troncos de los árboles. El ver un poco de cielo azul a través del espeso y frondoso ramaje animó el paso de Elbert.
Cuando quiso darse cuenta la noche estaba sobre él. La luz mortecina no tardó en convertirse en una honda oscuridad. Con la yesca y el pedernal intentaba prender fuego a un puñado de hojarasca seca, pero no lo conseguía. El frío húmedo de la noche del bosque comenzó a agarrotarle los dedos. Escuchó un ruido, una piedra moverse o una ramita partirse y se quedó inmóvil, mirando a las sombras donde creía haberlo oído; pero allí no veía nada, no era posible ver nada. El corazón se le aceleró y la yesca cayó de sus manos, sin apartar la vista de la oscuridad tanteó para buscarla. La encontró, aferrándola.
Unos minutos después el ruido no volvio a repetirse, por lo que respiró aliviado dentro de la manta. No había conseguido encender ni el más pequeño fuego.
No podía saber cuanto hacía que se durmiera cuando despertó sobresaltado. Estaba convencido de haber escuchado algo. Sacó su espada corta o un puñal largo, como la habrían llamado muchos, y eso le produjo cierta calma. Volvió a escucharlo. Ahora estaba seguro de que alguna cosa se movía a su alrededor. Aunque era imposible verla entre aquellas sombras.
Escuchó las garras contra el suelo, las piedras y la madera, seguido de un aullido que le heló la sangre. La mandíbula cargada de huesos se cerró con fuerza sobre la manta. De un tirón se la quitó. Elbert rodó por el suelo y se medio incorporó. La bestia pegó varias dentelladas más a la manta, destrozándola. Aprovechando ese momento salió corriendo, sin importarle si sus piernas golpeaban contra raíces o rocas.
El peso del animal cayó sobre su espalda y las afiladas uñas de las garras se le clavaron. Notó una oleada de dolor por todas partes. Se deslizó varios metros por el suelo, golpeó con un montón de rocas y sintó como caía en un agujero profundo. El impacto contra el suelo le sacó el aire de los pulmones y le hizo perder el conocimiento.
Cuando volvió en sí lo primero que observó fue algo de claridad varios metros por encima de su cabeza. No se atrevió a moverse hasta pasados unos minutos y, cuando lo intentó, todo su cuerpo se quejó en forma de un dolor intenso y penetrante, sobte todo en la mano derecha, la espalda donde la bestia le había herido y en el pie izquierdo. Intentó incorporarse, aunque fuera medio sentado. Se quedó así cerca de media hora. A un lado, en el suelo pudo ver su bolsa y casi todas sus cosas desperdigadas. Apoyándose sobre la pared de roca del agujero en el que estaba se levantó y cogió el pellejo de agua para beber un par de tragos. Había tenido suerte de que todo cayera con él.
Era la cuarta vez que intentaba trepar hasta la salida, por encima de él a unos tres metros, sin conseguirlo. Tenía cortes en casi todos los dedos. Con desesperación clavó la mirada en el hueco repleto de luz, casi a su alcance.
<<En circunstancias normales habría podido alcanzar la salida sin problemas, pero con el pie así y la mano...>> Torció el gesto mientras sentía que algo parecido al miedo empezaba a agitárse en su estómago.
-¡Eh! ¿Hay alguien?- Gritó con todas sus fuerzas. Gritó hasta que la luz se marchó y todo quedó de nuevo en sombras. Gritó.
De nuevo la pared de roca se iluminó arriba, como mostrándole una sonrisa falsa y burlona. Estaba helado, le dolía todo el cuerpo y sentía su garganta al rojo vivo, apenas era capaz de emitir el más pequeño susurro. Volvió a intentar trepar hasta la salida, pero sus músculos se negaron a trabajar. Miró sus cosas, menos desperdigadas, si bebía poco aguantaría dos o tres días. Decidió comer algo. Dio un mordisco al queso y otro al pan. Le costaba trabajo tragar por la irritación y porque tenía la boca seca, pero no podía beber más. Ojalá llueva. Estaba seguro de que si llovía, en algunos puntos de la roca a los que llegaba se acumularía agua. No pudo evitar preguntarse si Salmoralo enviaría en su busca. Posiblemente no lo hiciera tras su última conversación.
El medio día debía de haber pasado, aunque era difícil calcular el tiempo en aquel agujero, cuando escuchó algo fuera. Al principio fueron sólo los ladridos de un perro, muy lejos, pero luego se fueron acercándo y le seguían algunas voces de hombres. Comenzó a gritar ignorando el dolor que sentía en la garganta, también cogió un par de piedras golpeándolas contra la pared de roca para hacer todo el ruido posible.
Se detuvo un momento para escuchar y su corazón se encogió, no había ladridos ni voces. No pudo evitar preguntarse si no lo habrían oído. Cuando ya volvía a hacer presa en él la desesperanza, unas piedrecillas cayeron desde el borde del agujero, seguidas de la cara de un pequeño perro de hocico afilado y orejas cortas y puntiaguadas.
Comenzó de nuevo a gritar.
Cuando se asomaron un par de personas notó que su cuerpo pesaba mucho menos. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
-¿Qué haciáis en esta zona de Lubaen?-preguntó uno de sus rescatadores, un hombre de hombros anchos, barba espesa, ojos oscuros y un enorme hacha que llevaba a la espalda.-Es peligrosa.
-Estoy investigando en el bosque por orden directa del rey.
-¿Y os habéis aventurado solo? No estáis muy bien de la cabeza.
Elbert se mantuvo en silencio, tenía razón.
-A mi me intriga más saber qué es lo que hacía en ese agujero.-sonrió el otro con una pesada sierra en cada mano.
-Un lobo me atacó y al huir me precipité en él, creo que eso me salvó.
-¿Un lobo se acercó a vuestro fuego? Eso es raro.
Notó un rubor en las mejillas.
-No tenía fuego, no fui capaz de encenderlo.
-Entonces no me extraña que os atacara. ¡Por todos los dioses! ¿En qué estabáis pensando?
-Se ve que no pensaba demasiado bien.
Los tres rieron.
-Mi mujer os curará todas esas heridas.
El tobillo herido se le había hinchado bastante al día siguiente de que lo sacaran del agujero, por lo que estaba sentado en el cobertizo de la casa del leñador barbudo, viendo como trabajaban en la aldea. Bajó la vista un momento y se encontró con la mirada de un grupo de niños pequeños.
-Hola.-esbozó su mejor sonrisa al tiempo que se preguntó cuanto llevarían allí.
-¿Eres el que se perdió en el bosque?-preguntó una niña de cabellos rojos timidamente.
-¡Claro qué lo es!-vociferó un crío a su lado, bastante más alto que los otros con unos profundos ojos grises.
-¿Está loco?-se oyó la vocecilla de otro que no tendría más de cuatro o cinco años.
-No, es de la ciudad.-contestó el de ojos grises.
-Entonces no lo sabe, claro.
-¿Qué no sé?
Los niños se quedaron muy quietos, callados, como si acabaran de darse cuenta de que estaba allí.
-Que hay sitios del bosque donde uno no debe ir.-el más alto cruzó los brazos.
-Si vas a esos sitios te pierdes y no vuelves y tus papás se pondrán tristes.-se escuchó la vocecilla de la niña.
-¿Qué lugares son esos?
-A los que no van los leñadores.
-Mi papá dice que hay sitios donde no se deben talar los árboles, porque si cortas aunque sea una ramita el bosque te comerá.
-Eso es mentira.-el alto revolvió el cabello de la niña y salió corriendo, todos le siguieron.
Elbert se quedó mirándolos unos segundos mientras desaparecian de su vista tras una cabaña, pensativo.
-¿Os han molestado?
Se giró. La mujer del leñador estaba tras él.
-No, no, en absoluto, ha sido interesante.-sonrió.
-Lo que os han dicho no son sólo cosas de niños.-su rostro estaba serio.-Hay lugares en este bosque que es mejor no pisar.
-¿Podríais indicármelos en un mapa?
Le miró horrorizada.
-Estáis trastornado por los golpes.-se marchó.
El olor a mar, mezclado con pino y flores silvestres, le llegó antes de empezar a verlo. Ante ellos se extendió la visión de la ciudad de Bahía Luna. La luz le resultó demasiado brillante después de varios días en el bosque, entre los árboles.
