Rembrand miró a la criatura que, a sus pies, se retorcía con dolorosos espasmos. La respiración del ser de piel azulada cada vez se hacía más débil y sonora. Una baba morada le desbordaba por la comisura de los labios y los ojos de pupilas rojas parecía que fuesen a salírsele y explotar. Entre la mueca de terror al saber que la muerte no tardaría en pasar a recogerlo, se lograba distinguir otra cosa, algo diferente, una pregunta que no podía formular con su garganta privada de todo aire, privada su lengua y privados sus labios de cualquier clase de fuerza. ¿Cómo? ¿Cómo? Esa era la pregunta no pronuncida en su rostro y que escapaba al horror paralizante de la cercana llegada de la parca. ¿Cómo?
-De verdad lo lamento, dador de deseos, de verdad. Lamento que hayas topado conmigo, que a fuerza de tantos deseos negados, de tantas heridas abiertas por los anhelos inalcanzables y que se torcieron, convirtiéndose en arena entre los dedos, y que el tiempo se negaba a curar. Al final quedé vacío de todo afan o sueño, y ahora no soy más que una cáscara que nada desea y que nada puede desear.
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jueves, 10 de septiembre de 2015
lunes, 10 de febrero de 2014
Misterios (2)
"La Bahía", como llamaban cariñosamente a la plataforma de aterrizaje de la brutal mole arquitectónica conocida en el mundo entero como, "El Cíclope", se mostraba bajo ellos. Las turbulencias durante el trayecto fueron más de las que cualquiera de los tres en el interior del vehículo habrían admitido como aceptables, por lo que tenían el fuerte deseo de verse en tierra. Si es que a la base donde "El Cíclope" se cimentaba podía llamársela así. Construído en mitad del Atlántico Norte, sobre unos enórmes pilares que se hundían kilómetros bajo el océano hasta anclarse en el fondo, se elevaba mil quinientos metros por encima de la superficie del agua. Desde allí, desde aquella torre de vídrio, acero, titáneo y carbono, el CNU. Centro de Naciones Unidadas, (UNC. United Nations Center en sus siglas en inglés) controlaba los pasos de todo el globo. Se suponía que era una salvaguarda para evitar que sucedieran nuevamente hechos como los que incendiaron Europa y USA, y tras ellos gran parte del mundo, en el 2070; cuando por fin, los efectos de la crisis económica que comenzara en el 2008, se hicieron reales para tal número de la población mundial, que la insurgencia y la rebelión brotó en cualquier lugar. La estafa de las grandes corporaciones empresariales oculta bajo "la crisis", finalmente había quedado descubierta y, con el tiempo, tomada como inaceptable. Tras un periodo de 9 años en el que la guerra asoló la mayor parte del planeta, precedida de la miseria y el hambre, en el 2079, el 23 de Noviembre a las 12 del medio día, según el horario de Greenwich, la guerra cesó. Las inmensas fortunas acaudaladas por unos pocos se repartieron entre muchos y, de alguna manera, el contador se puso a cero. Una vez más. Así nació, en el 2083, cuatro años después, el CNU, con la misión de controlarlo todo y a todos, para evitar una nueva tragedia.
Sabía desde el principio que la llevarían allí, siempre era ese el protocolo, pero los rostros que se cruzaban por los pasillos con sus ojos azules (en aquella ocasión) mostraban una clase de tensión que no era la típica del estrés en el trabajo. No, era algo más. No sabía aún el qué, pero lo averiguaría. En ese momento dedujo que no iban a salir del edificio en una buena temporada. No habían ido en su busca para darle un montón de informes y usar su experiencia de campo en cualquier lugar del mundo, no. Esa vez "cualquier lugar del mundo" sería, ni más ni menos, que la sede central del CNU. No pudo evitar sentir un cosquilleo en la nuca. Una sensación hueca que siempre avisaba de problemas. Habían entrado por arriba, por el helipuerto en la parte más alta del edificio, lo que significaba que se encontraban en la última planta. Seguramente, sólo los de allí supieran que algo había pasado. Bajar un piso más habría sido encontrarse de cara con la normalidad. Pero que algo alterara a los que lo veían y escuchaban todo, era, cuanto menos, para no descartar la preocupación y, por qué no, algo de miedo. No pudo evitar preguntarse qué reto iban a presentarle y si estaría a la altura.
Sabía desde el principio que la llevarían allí, siempre era ese el protocolo, pero los rostros que se cruzaban por los pasillos con sus ojos azules (en aquella ocasión) mostraban una clase de tensión que no era la típica del estrés en el trabajo. No, era algo más. No sabía aún el qué, pero lo averiguaría. En ese momento dedujo que no iban a salir del edificio en una buena temporada. No habían ido en su busca para darle un montón de informes y usar su experiencia de campo en cualquier lugar del mundo, no. Esa vez "cualquier lugar del mundo" sería, ni más ni menos, que la sede central del CNU. No pudo evitar sentir un cosquilleo en la nuca. Una sensación hueca que siempre avisaba de problemas. Habían entrado por arriba, por el helipuerto en la parte más alta del edificio, lo que significaba que se encontraban en la última planta. Seguramente, sólo los de allí supieran que algo había pasado. Bajar un piso más habría sido encontrarse de cara con la normalidad. Pero que algo alterara a los que lo veían y escuchaban todo, era, cuanto menos, para no descartar la preocupación y, por qué no, algo de miedo. No pudo evitar preguntarse qué reto iban a presentarle y si estaría a la altura.