Cuando entró en el patio de armas cojeando Salmoralo estaba frente a un grupo grande de soldados, ladrándole órdenes. Al verlo, todas las miradas se clavaron en él, tanto que fue como si le tocaran.
-Elbert, mi querido Elbert.-El conde se acercó a él, pero detuvo el impulso de abrazarlo en cuanto vio el estado lamentable de sus ropas y el olor que desprendía.- Cuanto me alivia ver que estáis bien. Vamos, vamos, tenéis que contarme lo que ha ocurrido.-giró la cabeza hacia los soldados.-Podéis retiraros.
-Así que arañas gigantes.-Salmoralo casi no podía contener la risa.
-Eso nos había dicho nuestro guía.
-Pero claro, no aparecieron por ningún lugar, ¿no?.-finalmente rompió a reír.-Llevo toda mi vida en Bahía Luna y jamás escuché tal cosa.
Elbert torció un poco el gesto, se sentía levemente ofendido.
-¿Cuántas veces habéis estado en el bosque de Lubaen?
Su tono y la propia pregunta cortaron un poco la risa del conde.
-No lo he pisado jamás, ni tan siquiera para cazar, prefiero la pesca.
-¿Entonces cómo podéis estar tan seguro de lo qué hay y de lo qué no?
-Porque de haber unas arañas como las que decís estoy seguro que los leñadores se habrían quejado, igual que los tramperos y algunos de los ganaderos. Como hacen con los lobos.
-Estoy seguro de que esas gentes son bastante supersticiosas, y normalmente la superstición lleva ligado un silencio. Si hay quejas al respecto serán silenciosas.
-¿Os lo dice vuestra experiencia como administrador de alguna villa?-ya no había risa en su tono ni en su cara.
-No, la experiencia a la hora de tratar con leyendas y criaturas de este tipo.-sabía que se estaba metiendo en un problema, pero no soportaba ese aspecto de los nobles, tan pronto encontraban algo jocoso como pasaban a un estado airado cuando se les hacía ver que no eran infalibles. En aquella ocasión se permitió el enfrentamiento porque su misión había sido econmendada por el propio rey.
-Creo que es hora de que os marchéis, tengo mucho que hacer esta mañana.
Ahí estaba, se dio cuenta Elbert, el orgullo herido. Se levantó, hizo una reverencia y salió por la puerta.
Desde su reunión por la mañana no había vuelto a ver al conde, y ya estaba bien entrada por la noche. Elbert se encogió de hombros y continuó metiendo cosas en su mochila de viaje. Antes de salir del palacio de Salmoralo pasó por las cocinas y robó algunos panes, quesos y pescados en salazón. Después de eso solo los guardias de la puerta lo vieron salir, pero no hicieron preguntas de a dónde iba.
Cuando llevaba más de dos horas avanzando por el bosque se detuvo, envolviéndose en una gruesa manta. Ahora no le parecía tan buena la idea de salir de aquella manera. Se preguntó porqué no había partido simplemente por la mañana.
Despertó rodeado por la niebla que encontró mucho más siniestra. No era lo mismo estar en lo que parecía ninguna parte completamente solo que acompañado. Perezosamente se levantó y comenzó a caminar, pero al rato se detuvo. No sabía en que dirección iba, así que no le quedó más remedio que esperar a que el gris se despejara y le permitiera ver al menos los árboles.
La bruma fue deshilachándose poco a poco hasta quedar reducida a unos pocos zarcillos blanquecinos que se resistían a marcharse por completo abrazándose a los troncos de los árboles. El ver un poco de cielo azul a través del espeso y frondoso ramaje animó el paso de Elbert.
Cuando quiso darse cuenta la noche estaba sobre él. La luz mortecina no tardó en convertirse en una honda oscuridad. Con la yesca y el pedernal intentaba prender fuego a un puñado de hojarasca seca, pero no lo conseguía. El frío húmedo de la noche del bosque comenzó a agarrotarle los dedos. Escuchó un ruido, una piedra moverse o una ramita partirse y se quedó inmóvil, mirando a las sombras donde creía haberlo oído; pero allí no veía nada, no era posible ver nada. El corazón se le aceleró y la yesca cayó de sus manos, sin apartar la vista de la oscuridad tanteó para buscarla. La encontró, aferrándola.
Unos minutos después el ruido no volvio a repetirse, por lo que respiró aliviado dentro de la manta. No había conseguido encender ni el más pequeño fuego.
No podía saber cuanto hacía que se durmiera cuando despertó sobresaltado. Estaba convencido de haber escuchado algo. Sacó su espada corta o un puñal largo, como la habrían llamado muchos, y eso le produjo cierta calma. Volvió a escucharlo. Ahora estaba seguro de que alguna cosa se movía a su alrededor. Aunque era imposible verla entre aquellas sombras.
Escuchó las garras contra el suelo, las piedras y la madera, seguido de un aullido que le heló la sangre. La mandíbula cargada de huesos se cerró con fuerza sobre la manta. De un tirón se la quitó. Elbert rodó por el suelo y se medio incorporó. La bestia pegó varias dentelladas más a la manta, destrozándola. Aprovechando ese momento salió corriendo, sin importarle si sus piernas golpeaban contra raíces o rocas.
El peso del animal cayó sobre su espalda y las afiladas uñas de las garras se le clavaron. Notó una oleada de dolor por todas partes. Se deslizó varios metros por el suelo, golpeó con un montón de rocas y sintó como caía en un agujero profundo. El impacto contra el suelo le sacó el aire de los pulmones y le hizo perder el conocimiento.
Cuando volvió en sí lo primero que observó fue algo de claridad varios metros por encima de su cabeza. No se atrevió a moverse hasta pasados unos minutos y, cuando lo intentó, todo su cuerpo se quejó en forma de un dolor intenso y penetrante, sobte todo en la mano derecha, la espalda donde la bestia le había herido y en el pie izquierdo. Intentó incorporarse, aunque fuera medio sentado. Se quedó así cerca de media hora. A un lado, en el suelo pudo ver su bolsa y casi todas sus cosas desperdigadas. Apoyándose sobre la pared de roca del agujero en el que estaba se levantó y cogió el pellejo de agua para beber un par de tragos. Había tenido suerte de que todo cayera con él.
Era la cuarta vez que intentaba trepar hasta la salida, por encima de él a unos tres metros, sin conseguirlo. Tenía cortes en casi todos los dedos. Con desesperación clavó la mirada en el hueco repleto de luz, casi a su alcance.
<<En circunstancias normales habría podido alcanzar la salida sin problemas, pero con el pie así y la mano...>> Torció el gesto mientras sentía que algo parecido al miedo empezaba a agitárse en su estómago.
-¡Eh! ¿Hay alguien?- Gritó con todas sus fuerzas. Gritó hasta que la luz se marchó y todo quedó de nuevo en sombras. Gritó.
De nuevo la pared de roca se iluminó arriba, como mostrándole una sonrisa falsa y burlona. Estaba helado, le dolía todo el cuerpo y sentía su garganta al rojo vivo, apenas era capaz de emitir el más pequeño susurro. Volvió a intentar trepar hasta la salida, pero sus músculos se negaron a trabajar. Miró sus cosas, menos desperdigadas, si bebía poco aguantaría dos o tres días. Decidió comer algo. Dio un mordisco al queso y otro al pan. Le costaba trabajo tragar por la irritación y porque tenía la boca seca, pero no podía beber más. Ojalá llueva. Estaba seguro de que si llovía, en algunos puntos de la roca a los que llegaba se acumularía agua. No pudo evitar preguntarse si Salmoralo enviaría en su busca. Posiblemente no lo hiciera tras su última conversación.
El medio día debía de haber pasado, aunque era difícil calcular el tiempo en aquel agujero, cuando escuchó algo fuera. Al principio fueron sólo los ladridos de un perro, muy lejos, pero luego se fueron acercándo y le seguían algunas voces de hombres. Comenzó a gritar ignorando el dolor que sentía en la garganta, también cogió un par de piedras golpeándolas contra la pared de roca para hacer todo el ruido posible.
Se detuvo un momento para escuchar y su corazón se encogió, no había ladridos ni voces. No pudo evitar preguntarse si no lo habrían oído. Cuando ya volvía a hacer presa en él la desesperanza, unas piedrecillas cayeron desde el borde del agujero, seguidas de la cara de un pequeño perro de hocico afilado y orejas cortas y puntiaguadas.
Comenzó de nuevo a gritar.
Cuando se asomaron un par de personas notó que su cuerpo pesaba mucho menos. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
-¿Qué haciáis en esta zona de Lubaen?-preguntó uno de sus rescatadores, un hombre de hombros anchos, barba espesa, ojos oscuros y un enorme hacha que llevaba a la espalda.-Es peligrosa.
-Estoy investigando en el bosque por orden directa del rey.
-¿Y os habéis aventurado solo? No estáis muy bien de la cabeza.
Elbert se mantuvo en silencio, tenía razón.
-A mi me intriga más saber qué es lo que hacía en ese agujero.-sonrió el otro con una pesada sierra en cada mano.
-Un lobo me atacó y al huir me precipité en él, creo que eso me salvó.
-¿Un lobo se acercó a vuestro fuego? Eso es raro.
Notó un rubor en las mejillas.
-No tenía fuego, no fui capaz de encenderlo.
-Entonces no me extraña que os atacara. ¡Por todos los dioses! ¿En qué estabáis pensando?
-Se ve que no pensaba demasiado bien.
Los tres rieron.
-Mi mujer os curará todas esas heridas.
El tobillo herido se le había hinchado bastante al día siguiente de que lo sacaran del agujero, por lo que estaba sentado en el cobertizo de la casa del leñador barbudo, viendo como trabajaban en la aldea. Bajó la vista un momento y se encontró con la mirada de un grupo de niños pequeños.
-Hola.-esbozó su mejor sonrisa al tiempo que se preguntó cuanto llevarían allí.
-¿Eres el que se perdió en el bosque?-preguntó una niña de cabellos rojos timidamente.
-¡Claro qué lo es!-vociferó un crío a su lado, bastante más alto que los otros con unos profundos ojos grises.
-¿Está loco?-se oyó la vocecilla de otro que no tendría más de cuatro o cinco años.
-No, es de la ciudad.-contestó el de ojos grises.
-Entonces no lo sabe, claro.
-¿Qué no sé?
Los niños se quedaron muy quietos, callados, como si acabaran de darse cuenta de que estaba allí.
-Que hay sitios del bosque donde uno no debe ir.-el más alto cruzó los brazos.
-Si vas a esos sitios te pierdes y no vuelves y tus papás se pondrán tristes.-se escuchó la vocecilla de la niña.
-¿Qué lugares son esos?
-A los que no van los leñadores.
-Mi papá dice que hay sitios donde no se deben talar los árboles, porque si cortas aunque sea una ramita el bosque te comerá.
-Eso es mentira.-el alto revolvió el cabello de la niña y salió corriendo, todos le siguieron.
Elbert se quedó mirándolos unos segundos mientras desaparecian de su vista tras una cabaña, pensativo.
-¿Os han molestado?
Se giró. La mujer del leñador estaba tras él.
-No, no, en absoluto, ha sido interesante.-sonrió.
-Lo que os han dicho no son sólo cosas de niños.-su rostro estaba serio.-Hay lugares en este bosque que es mejor no pisar.
-¿Podríais indicármelos en un mapa?
Le miró horrorizada.
-Estáis trastornado por los golpes.-se marchó.
El olor a mar, mezclado con pino y flores silvestres, le llegó antes de empezar a verlo. Ante ellos se extendió la visión de la ciudad de Bahía Luna. La luz le resultó demasiado brillante después de varios días en el bosque, entre los árboles.
Cuando entró en el patio de armas cojeando Salmoralo estaba frente a un grupo grande de soldados, ladrándole órdenes. Al verlo, todas las miradas se clavaron en él, tanto que fue como si le tocaran.
-Elbert, mi querido Elbert.-El conde se acercó a él, pero detuvo el impulso de abrazarlo en cuanto vio el estado lamentable de sus ropas y el olor que desprendía.- Cuanto me alivia ver que estáis bien. Vamos, vamos, tenéis que contarme lo que ha ocurrido.-giró la cabeza hacia los soldados.-Podéis retiraros.
martes, 15 de enero de 2013
La Canción del Bosque (4)
Capítulo 4, Primera Incursión.
El sol despertó radiante, como solía hacer en Bahía Luna, contagiando a Elbert de buen humor. Casabastros, uno de los criados que le proporcionó el rey, tenía todas las cosas preparadas y Olmar les esperaba.
No tardaron en dejar la ciudad atrás, que se estiraba a lo largo en la bahía, y verse engullidos por la marea verde que era el bosque de Lubaen. Olmar vestía las mismas ropas sencillas que el día anterior, sólo cambiaba que ahora se ceñía a la espalda un morral de piel bien grande, del que colgaba una gruesa manta, y una cantimplora en bandolera. Elbert viajaba algo más ligero aprovechando que dos de los hombres del rey, de los tres a su disposición, le acompañaban, no obstante él llevaba algunas provisiones y una buena capa. Si por algún motivo se separaban no quería verse desvalido por completo.
Lubaen era la imagen de la vida. Dónde se posara la vista había indicios de ella: en las hojas verdes, en una pequeña oruga que trepaba la corteza de un árbol, las flores, las fragancias a romero y espino inundando el aire; los trinos de los pájaros, el chirriar de los insectos, el ruido seco de los animales escondiéndose.
Un intenso aroma a resina y pino llegó al olfato de Elbert mucho antes de que Olmar los llevara hasta un pequeño grupo de cabañas, todas de madera. A un lado del campamento llacían montones de troncos a la espera de ser aserrados. La imagen de un montón de tocones resultó dolorosa.
-Éste es el campamento de los leñadores, ellos se encargan de proporcionar toda la madera que se necesita en Bahia Luna.-informó el guía, que saludaba en ese momento a un hombre de brazos musculosos y espaldas anchas.
-Hacía mucho tiempo.-bramó con una potente voz, acercándose.
-Demasiado.-sonrió Olmar.
-Me alegra que hayas encontrado una excusa para dejarte caer por aquí.-estrechó entre sus brazos al hombre que pareció inmensamente pequeño.-Soy Eruga, el capataz.-se presentó.
-Elbert.-hizo una pequeña inclinación de cabeza.-Ellos son Casabastros y Ticiaso.
-Bien, bien, ¿os quedaréis a comer?
-Me temo que no.-se adelantó Elbert temeroso de que Olmar pensara otra cosa.-Llevamos cierta prisa.
El hombretón rió con una risa atronadora.
-El bosque no se va a ir a ninguna parte, pero os veo determinado a seguir. Si a vuestro regreso tenéis más tiempo con gusto os invitaré a asado y cerveza, pero de la de verdad, no como ese caldo aguado que sirven en la ciudad a los marineros.
-Os lo agradezco.
Mientras atravesaban el campamento algunos hombres detenían sus tareas para saludar al guía y mirarlos con cierta curiosidad.
El bosque comenzaba a volverse cada vez más denso y opresivo, la luz ya no llenaba tan bien el espacio y la temperatura había descendido brúscamente. La humedad tierra y verde se podía respirar.
-¿Suele ser frecuente la niebla por aquí?-preguntó Elbert a Olmar que iba justo delante de él.
-En las mañanas sí, y también alguna tarde.
-Tiene que ser casi como la noche.
-Casi, no es recomendable avanzar cuando la niebla se adueña del bosque, corre uno el peligro de perderse.
-Lo tendré en cuenta.
El siguiente tramo del camino ascendía bruscamente y terminaba en lo que debía ser la cima de una colina.
-A partir de aquí será más difícil encontrar senderos.
-Es un buen lugar para hacer un alto y comer algo.
Olmar miró al cielo, asintiendo segundos después.
Comieron en silencio. Unos pocos bocados de queso y carne seca, acompañados de pan de nueces y agua.
El descenso, sin ni siquiera una pequeña vereda sinuosa que los guiara, resultó más complicado de lo que Elbert habría podido imaginar minutos antes. La raíces que sobresalían de la tierra resultaban trampas mortales, y siempre parecía haber algún matorral cargado de afiladas espinas que atravesaban los pantalones con excesiva facilidad. Más de una vez tuvieron que ayudarse entre ellos para desengancharse de una rama o un matojo. La conversación se fue volviendo poco a poco menos intensa hasta que terminó por desaparecer.
Cuando el camino se allanó de nuevo todos lo agradecieron. El paso se volvió poco a poco más rápido y la charla comenzó a fluir. Olmar los llevó hasta un pequeño claro con una amplia charca refrescante. Elbert aprovechó para meter los pies en el agua.