viernes, 17 de enero de 2014
Misterios (1)
El sonido continuo y redondo del motor eléctrico se detuvo bruscamente, siguiéndole a los pocos instantes el golpe de un par de puertas al cerrarse. No le hacía falta ver a los dos hombres que acababan de bajarse del vehículo para saber que aspecto tenían, tampoco necesitaba abrir para saber que querían. Sólo había un motivo por el que podían estar allí. Suspiró pesadamente y se llevó la taza de café hirviendo, negro y sin azucar a los labios. Paró el movimiento un segundo y tomó un sorbo largo. El golpe de unos nudillos contra la madera rompió el silencio del interior de la cabaña. Sin prisa dejó la taza sobre el platillo en la mesa, se levantó y, acercándose a la entrada, liberó la cerradura. Al otro lado del umbral aparecieron dos hombres de traje negro y corbata, con gafas oscuras ocultando los ojos, y el pelo ridículamente pulcro y engominado. Uno de ellos ostentaba una placa que no llegó a leer.
- ¿Dónde vamos esta vez? - Preguntó mientras salía, calándose su chaqueta de piel, sin darles tiempo a los otros de decir palabra alguna. Cerró la puerta con un par de vueltas de la llave.
Si los desconcertó no lo demostraron. Simplemente giraron sus talones y la escoltaron hasta el vehículo, detenido a unos metros. Era un modelo nuevo, una especie de todoterreno, sin ningún logo que indicara la marca que lo había fabricado. Esperó a que le abrieran la puerta del asiento trasero y entró. Como había imaginado: los asientos eran de cuero y todo olía a demasiado nuevo. No pudo evitar preguntarse cuánto habría costado aquel "cacharro". En cuanto oyó el zumbido y notó las vibraciones del motor magnético acelerándose, supo que mucho más dinero del que ella vería junto jamás en su vida. Sonrió hacia abajo en una mueca de disgusto mientras se acomodaba en el enorme asiento. Iba a ser un viaje largo. Era el único motivo para no ir por carretera. Eso, o que la urgencia era demasiada.
- ¿Dónde vamos esta vez? - Preguntó mientras salía, calándose su chaqueta de piel, sin darles tiempo a los otros de decir palabra alguna. Cerró la puerta con un par de vueltas de la llave.
Si los desconcertó no lo demostraron. Simplemente giraron sus talones y la escoltaron hasta el vehículo, detenido a unos metros. Era un modelo nuevo, una especie de todoterreno, sin ningún logo que indicara la marca que lo había fabricado. Esperó a que le abrieran la puerta del asiento trasero y entró. Como había imaginado: los asientos eran de cuero y todo olía a demasiado nuevo. No pudo evitar preguntarse cuánto habría costado aquel "cacharro". En cuanto oyó el zumbido y notó las vibraciones del motor magnético acelerándose, supo que mucho más dinero del que ella vería junto jamás en su vida. Sonrió hacia abajo en una mueca de disgusto mientras se acomodaba en el enorme asiento. Iba a ser un viaje largo. Era el único motivo para no ir por carretera. Eso, o que la urgencia era demasiada.
martes, 24 de septiembre de 2013
Breves
<<Él sí que sabía dónde conseguirla. ¡Y la mejor! Porque a él siempre le daban la mejor, y si no, que se atuvieran a las consecuencias...>>
<<Estaba plenamente convencido de que era imposible enamorarse de la persona equivocada, aún así, él lo había hecho y lo sabía.>>
<<Ningún amor era imposible, excepto el suyo.>>
<<Me causaría más satisfacción dejar su cuerpo maltrecho y tullido, pero eso siempre acarrea preguntas incómodas, ya me entiendes; así que tendré que conformarme con que desaparezca.>>
<<Él mismo era su único lastre.>>
<<Equivocarse hiere, no aprender del error mata.>>
<<Sabes que aunque la tuvieras delante no serías capaz de balbucear ninguna de esas palabras.>>
<<La vio venir, de frente, con toda su estela de aire caliente y su boca de plomo. En otro tiempo la habría esquivado, pero hoy era su día. El día en el que ella lo reclamaría. Ella, la muerte.>>
<<Solo tenía un temor. Uno que le recorría negro por las venas, helándoselas y dejándole la sangre lenta y espesa. El temor a no volver a verla, el temor a que sus oídos no escucharan lo que tenía que decirle; el temor a no ser capaz de pronunciar las palabras.>>
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sábado, 10 de agosto de 2013
Esas palabras...
<<El problema es que a veces una palabra puede ser demasiado. Demasiado breve. Demasido larga. Demasiado tarde. Demasiado afilada. Demasiado para que unos oídos la escuchen, unos ojos la lean, una lengua la saboree o unos dedos la toquen. Y eso genera miedo a nuestra propia voz, a nuestros propios trazos. Un miedo atenazante y que llena de silencios. Querría simplemente mirarte y decirte que quiero conocer que más se esconde entre tus páginas, saber cual es el final de la historia que narras con cada latido, mirada y suspiro; porque sé que aún no he llegado a pasar de la primera línea de la primera página. Y es que si tuviera que condensarte en un sólo golpe de voz me viene únicamente a la cabeza: "enigmática".>>
<<¿Se puede saber qué haces hablándole al espejo?>>
<<¡Nada! ¡Simplemente, nada!>>
<<¿Se puede saber qué haces hablándole al espejo?>>
<<¡Nada! ¡Simplemente, nada!>>
jueves, 20 de junio de 2013
Inevitable
Nadie me preguntó el porqué de mi gesto y de mi mirada, nadie lo vio, nadie se percató; y es lo normal en este mundo donde no es necesario inventar la capa mágica de la invisibilidad. Caminamos ciegos, sólo con ojos para esa pantalla de letras y colores, caminamos sordos, sólo con oídos para esos auriculares. Caminamos sin saber que pasa a nuestro alrededor. El sol golpeaba inclemente, con una fuerza sádica, por eso la gente se apiñaba bajo la débil sombra que proyectaba la cornisa. El aire no se movía, aprisionado por el calor. Miré a un lado y a otro, el tren se desdibujaba varios cientos de metros, avanzando. Mis pasos llevaron a mis pies justo hasta el límite, la línea amarilla que vela por nuestra seguridad. Mis ojos quedaron fijos en las vías mientras escuchaba el traqueteo de acero cada vez más cercano. Nadie supo que en mi cabeza se libraba una batalla por evitar lo inevitable.
martes, 21 de mayo de 2013
Elemental
Que hubiera pasado tanto tiempo hasta descubrir el porqué le resultaba casi inconcebible y, en esos momentos, no sabía si sonreir y sacudirse de encima aquella pesada capa arrastrada durante décadas, o si sentía como una daga que se clavaba aún más profundamente en su corazón.
La voz de su antiguo maestro revelándole el secreto horas antes de morir aún retumbaba en su cabeza: "La afinidad de los elementales hacia un elemento no les proporciona una protección contra el mismo, ni les ayuda a controlarlo mejor. Al contrario. Les profiere una increíble desventaja ya que atraen a su elemento de forma irremediable. ¡Qué estúpidos hemos sido para tardar tanto tiempo en darnos cuenta!". Aún días después podía ver los labios del anciano moviéndose hasta que los labios se detuvieron y los párpados cayeron como el velo de la noche. <<Así que por eso se quemaba siempre con todo. Ese era su destino, abrasarse con el más nimio fuego. Al menos ahora lo entendía, pero ¿acaso es un consuelo?>> Los pensamientos habían cruzado rápido su mente y todavía se repetían a cada momento. Dudaba que fuera un consuelo, un alivio para todas las pesadas cargas que había tenido que soportas, un bálsamo que suavizara los tragos ardientes y amargos; lo dudaba tanto que estaba convencido de que no sería así.
Restregó los dedos contra las manos, masajeándolas. Había visto tantos fuegos nacer bruscamente y convertirse en increíbles hogueras para luego verlos reducirse a cenizas con más velocidad, que casi estaba convencido de tener que estar acostumbrado; pero no era así, no lo era en absoluto: las llamas seguían quemándole como la primera vez. Una lágrima recorrió su rostro, primero por la mejilla, despacio, ganando velocidad y luego por el surco de la barbilla hasta el mentón; justo antes de precipitarse al vacío. Odiaba los fuegos, los odiaba con toda la fuerza de su ser y los odiaba con su alma completa. Tras ellos sólo quedaban cenizas y de ellas nada podía recuperarse. Miró atrás aunque sabía que no debía hacerlo porque allí no quedaba más que un polvo fino y gris, de tacto grasiento, y sabor ácido y amargo. Lo más parecido que podía verse en la tierra a la nada verdadera, al vacío de las estrellas, al vacío helado de la muerte.
La voz de su antiguo maestro revelándole el secreto horas antes de morir aún retumbaba en su cabeza: "La afinidad de los elementales hacia un elemento no les proporciona una protección contra el mismo, ni les ayuda a controlarlo mejor. Al contrario. Les profiere una increíble desventaja ya que atraen a su elemento de forma irremediable. ¡Qué estúpidos hemos sido para tardar tanto tiempo en darnos cuenta!". Aún días después podía ver los labios del anciano moviéndose hasta que los labios se detuvieron y los párpados cayeron como el velo de la noche. <<Así que por eso se quemaba siempre con todo. Ese era su destino, abrasarse con el más nimio fuego. Al menos ahora lo entendía, pero ¿acaso es un consuelo?>> Los pensamientos habían cruzado rápido su mente y todavía se repetían a cada momento. Dudaba que fuera un consuelo, un alivio para todas las pesadas cargas que había tenido que soportas, un bálsamo que suavizara los tragos ardientes y amargos; lo dudaba tanto que estaba convencido de que no sería así.
Restregó los dedos contra las manos, masajeándolas. Había visto tantos fuegos nacer bruscamente y convertirse en increíbles hogueras para luego verlos reducirse a cenizas con más velocidad, que casi estaba convencido de tener que estar acostumbrado; pero no era así, no lo era en absoluto: las llamas seguían quemándole como la primera vez. Una lágrima recorrió su rostro, primero por la mejilla, despacio, ganando velocidad y luego por el surco de la barbilla hasta el mentón; justo antes de precipitarse al vacío. Odiaba los fuegos, los odiaba con toda la fuerza de su ser y los odiaba con su alma completa. Tras ellos sólo quedaban cenizas y de ellas nada podía recuperarse. Miró atrás aunque sabía que no debía hacerlo porque allí no quedaba más que un polvo fino y gris, de tacto grasiento, y sabor ácido y amargo. Lo más parecido que podía verse en la tierra a la nada verdadera, al vacío de las estrellas, al vacío helado de la muerte.
lunes, 13 de mayo de 2013
La Imagen en el Sueño...
"Un fondo desenfocado deja entrever una pared posiblemente de color verde, una ventana de moldura de aluminio, puede que de acero, plateada. La luz que se filtra es tenue, blanquecina, tal vez fuera se dibuje un día nublado y oscuro. Una lámpara proyecta su foco desde alguna parte en la pared opuesta a la que estoy viendo.