-¿Cuánto nos hemos adentrado en el bosque?-preguntó mientras tiraba una piedra al agua.
-Unos quince kilómetros.
-¿Nos falta mucho?
-A este paso, el resto del día y gran parte de mañana.
-¿Qué hora será?-sacó los pies del agua y se tumbó sobre la hierba.
-Es difícil saberlo, no se ve el sol.-Casabastros trepó sobre un montón de rocas para intentar ver mejor.
-Nos queda un poco más de una hora de luz,-Olmar había recogido una buena cantidad de leña.-pero en ese tiempo no encontraremos mejor lugar para pasar la noche.
Elbert se despertó sobresaltado. Su vista se fijó primero en la hoguera, apagada, aunque algunas volutas de humo se permitían ascender aún. Después miró a su alrededor. Sus compañeros dormían tranquilamente. Se tumbó boca arriba mirando al cielo estrellado. Algo había turbado su sueño, estaba seguro, pero qué, allí no había nadie más. Suspiró y cerró los ojos intentando volver a dormirse.
Olmar se levantó como un resorte en cuanto empezó a apreciarse la más mínima claridad. Elbert lo imitó pesádamente. Estaba agotado, no había conseguido volver a conciliar el sueño. Los dos criados que le proporcionó el rey también despertaron al oírlos moverse, tampoco parecía que hubieran pasado una buena noche. El guía se permitió una sonrisa, no era fácil dormir al raso cuando se estaba acostumbrado a camas mullidas y calientes.
Antes de los primeros rayos de sol ya caminaban tras Olmar. Lo seguían de cerca porque era la única forma de no perderse pues estaban rodeados de una niebla blanca y densa. El hombre, de vez en cuando se detenia y chasqueaba los dedos para que pudieran encontrarlo.
-Así no llegaremos nunca.-se quejó Casabastros.
-Un poco de paciencia.-pidió Elbert.
-Esto sólo durará unas horas.
Como había dicho el guía, la niebla fue levantándose lentamente hasta dejar solo las sombras del bosque. La zona en la que se encontraban ahora era en extremo tupida. Las ramas de los árboles de un verde intenso apenas dejaban pasar la luz, por lo que el suelo estaba húmedo y frío. Tenían que reconocer que aquella zona tenía un aire siniestro.
-A partir de aquí hemos de tener mucho cuidado, pronto empezaremos a ver montones de telas de araña. Ni se os ocurra tocarlas.
Asintieron.
Pasaron dos horas desde la advertencia y no se habían topado aún con ninguna tela de araña. Elbert se dio cuenta de que Olmar parecía algo confuso. La seguridad de sus pasos ya no era tan férrea y alzaba demasiado la cabeza, como buscando referencias que no encontraba.
-¿Está todo bien?
-No.-Tardó unos momentos en responder.- Deberían estar por aquí. Deberíamos haberlas visto hace mucho rato.
-¿Pude qué nos hayamos desviado un poco? No deciais qué eran nocturnas, lo mismo al anochecer.
-¡No! No, antes de que caiga la noche tenemos que irnos de aquí.-sus ojos brillaron con miedo.-No puede ser.
-Mi señor, ¿sabrá regresar?-se escuchó la voz de Casabastros.
-Esperemos que sí.
Aún permanecieron una hora más en el lugar, buscando, pero no encontraron nada.
El viaje de vuelta, infructuoso, irritó enormemente a Elbert. No hacía más que preguntarse si se había equivocado al escoger a aquel guía. Sabía que la tarea encomendada no iba a ser llegar y topar con la criatura, pero había estado tan convencido de ver las arañas gigantes que no se había planteado que pudieran no encontrarlas.
Retornar fue algo más rápido que la ida, así que pronto y al anochecer alcanzaron el campamento de leñadores donde, tal y como había prometido el amigo de Olmar, les ofrecieron un festín de venado asado. Pasaron la noche allí, en un cobertizo de herramientas que les pareció como la mejor habitación de la mejor posada tras tres noches al raso.
Cuando llegaron a la ciudad el conde Salmoralo se encontraba en el puerto, reunido con los capitanes y comerciantes y no se estimaba que llegara pronto. Elbert casi se alegró por no tener que informar inmediatamente al conde de su fracaso. Estaba seguro de que lo reportaría de inmediato al rey y los monarcas tendían a impacientarse demasiado cuando encontraban la primera piedra del camino y tropezaban. Se permitió un baño caliente para liberar su cuerpo de la suciedad y la tensión acumuladas.
El sol despertó radiante, como solía hacer en Bahía Luna, contagiando a Elbert de buen humor. Casabastros, uno de los criados que le proporcionó el rey, tenía todas las cosas preparadas y Olmar les esperaba.
No tardaron en dejar la ciudad atrás, que se estiraba a lo largo en la bahía, y verse engullidos por la marea verde que era el bosque de Lubaen. Olmar vestía las mismas ropas sencillas que el día anterior, sólo cambiaba que ahora se ceñía a la espalda un morral de piel bien grande, del que colgaba una gruesa manta, y una cantimplora en bandolera. Elbert viajaba algo más ligero aprovechando que dos de los hombres del rey, de los tres a su disposición, le acompañaban, no obstante él llevaba algunas provisiones y una buena capa. Si por algún motivo se separaban no quería verse desvalido por completo.
Lubaen era la imagen de la vida. Dónde se posara la vista había indicios de ella: en las hojas verdes, en una pequeña oruga que trepaba la corteza de un árbol, las flores, las fragancias a romero y espino inundando el aire; los trinos de los pájaros, el chirriar de los insectos, el ruido seco de los animales escondiéndose.
Un intenso aroma a resina y pino llegó al olfato de Elbert mucho antes de que Olmar los llevara hasta un pequeño grupo de cabañas, todas de madera. A un lado del campamento llacían montones de troncos a la espera de ser aserrados. La imagen de un montón de tocones resultó dolorosa.
-Éste es el campamento de los leñadores, ellos se encargan de proporcionar toda la madera que se necesita en Bahia Luna.-informó el guía, que saludaba en ese momento a un hombre de brazos musculosos y espaldas anchas.
-Hacía mucho tiempo.-bramó con una potente voz, acercándose.
-Demasiado.-sonrió Olmar.
-Me alegra que hayas encontrado una excusa para dejarte caer por aquí.-estrechó entre sus brazos al hombre que pareció inmensamente pequeño.-Soy Eruga, el capataz.-se presentó.
-Elbert.-hizo una pequeña inclinación de cabeza.-Ellos son Casabastros y Ticiaso.
-Bien, bien, ¿os quedaréis a comer?
-Me temo que no.-se adelantó Elbert temeroso de que Olmar pensara otra cosa.-Llevamos cierta prisa.
El hombretón rió con una risa atronadora.
-El bosque no se va a ir a ninguna parte, pero os veo determinado a seguir. Si a vuestro regreso tenéis más tiempo con gusto os invitaré a asado y cerveza, pero de la de verdad, no como ese caldo aguado que sirven en la ciudad a los marineros.
-Os lo agradezco.
Mientras atravesaban el campamento algunos hombres detenían sus tareas para saludar al guía y mirarlos con cierta curiosidad.
El bosque comenzaba a volverse cada vez más denso y opresivo, la luz ya no llenaba tan bien el espacio y la temperatura había descendido brúscamente. La humedad tierra y verde se podía respirar.
-¿Suele ser frecuente la niebla por aquí?-preguntó Elbert a Olmar que iba justo delante de él.
-En las mañanas sí, y también alguna tarde.
-Tiene que ser casi como la noche.
-Casi, no es recomendable avanzar cuando la niebla se adueña del bosque, corre uno el peligro de perderse.
-Lo tendré en cuenta.
El siguiente tramo del camino ascendía bruscamente y terminaba en lo que debía ser la cima de una colina.
-A partir de aquí será más difícil encontrar senderos.
-Es un buen lugar para hacer un alto y comer algo.
Olmar miró al cielo, asintiendo segundos después.
Comieron en silencio. Unos pocos bocados de queso y carne seca, acompañados de pan de nueces y agua.
El descenso, sin ni siquiera una pequeña vereda sinuosa que los guiara, resultó más complicado de lo que Elbert habría podido imaginar minutos antes. La raíces que sobresalían de la tierra resultaban trampas mortales, y siempre parecía haber algún matorral cargado de afiladas espinas que atravesaban los pantalones con excesiva facilidad. Más de una vez tuvieron que ayudarse entre ellos para desengancharse de una rama o un matojo. La conversación se fue volviendo poco a poco menos intensa hasta que terminó por desaparecer.
Cuando el camino se allanó de nuevo todos lo agradecieron. El paso se volvió poco a poco más rápido y la charla comenzó a fluir. Olmar los llevó hasta un pequeño claro con una amplia charca refrescante. Elbert aprovechó para meter los pies en el agua.
-¿Cuánto nos hemos adentrado en el bosque?-preguntó mientras tiraba una piedra al agua.
-Unos quince kilómetros.
-¿Nos falta mucho?
-A este paso, el resto del día y gran parte de mañana.
-¿Qué hora será?-sacó los pies del agua y se tumbó sobre la hierba.
-Es difícil saberlo, no se ve el sol.-Casabastros trepó sobre un montón de rocas para intentar ver mejor.
-Nos queda un poco más de una hora de luz,-Olmar había recogido una buena cantidad de leña.-pero en ese tiempo no encontraremos mejor lugar para pasar la noche.
Elbert se despertó sobresaltado. Su vista se fijó primero en la hoguera, apagada, aunque algunas volutas de humo se permitían ascender aún. Después miró a su alrededor. Sus compañeros dormían tranquilamente. Se tumbó boca arriba mirando al cielo estrellado. Algo había turbado su sueño, estaba seguro, pero qué, allí no había nadie más. Suspiró y cerró los ojos intentando volver a dormirse.
Olmar se levantó como un resorte en cuanto empezó a apreciarse la más mínima claridad. Elbert lo imitó pesádamente. Estaba agotado, no había conseguido volver a conciliar el sueño. Los dos criados que le proporcionó el rey también despertaron al oírlos moverse, tampoco parecía que hubieran pasado una buena noche. El guía se permitió una sonrisa, no era fácil dormir al raso cuando se estaba acostumbrado a camas mullidas y calientes.
Antes de los primeros rayos de sol ya caminaban tras Olmar. Lo seguían de cerca porque era la única forma de no perderse pues estaban rodeados de una niebla blanca y densa. El hombre, de vez en cuando se detenia y chasqueaba los dedos para que pudieran encontrarlo.
-Así no llegaremos nunca.-se quejó Casabastros.
-Un poco de paciencia.-pidió Elbert.
-Esto sólo durará unas horas.
Como había dicho el guía, la niebla fue levantándose lentamente hasta dejar solo las sombras del bosque. La zona en la que se encontraban ahora era en extremo tupida. Las ramas de los árboles de un verde intenso apenas dejaban pasar la luz, por lo que el suelo estaba húmedo y frío. Tenían que reconocer que aquella zona tenía un aire siniestro.
-A partir de aquí hemos de tener mucho cuidado, pronto empezaremos a ver montones de telas de araña. Ni se os ocurra tocarlas.
Asintieron.
Pasaron dos horas desde la advertencia y no se habían topado aún con ninguna tela de araña. Elbert se dio cuenta de que Olmar parecía algo confuso. La seguridad de sus pasos ya no era tan férrea y alzaba demasiado la cabeza, como buscando referencias que no encontraba.
-¿Está todo bien?
-No.-Tardó unos momentos en responder.- Deberían estar por aquí. Deberíamos haberlas visto hace mucho rato.
-¿Pude qué nos hayamos desviado un poco? No deciais qué eran nocturnas, lo mismo al anochecer.
-¡No! No, antes de que caiga la noche tenemos que irnos de aquí.-sus ojos brillaron con miedo.-No puede ser.
-Mi señor, ¿sabrá regresar?-se escuchó la voz de Casabastros.
-Esperemos que sí.
Aún permanecieron una hora más en el lugar, buscando, pero no encontraron nada.
El viaje de vuelta, infructuoso, irritó enormemente a Elbert. No hacía más que preguntarse si se había equivocado al escoger a aquel guía. Sabía que la tarea encomendada no iba a ser llegar y topar con la criatura, pero había estado tan convencido de ver las arañas gigantes que no se había planteado que pudieran no encontrarlas.
Retornar fue algo más rápido que la ida, así que pronto y al anochecer alcanzaron el campamento de leñadores donde, tal y como había prometido el amigo de Olmar, les ofrecieron un festín de venado asado. Pasaron la noche allí, en un cobertizo de herramientas que les pareció como la mejor habitación de la mejor posada tras tres noches al raso.
Cuando llegaron a la ciudad el conde Salmoralo se encontraba en el puerto, reunido con los capitanes y comerciantes y no se estimaba que llegara pronto. Elbert casi se alegró por no tener que informar inmediatamente al conde de su fracaso. Estaba seguro de que lo reportaría de inmediato al rey y los monarcas tendían a impacientarse demasiado cuando encontraban la primera piedra del camino y tropezaban. Se permitió un baño caliente para liberar su cuerpo de la suciedad y la tensión acumuladas.
lunes, 14 de enero de 2013
La Canción del Bosque (3)
Capítulo 3, Buscando un Guía.
Despertó con dolor de cabeza. No había bebido demasiado pero el vino del conde Salmoralo era demasiado fuerte. Elbert se levantó tembloroso, casi arrastrándose. Despacio comenzó a vestirse mientras intentaba que el mundo se asentara. Pidió a uno de los criados que le trajeran algo de comer y una jarra de agua bien grande.
Elbert bostezó ocultandolo tras el enorme mapa del bosque de Lubaen que sujetaba entre sus manos. Salmoralo le había preparado a partir del medio día un encuentro con varios hombres que decían conocer el bosque y todos sus secretos, para que pudiera escoger el guía más adecuado, así que estaba haciendo todo lo posible por conocer el lugar y así tener una mínima oportunidad de localizar a los peores mentirosos.
El sol llegó a su posición más alta en el cielo demasiado pronto. Un criado tocó en la puerta para dejar pasar al primero de todos los guías llamados por Salmoralo. Elbert le dedicó una mirada de soslayo. El hombre vestía terciopelo de color blanco con bordados dorados, sus botas eran de piel suave y claras, la barba la llevaba pulcramente afeitada y su cabeza portaba un sombrero del mismo color que las botas cargado de un arcoiris de plumas. Su piel tenía un leve color canela y parecía demasiado lisa y tersa.
-¿Cuál es vuestro nombre?
-Beret,-una sonrisa, mostrando unos dientes blancos y perfectos, acompañó sus palabras.-a vuestro servicio.
-Bien, Beret, yo soy Elbert, ¿el conde Salmoralo os ha informado lo que preciso de vos?
-Desde luego, un guía para Lubaen.
-Exactamente, un guía que conozca el bosque como su propia cara.
-Ese soy yo.
-¿De dónde soís?
-De Bitian.
-¡Ah! La tierra de las bayas.- El joven sonrió como si acabara de escuchar una tontería.-Ya podéis marcharos.
-¿No váis a preguntarme nada más?
-No, os haré llamar si os necesito.
-Bien, gracias.-el hombre dió algunos pasos hacia atrás, confundido. Se giró hacia la puerta y, cuando accionó el picaporte aún se mostraba confuso.
-La próxima vez que alguien os pregunte de donde soís responded la verdad.
-Pero si...
-No volváis a mentirme, no conozco a nadie de Bitian cuyo rostro no se incendie cuando escucha que llama a su villa "La tierra de las bayas". Además, lleváis en Bahíaluna menos de un mes.
Cerró la puerta con un portazo.
Y es sólo el primero. Suspiró. Espero que no sean muchos más.
La puerta se abrió de nuevo y esta vez entró un hombre que vestía con frescos ropajes de lino crudas. El rostro lo tenía arrugado y moreno. En sus manos giraba, nervioso, un sombrero de paja. Tendría unos cuarenta años.
-¿Cuál es vuestro nombre?-preguntó Elbert al ver que permanecía callado.
-Olmar, señor.-clavó la vista en el suelo.
-¿Cuánto hace que vivís en bahía Luna?
-Quince años, soy de Caboespada.
-Estáis lejos de casa.
-He viajado bastante.
-Eso es bueno.
-Sabéis montar a caballo.
-Sí,-la duda se agarró a su voz.- pero en Lubaen un caballo no será de demasiada utilidad. No para algunos lugares. Y no es bueno dejar los caballos sin nadie que los vigile.