Nítida se dibuja una figura de espaldas, levemente ladeada hacia la derecha, sentada al borde de una cama de sábanas de seda y un suave color morado, casi blanco. La cabeza ladeada hacia la derecha, con la mirada hacia abajo, perdida en un infinito lejano, el brazo derecho estirado y la mano apoyada y perdida entre la tela. El cabello largo se pierde entre el cuello y el hombro derecho, dejando la espalda completamente libre y desnuda. La sábana, arrugada y que se adivina recogida con la mano izquierda sobre el regazo, oculta el tramo final de la espalda...
Y toda la imagen tiene un tono apagado que hace imaginar los colores en un blanco y negro inexistente de colores nítidos."
miércoles, 3 de abril de 2013
¿Recuerdas...?
El otro día, después de hablar contigo y de pensar en todo lo que ha pasado en las últimas semanas, no pude evitar la sensación de que "todo esto ya lo había vivido antes". Mi mente buscó las similitudes demasiado cerca en el tiempo, por lo que las descarté, aunque la certeza imprecisa y que no era capaz de ubicar, estaba ahí, jugando al escondite.
No fue hasta la semana pasada que las piezas del puzzle encajaron. Desde luego que todo esto ya lo había vivido y, viéndolo con cierta perspectiva, las similitudes diría que dan miedo. Sí, cambia el escenario y cambian los actores (aunque algunos repiten) pero la obra sigue siendo la misma.
Recuerdo con claridad que llovía aquel día, incluso alcanzo a atisbar entre los rincones de mi memoria algunos colores de las paredes, de las luces, de los marcos de las puertas. Era el año 99 y estábamos a una semana de Semana Santa, eso también lo tengo claro. El lugar, un hotel de Salamanca.
La puerta de la habitación estaba abierta y charlaba con un amigo sobre como estaba siendo el viaje, sobre cómo lo estábamos pasando, y sobre otras muchas cosas, entre ellas, chicas; en muchos casos, con nombre y apellidos. Recuerdo claramente las palabras que pronuncié en algún momento y que parecieron arrojar una especie de maldición, un hechizo catastrófico; capaz de destruir. Al día siguiente todo había cambiado. Lo que debía de haber estado ahí a la mañana siguiente, había desparecido. Sólo quedaban cajas destempladas, ojos que miraban sin ver, y un silencio tan profundo que podías asomarte y caerte para perderte en él. Después de eso, sólo quedó el paso del tiempo que, como un pintor paciente y preciso, iría dando capas color olvido hasta que sólo hubo nada.
Y ahora recuerdo un día mucho más cercano, por las fiestas de Navidad, no podría precisar si 2012 o 2013, en el que hablaba tranquilamente con un amigo por el Skype y como aquella vez del 99, aparecieron las palabras "mágicas" que habrían de ser catastróficas. Y de nuevo se invocó el silencio y el olvido.Esta vez intenté resistir un poco más el poder de mi propia voz, pero ha sido un vano gesto por mantener una ilusió ya hecha pedazos, pedazos tan pequeños que sólo quedaba un montón de polvo dispersado por el viento.
No fue hasta la semana pasada que las piezas del puzzle encajaron. Desde luego que todo esto ya lo había vivido y, viéndolo con cierta perspectiva, las similitudes diría que dan miedo. Sí, cambia el escenario y cambian los actores (aunque algunos repiten) pero la obra sigue siendo la misma.
Recuerdo con claridad que llovía aquel día, incluso alcanzo a atisbar entre los rincones de mi memoria algunos colores de las paredes, de las luces, de los marcos de las puertas. Era el año 99 y estábamos a una semana de Semana Santa, eso también lo tengo claro. El lugar, un hotel de Salamanca.
La puerta de la habitación estaba abierta y charlaba con un amigo sobre como estaba siendo el viaje, sobre cómo lo estábamos pasando, y sobre otras muchas cosas, entre ellas, chicas; en muchos casos, con nombre y apellidos. Recuerdo claramente las palabras que pronuncié en algún momento y que parecieron arrojar una especie de maldición, un hechizo catastrófico; capaz de destruir. Al día siguiente todo había cambiado. Lo que debía de haber estado ahí a la mañana siguiente, había desparecido. Sólo quedaban cajas destempladas, ojos que miraban sin ver, y un silencio tan profundo que podías asomarte y caerte para perderte en él. Después de eso, sólo quedó el paso del tiempo que, como un pintor paciente y preciso, iría dando capas color olvido hasta que sólo hubo nada.
Y ahora recuerdo un día mucho más cercano, por las fiestas de Navidad, no podría precisar si 2012 o 2013, en el que hablaba tranquilamente con un amigo por el Skype y como aquella vez del 99, aparecieron las palabras "mágicas" que habrían de ser catastróficas. Y de nuevo se invocó el silencio y el olvido.Esta vez intenté resistir un poco más el poder de mi propia voz, pero ha sido un vano gesto por mantener una ilusió ya hecha pedazos, pedazos tan pequeños que sólo quedaba un montón de polvo dispersado por el viento.
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miércoles, 30 de enero de 2013
lunes, 7 de enero de 2013
El Enigma del Ladrón de Quesos (5) Enigma al Descubierto
El traqueteo del tren comenzó brusco, luego suave y constante. Al mismo tiempo empezamos con el trabajo de observación. Puede parece algo fácil en un vagón de tren, pero el mirar a alguien sin que se de cuenta durante mucho rato es un arte, porque todos sabemos que cuando nos miran sentimos esa sensación que nos hace mirar atrás.
-Mira.-le dije a mi colega cuando vi que el chico sacaba el teléfono del bolsillo soltando un montón de hilos idénticos al que habíamos encontrado.
-Tiene el bolsillo roto, seguro.- me afirmó ella, rotunda.
-¿Qué está diciendo?
-Si me hablas no puedo intentar enterarme.
Cerré la boca. Tenía razón.
La conversación por el móvil no duró más de dos minutos. Mi colega me miró y se encogió de hombros. Torcí el gesto. La verdad es que no sé qué había esperado. No creo que nadie se ponga a hablar de unos quesos que ha robado, claro que tampoco conozco a nadie que robe unos quesos salvo que es que tenga mucha hambre y, tampoco parecía que el chaval estuviera famélico. Me apretujé un poco en mi asiento. No pude evitar preguntarme qué estabamos haciendo y si seríamos adictos al trabajo. Ese fin de semana se supone que iban a ser vacaciones y allí estábamos ahora, persiguiendo a un tipo. Aunque desde luego, por mi parte tengo que reconocer que mi colega distaba mucho del arquetipo de mis compañeros habituales en este tipo de aventuras. De los cuales, decir que el Gran Hugo era la mejor compañía era mucho. Con él habríamos tenido que ir en asientos separados porque él no habría cabido en uno. Por eso le decimos "el Gran Hugo".
Un carraspeo suave de mi colega me sacó de mi ensimismamiento apático. El hombre acababa de ponerse en pie y cogía su mochila medio abierta. Dentro pudimos ver con claridad una bolsa de plástico con el dibujo de la tienda donde los habíamos comprado.
-Es él, sin duda.-dije levantándome con la clara intención de ir a recuperar nuestros quesos, olvidándome de que no sabía como se lo iba a decir. Un tirón en mi chaqueta me detuvo.
-¿Dónde vas?-tardé unos instantes en reaccionar. En sus ojos se dibujaba una mirada depredadora.- Aún no hemos solucionado esto.
El chico fue un momento al servicio, no lo perdimos de vista en ningún momento.
La siguiente parada no tardó en llegar, la última antes de que fuera la nuestra. El chico no se movió. En ese momento me asaltó la duda de y si continuaba el viaje. No tendríamos tiempo de comprar otro billete y el revisor aún no había pasado. Si lo hacía antes de llegar a nuestra parada no sería un problema, no iban a pedirnoslo dos veces.
Nuestra parada se aproximaba. Nuestro sospechoso se levantó con clara intención de ir a la puerta de salida. No hacía más que mirar el reloj, nervioso.
Nos bajamos junto a la mayor parte del tren. La estación estaba bastante llena, más que por la mañana, lo que no era algo demasiado raro, supuse. Comenzamos a andar, sin quitarle un ojo, entre el laberinto de andenes. Vi como la salida que yo conocía quedaba atrás.
Cuando salimos al exterior me chocó la oscuridad reinante. Sabía que no me iba a acostumbrar en dos días y, realmente, seguramente aquello fuera algo a lo que jamás me pudiera acostumbrar. El chico se lanzó a la carretera para cruzar justo cuando pasaba un autobús y casi lo perdimos, lo que nos obligó a correr un poco para volverlo a tener a una distancia prudencial.
-¿Te suena esta zona de la ciudad?-le pregunté a mi colega mientras sacaba los guantes del bolsillo del abrigo. Con la ausencia de sol la temperatura empezaba a bajar. Además, tenía la sensación de que pronto iba a llover.
-Vagamente.-seguía con aquella mirada depredadora.
Tengo que reconocer que en otras circunstancias el hecho de perderme en una ciudad desconocida acompañado de una mujer guapa me habría resultado atractivo e, incluso, sugerente, pero persiguiendo a alguien y más teniendo en cuenta que mi dominio del idioma era poco menos que nulo, lo cierto es que me causaba un tanto de aprensión; pero no estaba dispuesto a dejar que se me notara. No habría sido profesional. Aunque echaba de menos el no tener un plano de la ciudad en el bolsillo. Me anoté mentalmente que, la próxima vez que fuera a una ciudad desconocida, sin importar las circunstancias me haría de un mapa.
-¿Dónde está?-lo había perdido de vista mientras limpiaba mis gafas, empañadas. Había comenzado a caer una lluvia incómoda, de esa intermitente. Mi colega me señaló con un gesto de la barbilla. Lo localicé al ponerme de nuevo las lentes.
-¿Qué te apuestas a que entra ahí?-su vista estaba fija en el escaparate de un local en el que, para saber qué se hacía en él no me hizo falta saber ni un ápice de otro idioma. Las tiendas de "Compro Oro" se ve que poseen un tipo de escaparate universal además de que, la palabra "Oro", se escribe exactamente igual.
-Tengo que reconocer que me siento mucho más intrigado.-reconocí cuando vi que, efectivamente, desparecía en el interior. Suspiré aliviado de no haber apostado nada. No me gusta hacerlo y menos cuando tengo la seguridad de que voy a perder. En ese momento tuve la sensación de que allí había algo más.-¿Hay algo qué no me hayas contado?-susurré apoyándome en la pared.
Mi colega sonrió enigmática.
-Pensaba que no ibas a darte cuenta nunca.
-Eso es demasiado tiempo, ¿no crees? -rió mientras de un bolsillo interior de su abrigo sacaba el móvil y me mostraba un par de fotos de artículos de un periódico.-¿Qué pone?
-Son noticias de una serie de robos a joyerías por todo el país.