-¿Por qué no?-un atisbo de interés brilló en los ojos de Elbert.
-Porque se van.-bajó mucho la voz y se acercó unos pasos más.
-Bueno, si los atamos no sería un problema.
-Eso es como una trampa para los pobres animales.
-¿Qué es lo que pasa?-La vista del hombre seguía clavada en el suelo y ya no movía el sombrero, sino que lo estaba haciendo un guiñapo entre sus dedos, arrugándolo.-Podéis decirme porqué, no os tomaré por loco.
Aún así no pareció que fuera a responder nada, cuando Elbert casi se iba a dar por vencido.
-Las arañas.-levantó la cabeza y en sus ojos había miedo.
-¿Las arañas?
-Sí, las arañas.
-No sé que podrían hacerle a un caballo.
-No esas, sino las de Lubaen, las hay tan grandes como una cabeza y su veneno es mortal.
-¿Me estáis diciendo que hay arañas gigantes?
Olmar cerró la boca y volvió a mirar al suelo.
-No, os creo, os creo.
-¿Podéis llevarme dónde están las arañas?
-No.-detuvos sus manos y dejó que el sombrero recuperara su forma.- Sí, pero no es un lugar al que quiera ir.
-Me temo que sí, quiero ir.
-Hay que ir de día, cuando duermen, por la noche sería demasiado peligroso.
-Está bien.-si estaban dormidas posiblemente no las viera, y lo que quería era verlas, pero tampoco podía presionar tanto al hombre, primero tendría que ganarse su confianza.-Esperad aquí un momento.
Elbert salió de la sala un momento y al poco volvió con unos cuantos papeles.
-Necesito que firméis estos documentos.
De nuevo la vista al suelo, pero en esa ocasión el rostro se volvió rojo como una manzana madura.
-No sé escribir, ni leer.-reconoció.
-Entonces yo os lo leeré y si os parece bien, pondréis vustra marca.
Olmar asintió, avergonzado.
Despertó con dolor de cabeza. No había bebido demasiado pero el vino del conde Salmoralo era demasiado fuerte. Elbert se levantó tembloroso, casi arrastrándose. Despacio comenzó a vestirse mientras intentaba que el mundo se asentara. Pidió a uno de los criados que le trajeran algo de comer y una jarra de agua bien grande.
Elbert bostezó ocultandolo tras el enorme mapa del bosque de Lubaen que sujetaba entre sus manos. Salmoralo le había preparado a partir del medio día un encuentro con varios hombres que decían conocer el bosque y todos sus secretos, para que pudiera escoger el guía más adecuado, así que estaba haciendo todo lo posible por conocer el lugar y así tener una mínima oportunidad de localizar a los peores mentirosos.
El sol llegó a su posición más alta en el cielo demasiado pronto. Un criado tocó en la puerta para dejar pasar al primero de todos los guías llamados por Salmoralo. Elbert le dedicó una mirada de soslayo. El hombre vestía terciopelo de color blanco con bordados dorados, sus botas eran de piel suave y claras, la barba la llevaba pulcramente afeitada y su cabeza portaba un sombrero del mismo color que las botas cargado de un arcoiris de plumas. Su piel tenía un leve color canela y parecía demasiado lisa y tersa.
-¿Cuál es vuestro nombre?
-Beret,-una sonrisa, mostrando unos dientes blancos y perfectos, acompañó sus palabras.-a vuestro servicio.
-Bien, Beret, yo soy Elbert, ¿el conde Salmoralo os ha informado lo que preciso de vos?
-Desde luego, un guía para Lubaen.
-Exactamente, un guía que conozca el bosque como su propia cara.
-Ese soy yo.
-¿De dónde soís?
-De Bitian.
-¡Ah! La tierra de las bayas.- El joven sonrió como si acabara de escuchar una tontería.-Ya podéis marcharos.
-¿No váis a preguntarme nada más?
-No, os haré llamar si os necesito.
-Bien, gracias.-el hombre dió algunos pasos hacia atrás, confundido. Se giró hacia la puerta y, cuando accionó el picaporte aún se mostraba confuso.
-La próxima vez que alguien os pregunte de donde soís responded la verdad.
-Pero si...
-No volváis a mentirme, no conozco a nadie de Bitian cuyo rostro no se incendie cuando escucha que llama a su villa "La tierra de las bayas". Además, lleváis en Bahíaluna menos de un mes.
Cerró la puerta con un portazo.
Y es sólo el primero. Suspiró. Espero que no sean muchos más.
La puerta se abrió de nuevo y esta vez entró un hombre que vestía con frescos ropajes de lino crudas. El rostro lo tenía arrugado y moreno. En sus manos giraba, nervioso, un sombrero de paja. Tendría unos cuarenta años.
-¿Cuál es vuestro nombre?-preguntó Elbert al ver que permanecía callado.
-Olmar, señor.-clavó la vista en el suelo.
-¿Cuánto hace que vivís en bahía Luna?
-Quince años, soy de Caboespada.
-Estáis lejos de casa.
-He viajado bastante.
-Eso es bueno.
-Sabéis montar a caballo.
-Sí,-la duda se agarró a su voz.- pero en Lubaen un caballo no será de demasiada utilidad. No para algunos lugares. Y no es bueno dejar los caballos sin nadie que los vigile.
-¿Por qué no?-un atisbo de interés brilló en los ojos de Elbert.
-Porque se van.-bajó mucho la voz y se acercó unos pasos más.
-Bueno, si los atamos no sería un problema.
-Eso es como una trampa para los pobres animales.
-¿Qué es lo que pasa?-La vista del hombre seguía clavada en el suelo y ya no movía el sombrero, sino que lo estaba haciendo un guiñapo entre sus dedos, arrugándolo.-Podéis decirme porqué, no os tomaré por loco.
Aún así no pareció que fuera a responder nada, cuando Elbert casi se iba a dar por vencido.
-Las arañas.-levantó la cabeza y en sus ojos había miedo.
-¿Las arañas?
-Sí, las arañas.
-No sé que podrían hacerle a un caballo.
-No esas, sino las de Lubaen, las hay tan grandes como una cabeza y su veneno es mortal.
-¿Me estáis diciendo que hay arañas gigantes?
Olmar cerró la boca y volvió a mirar al suelo.
-No, os creo, os creo.
-¿Podéis llevarme dónde están las arañas?
-No.-detuvos sus manos y dejó que el sombrero recuperara su forma.- Sí, pero no es un lugar al que quiera ir.
-Me temo que sí, quiero ir.
-Hay que ir de día, cuando duermen, por la noche sería demasiado peligroso.
-Está bien.-si estaban dormidas posiblemente no las viera, y lo que quería era verlas, pero tampoco podía presionar tanto al hombre, primero tendría que ganarse su confianza.-Esperad aquí un momento.
Elbert salió de la sala un momento y al poco volvió con unos cuantos papeles.
-Necesito que firméis estos documentos.
De nuevo la vista al suelo, pero en esa ocasión el rostro se volvió rojo como una manzana madura.
-No sé escribir, ni leer.-reconoció.
-Entonces yo os lo leeré y si os parece bien, pondréis vustra marca.
Olmar asintió, avergonzado.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
La Canción del Bosque (2)
Capítulo 2, Salmoralo
La carreta crujía cada vez que las ruedas pasaban por un adoquín mal colocado o un pequeño bache, dando la impresión de que fuera a desmontarse allí mismo.
En su equipaje Elbert llevaba una carta del rey con la que podría conseguir ayuda en caso de necesitarlo, o eso se suponía; y otra de su tesorero, Loturo, un hombre de aspecto enfermizo y mal encarado, que debía presentar al conde regente de Bahialuna para que le proporcionara cuantos fondos fuesen precisos. Suspiró resignado. No era la primera vez que trataba con la nobleza y siempre ocurría lo mismo, daba igual que el título fuera rey, conde o barón, todos querían siempre llevar a cabo proyectos, caros, sin soltar oro alguno.
La visión de la enorme extensión de playa que era Bahíaluna en la distancia, perdiéndose a lo lejos, hizo que se detuvieran. Era algo que merecía la pena saborear. La arena entre blanca y rojiza, el mar cristalino, entre azul y verde, acariciando la costa con unos dedos suaves e intensos, como los de un amante entregado. Las nubes de algodón sobre el cielo, viajando rápido a ninguna parte. Podían incluso sentir el olor del agua y la sal, en la piel y en la boca. Las casas blancas y el puerto se integraban perfectamente en la escena, como la uña con el dedo.