-¿Y crees qué nuestro ladrón de quesos tiene que ver con eso?
Volvió a sonreir mientras asentía.
-Eras bueno abriendo bolsas y bolsillos, ¿verdad?
Enarqué una ceja ante la pregunta y luego asentí. Era cierto que tenía cierta habilidad para eso y que, más de una vez por motivos de trabajo había hecho uso de ella, aunque desde luego no me enorgullecía. No demasiado al menos.
-Espero que sigas siéndolo, porque esto es lo que haremos...
Me contó el plan al oído.
El chico salió del local unos cuarenta y cinco minutos más tarde. Nos habíamos situado en puntos diferentes de la calle. Si venía hacía mi tendríamos que correr un poco, pero tuvimos suerte y sus pasos lo llevaron de frente a mi colega que, en cuanto llegó a su altura, lo detuvo para preguntarle por una calle. Se revolvió nervioso pero intentó explicarle como llegar. Una de las ventajas de tener una cara bonita. Para antes de eso yo ya me había colocado en su espalda y, en el momento en el que se despistó ante la pregunta ya había rajado su mochila por abajo. Para cuando comenzó a responder la pregunta ya tenía la bolsa en mis manos y me alejaba varios metros. Mi colega y yo habíamos acordado encontrarnos en una parada de autobús en una perpendicular, a unos doscientos metros.
-¿La tienes?-preguntó en cuanto llegó a donde yo estaba. Levanté la bolsa para que la viera como respuesta.
-Aún no la he abierto.-se la entregué.-Tu corazonada, tu caso.-sonreí.
A la débil luz del cartel publicitario de la parada de autobús abrimos la bolsa, en ella había varios quesos de un tipo que allí llaman "burrata" y que, si alguna vez vais a Italia os recomiendo encarecidamente que probéis. Sacó unos cuantos pañuelos de papel y luego uno de los quesos, con cuidado lo partió.
-Algo me dice que ese no es el relleno que me habías dicho que traían estos quesos.-murmuré cuando entre la masa de dentro se veía algo que parecían cristales pulidos.
-Tenía razón.- Exclamó triunfal mientras me enseñaba más de cerca uno. Ante mi tenía un pequeño diamante. Sonreí mientras asentía.
-No lo dudé por un momento. ¿Y ahora qué?
-¿Tienes ganas de seguir con las vacaciones mañana?.-me preguntó. Analicé por unos momentos su mirada. Ya había logrado lo que quería.
-Sí, para poder enseñar alguna foto cuando me pregunten donde he estado.
Rió con ganas.
El lunes por la mañana, antes de que me marchara, mientras desayunábamos mi colega me plantó una noticia de un periódico local en la pantalla de su móvil. Tragué el trozo de galleta que tenía en la boca y, aunque esa vez había sido capaz de entender, más o menos, el titular, pregunté.
-¿Qué pone?
El triunfo se dibujaba en cada centímetro de su cara.
-Básicamente que la policía ha logrado desmantelar una banda organizada especializada en el robo de joyas y que estaba causando estragos por todo el país gracias a un soplo anónimo.
-Enhorabuena..-dije.-Aunque es una pena que por mis vacaciones hayas perdido el crédito por esto.-se encogió de hombros. Ambos sabíamos que en realidad aquello era lo que menos importaba de todo. Lo importante era resolver el enigma. Con eso en mente no puede evitar formular la cuestión que llevaba rondando mi cabeza todo el tiempo.-¿Qué te hizo suponer que nuestro ladrón de quesos tenía algo que ver con todo esto?
-Bueno,-se reclinó en el asiento mientras tomaba la taza de café caliente entre las dos manos.-en realidad no estaba segura de que tuviera que ver con esto, pero no pude evitar pensar que si alguien se llevaba una bolsa de quesos era por un motivo.-sonrió.-Estoy segura de que su bolsa se mezcló con la nuestra y no supo cual era cual, así que, ante la duda, se llevó las dos.
-Tienes toda la razón. Aunque me podrías haber contado antes lo de los robos.
-Tenía curiosidad por ver cuanto tardabas en darte cuenta.
Rió, y yo me contagié de su risa. Lamenté mucho tener que coger el vuelo tan pronto.
-Mira.-le dije a mi colega cuando vi que el chico sacaba el teléfono del bolsillo soltando un montón de hilos idénticos al que habíamos encontrado.
-Tiene el bolsillo roto, seguro.- me afirmó ella, rotunda.
-¿Qué está diciendo?
-Si me hablas no puedo intentar enterarme.
Cerré la boca. Tenía razón.
La conversación por el móvil no duró más de dos minutos. Mi colega me miró y se encogió de hombros. Torcí el gesto. La verdad es que no sé qué había esperado. No creo que nadie se ponga a hablar de unos quesos que ha robado, claro que tampoco conozco a nadie que robe unos quesos salvo que es que tenga mucha hambre y, tampoco parecía que el chaval estuviera famélico. Me apretujé un poco en mi asiento. No pude evitar preguntarme qué estabamos haciendo y si seríamos adictos al trabajo. Ese fin de semana se supone que iban a ser vacaciones y allí estábamos ahora, persiguiendo a un tipo. Aunque desde luego, por mi parte tengo que reconocer que mi colega distaba mucho del arquetipo de mis compañeros habituales en este tipo de aventuras. De los cuales, decir que el Gran Hugo era la mejor compañía era mucho. Con él habríamos tenido que ir en asientos separados porque él no habría cabido en uno. Por eso le decimos "el Gran Hugo".