-Es preciosa.-dijo en voz baja, cautivado, Elbert.
-¿No la habiáis visto nunca?.-el cochero de la carreta sonrió, apacible.
-No desde aquí, siempre he ido en barco.
-Una imagen también hermosa, pero no como esta. No como esta.
-Para nada.
-Creo que deberíamos continuar, el rey no admitirá retrasos.
Casabastro, uno de los hombres que Peltos había puesto al servicio de Elbert, rompió la magia del momento. El carretero chasqueó suavemente el látigo y los caballos se pusieron, mansamente, en marcha.
El palacio del conde de Bahíaluna era una mezcla entre, las nuevas tendencias de ventanales amplios y paredes rectas y, las antiguas tradiciones de muros gruesos de piedra, con pequeños ventanucos. Posiblemente el resultado de múltiples reconstrucciones época tras época.
Varios heraldos, con vistosos trajes de colores, salieron a su encuentro para darles la bienvenida antes de alcanzar la puerta en los muros.
La estancia donde lo condujeron era amplia, libre de columnas y la pared frente a la entrada era casi por completo un enorme ventanal con vistas a la playa, al puerto y al mar. En ella esperaba un hombre de piel endurecida por la sal y bronceada por el sol, cabello negro y espeso, recogido en una cola que le llegaba hasta el final de la espalda. Con los ojos del color de la mañana, pero con un brillo de peligro tras ellos. Sus ropas eran de un azul profundo e intenso, salpicadas de detalles en plata que recordaban las olas de un día de marejada salpicada de peces con miradas esmeraldas y granates.
-¡Oh, mi querido Elbert!-la sonrisa amplia y cálida lo tomó por sorpresa.-Soy el conde Salmoralo. ¡Bienvenido a Bahíaluna! Nuestro querido rey envió varias palomas avisando de que vendriáis.
-Gracias por este recibimiento, conde.-hizo una reverencia acusada. No le había pasado inadvertido que un banquete, en su honor, estaba siendo preparado mientras hablaban.
-Sólo Salmoralo, el título de conde es, a veces, demasiado pesado y, en esta ocasión no hay causa para tener que llevarlo. Y yo puedo llamaros Elbert, ¿verdad?
-Desde luego, conde... Salmoralo.-sonrió torpemente.-Tengo una carta para vos del administrador Loturo.
Sacó el sobre de papel, un tanto humedecido. El conde lo cogió y lo dejó en una mesa sin abrirlo.
-Seguro que adivino lo que dice, he de proporcionaros todos los medios que preciséis para vuestra investigación. Y todos sabemos que eso siempre se reduce a dinero. Lo único que pone en las cartas de Loturo es: ¡"Entregad vuestro oro"!. Es como un bandido que, en vez de apuntar con una ballesta, lo hace con el sello real.
Si no hubiera sido por la seriedad con la que el conde hablaba, Elbert habría esbozado una sonrisa.
-Pero no dejaremos que eso nos quite el buen humor, siempre es motivo de celebración que un agente de su majestad venga a hacer asuntos a la humilde ciudad de Bahíaluna, la más bonitas de todas las de Ririan.
-Desconozco si el rey Peltos opinará lo mismo, pero yo tengo que reconocer que la belleza de este lugar es diferente a todas las que he tenido el placer de vislumbrar.
Salmoralo pareció satisfecho con la respuesta.
-¡Vamos! Un banquete aguarda.-sonrió.-Espero que os guste el pescado.
-Por supuesto.
-Bien, seguidme entonces.
La carreta crujía cada vez que las ruedas pasaban por un adoquín mal colocado o un pequeño bache, dando la impresión de que fuera a desmontarse allí mismo.
En su equipaje Elbert llevaba una carta del rey con la que podría conseguir ayuda en caso de necesitarlo, o eso se suponía; y otra de su tesorero, Loturo, un hombre de aspecto enfermizo y mal encarado, que debía presentar al conde regente de Bahialuna para que le proporcionara cuantos fondos fuesen precisos. Suspiró resignado. No era la primera vez que trataba con la nobleza y siempre ocurría lo mismo, daba igual que el título fuera rey, conde o barón, todos querían siempre llevar a cabo proyectos, caros, sin soltar oro alguno.
La visión de la enorme extensión de playa que era Bahíaluna en la distancia, perdiéndose a lo lejos, hizo que se detuvieran. Era algo que merecía la pena saborear. La arena entre blanca y rojiza, el mar cristalino, entre azul y verde, acariciando la costa con unos dedos suaves e intensos, como los de un amante entregado. Las nubes de algodón sobre el cielo, viajando rápido a ninguna parte. Podían incluso sentir el olor del agua y la sal, en la piel y en la boca. Las casas blancas y el puerto se integraban perfectamente en la escena, como la uña con el dedo.
-Es preciosa.-dijo en voz baja, cautivado, Elbert.
-¿No la habiáis visto nunca?.-el cochero de la carreta sonrió, apacible.
-No desde aquí, siempre he ido en barco.
-Una imagen también hermosa, pero no como esta. No como esta.
-Para nada.
-Creo que deberíamos continuar, el rey no admitirá retrasos.
Casabastro, uno de los hombres que Peltos había puesto al servicio de Elbert, rompió la magia del momento. El carretero chasqueó suavemente el látigo y los caballos se pusieron, mansamente, en marcha.
El palacio del conde de Bahíaluna era una mezcla entre, las nuevas tendencias de ventanales amplios y paredes rectas y, las antiguas tradiciones de muros gruesos de piedra, con pequeños ventanucos. Posiblemente el resultado de múltiples reconstrucciones época tras época.
Varios heraldos, con vistosos trajes de colores, salieron a su encuentro para darles la bienvenida antes de alcanzar la puerta en los muros.
La estancia donde lo condujeron era amplia, libre de columnas y la pared frente a la entrada era casi por completo un enorme ventanal con vistas a la playa, al puerto y al mar. En ella esperaba un hombre de piel endurecida por la sal y bronceada por el sol, cabello negro y espeso, recogido en una cola que le llegaba hasta el final de la espalda. Con los ojos del color de la mañana, pero con un brillo de peligro tras ellos. Sus ropas eran de un azul profundo e intenso, salpicadas de detalles en plata que recordaban las olas de un día de marejada salpicada de peces con miradas esmeraldas y granates.
-¡Oh, mi querido Elbert!-la sonrisa amplia y cálida lo tomó por sorpresa.-Soy el conde Salmoralo. ¡Bienvenido a Bahíaluna! Nuestro querido rey envió varias palomas avisando de que vendriáis.
-Gracias por este recibimiento, conde.-hizo una reverencia acusada. No le había pasado inadvertido que un banquete, en su honor, estaba siendo preparado mientras hablaban.
-Sólo Salmoralo, el título de conde es, a veces, demasiado pesado y, en esta ocasión no hay causa para tener que llevarlo. Y yo puedo llamaros Elbert, ¿verdad?
-Desde luego, conde... Salmoralo.-sonrió torpemente.-Tengo una carta para vos del administrador Loturo.
Sacó el sobre de papel, un tanto humedecido. El conde lo cogió y lo dejó en una mesa sin abrirlo.
-Seguro que adivino lo que dice, he de proporcionaros todos los medios que preciséis para vuestra investigación. Y todos sabemos que eso siempre se reduce a dinero. Lo único que pone en las cartas de Loturo es: ¡"Entregad vuestro oro"!. Es como un bandido que, en vez de apuntar con una ballesta, lo hace con el sello real.
Si no hubiera sido por la seriedad con la que el conde hablaba, Elbert habría esbozado una sonrisa.
-Pero no dejaremos que eso nos quite el buen humor, siempre es motivo de celebración que un agente de su majestad venga a hacer asuntos a la humilde ciudad de Bahíaluna, la más bonitas de todas las de Ririan.
-Desconozco si el rey Peltos opinará lo mismo, pero yo tengo que reconocer que la belleza de este lugar es diferente a todas las que he tenido el placer de vislumbrar.
Salmoralo pareció satisfecho con la respuesta.
-¡Vamos! Un banquete aguarda.-sonrió.-Espero que os guste el pescado.
-Por supuesto.
-Bien, seguidme entonces.
lunes, 10 de diciembre de 2012
La Canción del Bosque (1)
Capítulo 1. El Mandato del Rey.