Un carraspeo suave de mi colega me sacó de mi ensimismamiento apático. El hombre acababa de ponerse en pie y cogía su mochila medio abierta. Dentro pudimos ver con claridad una bolsa de plástico con el dibujo de la tienda donde los habíamos comprado.
-Es él, sin duda.-dije levantándome con la clara intención de ir a recuperar nuestros quesos, olvidándome de que no sabía como se lo iba a decir. Un tirón en mi chaqueta me detuvo.
-¿Dónde vas?-tardé unos instantes en reaccionar. En sus ojos se dibujaba una mirada depredadora.- Aún no hemos solucionado esto.
El chico fue un momento al servicio, no lo perdimos de vista en ningún momento.
La siguiente parada no tardó en llegar, la última antes de que fuera la nuestra. El chico no se movió. En ese momento me asaltó la duda de y si continuaba el viaje. No tendríamos tiempo de comprar otro billete y el revisor aún no había pasado. Si lo hacía antes de llegar a nuestra parada no sería un problema, no iban a pedirnoslo dos veces.
Nuestra parada se aproximaba. Nuestro sospechoso se levantó con clara intención de ir a la puerta de salida. No hacía más que mirar el reloj, nervioso.
Nos bajamos junto a la mayor parte del tren. La estación estaba bastante llena, más que por la mañana, lo que no era algo demasiado raro, supuse. Comenzamos a andar, sin quitarle un ojo, entre el laberinto de andenes. Vi como la salida que yo conocía quedaba atrás.
Cuando salimos al exterior me chocó la oscuridad reinante. Sabía que no me iba a acostumbrar en dos días y, realmente, seguramente aquello fuera algo a lo que jamás me pudiera acostumbrar. El chico se lanzó a la carretera para cruzar justo cuando pasaba un autobús y casi lo perdimos, lo que nos obligó a correr un poco para volverlo a tener a una distancia prudencial.
-¿Te suena esta zona de la ciudad?-le pregunté a mi colega mientras sacaba los guantes del bolsillo del abrigo. Con la ausencia de sol la temperatura empezaba a bajar. Además, tenía la sensación de que pronto iba a llover.
-Vagamente.-seguía con aquella mirada depredadora.
Tengo que reconocer que en otras circunstancias el hecho de perderme en una ciudad desconocida acompañado de una mujer guapa me habría resultado atractivo e, incluso, sugerente, pero persiguiendo a alguien y más teniendo en cuenta que mi dominio del idioma era poco menos que nulo, lo cierto es que me causaba un tanto de aprensión; pero no estaba dispuesto a dejar que se me notara. No habría sido profesional. Aunque echaba de menos el no tener un plano de la ciudad en el bolsillo. Me anoté mentalmente que, la próxima vez que fuera a una ciudad desconocida, sin importar las circunstancias me haría de un mapa.
-¿Dónde está?-lo había perdido de vista mientras limpiaba mis gafas, empañadas. Había comenzado a caer una lluvia incómoda, de esa intermitente. Mi colega me señaló con un gesto de la barbilla. Lo localicé al ponerme de nuevo las lentes.
-¿Qué te apuestas a que entra ahí?-su vista estaba fija en el escaparate de un local en el que, para saber qué se hacía en él no me hizo falta saber ni un ápice de otro idioma. Las tiendas de "Compro Oro" se ve que poseen un tipo de escaparate universal además de que, la palabra "Oro", se escribe exactamente igual.
-Tengo que reconocer que me siento mucho más intrigado.-reconocí cuando vi que, efectivamente, desparecía en el interior. Suspiré aliviado de no haber apostado nada. No me gusta hacerlo y menos cuando tengo la seguridad de que voy a perder. En ese momento tuve la sensación de que allí había algo más.-¿Hay algo qué no me hayas contado?-susurré apoyándome en la pared.
Mi colega sonrió enigmática.
-Pensaba que no ibas a darte cuenta nunca.
-Eso es demasiado tiempo, ¿no crees? -rió mientras de un bolsillo interior de su abrigo sacaba el móvil y me mostraba un par de fotos de artículos de un periódico.-¿Qué pone?
-Son noticias de una serie de robos a joyerías por todo el país.
-¿Y crees qué nuestro ladrón de quesos tiene que ver con eso?
Volvió a sonreir mientras asentía.
-Eras bueno abriendo bolsas y bolsillos, ¿verdad?
Enarqué una ceja ante la pregunta y luego asentí. Era cierto que tenía cierta habilidad para eso y que, más de una vez por motivos de trabajo había hecho uso de ella, aunque desde luego no me enorgullecía. No demasiado al menos.
-Espero que sigas siéndolo, porque esto es lo que haremos...
Me contó el plan al oído.
El chico salió del local unos cuarenta y cinco minutos más tarde. Nos habíamos situado en puntos diferentes de la calle. Si venía hacía mi tendríamos que correr un poco, pero tuvimos suerte y sus pasos lo llevaron de frente a mi colega que, en cuanto llegó a su altura, lo detuvo para preguntarle por una calle. Se revolvió nervioso pero intentó explicarle como llegar. Una de las ventajas de tener una cara bonita. Para antes de eso yo ya me había colocado en su espalda y, en el momento en el que se despistó ante la pregunta ya había rajado su mochila por abajo. Para cuando comenzó a responder la pregunta ya tenía la bolsa en mis manos y me alejaba varios metros. Mi colega y yo habíamos acordado encontrarnos en una parada de autobús en una perpendicular, a unos doscientos metros.
-¿La tienes?-preguntó en cuanto llegó a donde yo estaba. Levanté la bolsa para que la viera como respuesta.