El palacio del monarca de Ririan era uno de los más grandes y opulentos de todo el imperio de Tursan. La corte del rey Peltos Rocaoro destilaba riqueza y elegancia por todas partes, por eso Elbert, humilde erudito, se sentía abrumado. Sus ojos se posaban en cada tapiz, rematado siempre en oro, que colgaba en un pasillo. Las armaduras que adornaban los huecos siempre presentaban joyas engarzadas, en el peto, en los guantes o en las doradas empuñaduras de las armas que sostenían los guerreros vacíos. Hasta los ropajes de los criados eran de seda, rematados en plata. En esos momentos, Elbert estaba completamente absorto en los dibujos del faldón del hombre que lo guiaba.
Se detuvieron ante una enorme puerta, custodiada por dos enormes guardias. El criado la abrió y le cedió el paso.
-Su majestad os espera dentro.
Asintió nerviso antes de cruzar el umbral.
En su cara se pintó de asombro. Los techos abovedados eran increíblemente altos y, cada uno, presentaba una pintura de increible realismo. Los capiteles de las columnas refulgían con dorado. Y, frente a él, una ventana toda de cristal se abría, dando paso a un balcón gigantesco. No podía creer que estuviera en los aposentos personales del rey.
-Venid, pasad.-llamó desde el exterior.
Peltos Rocaoro se quedó parado, mirándolo con curiosidad y esbozó una mueca de disgusto.
-No os imaginaba tan joven.-suspiró.-Levantáos y tomad asiento.
Obedeció de inmediato cesando en su reverencia y se sentó. Se mantuvo callado, no había estado mucho en la corte pero sí lo suficiente como para saber que no debía hablar a menos que se le preguntar algo directamente o, se le diera permiso.
-Según he oído os jactáis de conocer casi todas las leyendas del reino y más allá.-Elbert asintió tímidamente.-Incluso, que habéis ido en busca de alguno de estos mitos y cuentos.
Volvió a mover la cabeza arriba y abajo, por la voz del rey le resultaba evidente su desaprobación.
-Aunque me parezca una locura, necesito que salgáis en busca de una de estas fábulas para mi.-tocó una campanilla y aparecieron, casi al instante, varios criados.-¿Queréis algo de beber?
-Un té estaría bien.-balbuceó.
-Vamos, rápido, traedlo y también una manzanilla. Y no olvidéis las galletitas, vamos, vamos.-se giró y quedó dándole la espalda, mirando toda la ciudad de Edirian que se desparramaba ante ellos, visible desde el balcón.-¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Muchas historias hay sobre el dragón del bosque de Lubaen, ¿conoceréis alguna verdad?
-Sí, majestad, alguna.-no sabía si permanecer sentado o levantarse.
-Eso está bien porque quiero que localicéis la guarida de la criatura.
-¿Del dragón?
-Así es, ¿no podéis hacerlo?
Dudó unos instantes. Sabía de muchos que habían intentado averigüar si existía o no el dragón de cuentos y leyendas sobre Lubaen sin éxito y que, la mayoría, habían regresado locos o algo peor, si es que lo hacían.
-No sabré si puedo hacerlo o no hasta que investigue un poco.-Peltos se giró para tenerlo de cara y, torció el gesto entre disgustado y aburrido.-No siempre existe la criatura o puede ser encontrada.-Se arrepintió de esas palabras, pero tenía que decirlas.
-Con esa falta de fe no me extraña que no encontréis todo lo que buscáis, pero,-se encogió de hombros.-me han dicho que soís el mejor, así que el trabajo es vuestro y estoy seguro de que no me decepcionaréis.
Elbert se preguntó por un momento en qué se estaba metiendo, él no había pedido nada y tenía muchas cosas que hacer, pero, sabía que a un rey no se le podía decir que no. Tragó saliva.
-Seber, el administrador, se encargará de proporcionar todo lo que podáis necesitar.
El silencio se hizo muy espeso. Elbert se levantó y empezó a salir de allí, notando que el rey había dado por terminada aquella reunión.
-Una cosa más, tenéis tres meses.
Hizo una reverencia antes de abandonar los aposentos del rey, con la cabeza llena de preguntas y, también, con una creciente preocupación en su estómago.
El palacio del monarca de Ririan era uno de los más grandes y opulentos de todo el imperio de Tursan. La corte del rey Peltos Rocaoro destilaba riqueza y elegancia por todas partes, por eso Elbert, humilde erudito, se sentía abrumado. Sus ojos se posaban en cada tapiz, rematado siempre en oro, que colgaba en un pasillo. Las armaduras que adornaban los huecos siempre presentaban joyas engarzadas, en el peto, en los guantes o en las doradas empuñaduras de las armas que sostenían los guerreros vacíos. Hasta los ropajes de los criados eran de seda, rematados en plata. En esos momentos, Elbert estaba completamente absorto en los dibujos del faldón del hombre que lo guiaba.
Se detuvieron ante una enorme puerta, custodiada por dos enormes guardias. El criado la abrió y le cedió el paso.
-Su majestad os espera dentro.
Asintió nerviso antes de cruzar el umbral.
En su cara se pintó de asombro. Los techos abovedados eran increíblemente altos y, cada uno, presentaba una pintura de increible realismo. Los capiteles de las columnas refulgían con dorado. Y, frente a él, una ventana toda de cristal se abría, dando paso a un balcón gigantesco. No podía creer que estuviera en los aposentos personales del rey.
-Venid, pasad.-llamó desde el exterior.
Peltos Rocaoro se quedó parado, mirándolo con curiosidad y esbozó una mueca de disgusto.
-No os imaginaba tan joven.-suspiró.-Levantáos y tomad asiento.
Obedeció de inmediato cesando en su reverencia y se sentó. Se mantuvo callado, no había estado mucho en la corte pero sí lo suficiente como para saber que no debía hablar a menos que se le preguntar algo directamente o, se le diera permiso.
-Según he oído os jactáis de conocer casi todas las leyendas del reino y más allá.-Elbert asintió tímidamente.-Incluso, que habéis ido en busca de alguno de estos mitos y cuentos.
Volvió a mover la cabeza arriba y abajo, por la voz del rey le resultaba evidente su desaprobación.
-Aunque me parezca una locura, necesito que salgáis en busca de una de estas fábulas para mi.-tocó una campanilla y aparecieron, casi al instante, varios criados.-¿Queréis algo de beber?
-Un té estaría bien.-balbuceó.
-Vamos, rápido, traedlo y también una manzanilla. Y no olvidéis las galletitas, vamos, vamos.-se giró y quedó dándole la espalda, mirando toda la ciudad de Edirian que se desparramaba ante ellos, visible desde el balcón.-¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Muchas historias hay sobre el dragón del bosque de Lubaen, ¿conoceréis alguna verdad?
-Sí, majestad, alguna.-no sabía si permanecer sentado o levantarse.
-Eso está bien porque quiero que localicéis la guarida de la criatura.
-¿Del dragón?
-Así es, ¿no podéis hacerlo?
Dudó unos instantes. Sabía de muchos que habían intentado averigüar si existía o no el dragón de cuentos y leyendas sobre Lubaen sin éxito y que, la mayoría, habían regresado locos o algo peor, si es que lo hacían.
-No sabré si puedo hacerlo o no hasta que investigue un poco.-Peltos se giró para tenerlo de cara y, torció el gesto entre disgustado y aburrido.-No siempre existe la criatura o puede ser encontrada.-Se arrepintió de esas palabras, pero tenía que decirlas.
-Con esa falta de fe no me extraña que no encontréis todo lo que buscáis, pero,-se encogió de hombros.-me han dicho que soís el mejor, así que el trabajo es vuestro y estoy seguro de que no me decepcionaréis.
Elbert se preguntó por un momento en qué se estaba metiendo, él no había pedido nada y tenía muchas cosas que hacer, pero, sabía que a un rey no se le podía decir que no. Tragó saliva.
-Seber, el administrador, se encargará de proporcionar todo lo que podáis necesitar.
El silencio se hizo muy espeso. Elbert se levantó y empezó a salir de allí, notando que el rey había dado por terminada aquella reunión.
-Una cosa más, tenéis tres meses.
Hizo una reverencia antes de abandonar los aposentos del rey, con la cabeza llena de preguntas y, también, con una creciente preocupación en su estómago.
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