-Aún no la he abierto.-se la entregué.-Tu corazonada, tu caso.-sonreí.
A la débil luz del cartel publicitario de la parada de autobús abrimos la bolsa, en ella había varios quesos de un tipo que allí llaman "burrata" y que, si alguna vez vais a Italia os recomiendo encarecidamente que probéis. Sacó unos cuantos pañuelos de papel y luego uno de los quesos, con cuidado lo partió.
-Algo me dice que ese no es el relleno que me habías dicho que traían estos quesos.-murmuré cuando entre la masa de dentro se veía algo que parecían cristales pulidos.
-Tenía razón.- Exclamó triunfal mientras me enseñaba más de cerca uno. Ante mi tenía un pequeño diamante. Sonreí mientras asentía.
-No lo dudé por un momento. ¿Y ahora qué?
-¿Tienes ganas de seguir con las vacaciones mañana?.-me preguntó. Analicé por unos momentos su mirada. Ya había logrado lo que quería.
-Sí, para poder enseñar alguna foto cuando me pregunten donde he estado.
Rió con ganas.
El lunes por la mañana, antes de que me marchara, mientras desayunábamos mi colega me plantó una noticia de un periódico local en la pantalla de su móvil. Tragué el trozo de galleta que tenía en la boca y, aunque esa vez había sido capaz de entender, más o menos, el titular, pregunté.
-¿Qué pone?
El triunfo se dibujaba en cada centímetro de su cara.
-Básicamente que la policía ha logrado desmantelar una banda organizada especializada en el robo de joyas y que estaba causando estragos por todo el país gracias a un soplo anónimo.
-Enhorabuena..-dije.-Aunque es una pena que por mis vacaciones hayas perdido el crédito por esto.-se encogió de hombros. Ambos sabíamos que en realidad aquello era lo que menos importaba de todo. Lo importante era resolver el enigma. Con eso en mente no puede evitar formular la cuestión que llevaba rondando mi cabeza todo el tiempo.-¿Qué te hizo suponer que nuestro ladrón de quesos tenía algo que ver con todo esto?
-Bueno,-se reclinó en el asiento mientras tomaba la taza de café caliente entre las dos manos.-en realidad no estaba segura de que tuviera que ver con esto, pero no pude evitar pensar que si alguien se llevaba una bolsa de quesos era por un motivo.-sonrió.-Estoy segura de que su bolsa se mezcló con la nuestra y no supo cual era cual, así que, ante la duda, se llevó las dos.
-Tienes toda la razón. Aunque me podrías haber contado antes lo de los robos.
-Tenía curiosidad por ver cuanto tardabas en darte cuenta.
Rió, y yo me contagié de su risa. Lamenté mucho tener que coger el vuelo tan pronto.
martes, 25 de diciembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (4) Desenrollando la Madeja.
Allí estábamos los dos, sentados en un banco en plena estación de tren de un pequeño pueblecito al sur de Italia, esperando. Alguien había robado de mi mochila la bolsa con los quesos. Podríamos haber ido a la policía, posiblemente es lo que deberíamos haber hecho, pero, por un lado no eramos capaces de dejar pasar la oportunidad de resolverlo y por otro, casi con toda seguridad la policía no habría hecho nada.
La aguja larga se deslizaba lentamente. De vez en cuando una voz salía de los altavoces. Habíamos tenido el tiempo suficiente para hacer memoria. Desde que saliéramos de Bari fueron cuatro paradas hasta nuestro destino. El vagón en ningún momento había estado demasiado lleno, como mucho diez personas. Un viejo de gafas redondas y cristales gruesos que viajaba en el asiento más cercano a la salida en el mismo sentido del trayecto, dormitando apoyado sobre a ventana durante todo el trayecto y que había continuado la marcha después de bajarnos nosotros. Una pareja cercana a los treinta con vestimentas de sport y de nylon posiblemente, candidatos por el material pero no por el color, abrigos plateados frente al hilo azulado, y porque nunca habían estado cerca de nuestros asientos. Dos señoras que hablaban demasiado rápido y muy alto, con ropas de color oscuro que se montaron y bajaron a la vez que nosotros. Un grupo de chavales de instituto. Una chica que no paraba de hablar por el móvil con un jersey rosa chicle, justo detrás de nosotros y un joven, veintiuno, con un chandal nike blanco y azul, con una mochila al hombro. También tenía el pelo corto y moreno y su cara era bastante ancha y cuadrada. Sus hombros estaban bastante elevados y la espalda ancha, por lo que era fácil deducir que le gustaba machacarse en el gimnasio. Éste era nuestro mejor candidato. Había tenido tiempo, la oportunidad y bajó del tren en la misma parada que nosotros. Aunque eso sí, el motivo seguía siendo un misterio.
Puede resultar raro que haya hecho esa descripción tan clara de todos los que iban en el vagón con nosotros, pero, como decía antes, la fuerza de la costumbre es increíblemente poderosa y, aunque no quiera, mi mente está tan acostumbrada a fijarse en todo que luego solo tengo que recordar y, anotar. Y además, no estaba sólo, éramos dos, por lo que poco se nos podía escapar.
-¿Estás segura de lo que te ha dicho?-pregunté a mi colega. Ella había estado hablando un buen rato con un hombre que parecía trabajar en la estación, ya que vestía el traje típico de los revisores y estaba allí al bajar y seguía estando cuando regresamos. El hombre se había mostrado increíblemente cooperador. Hay tipos por ahí realmente convincentes, capaces de obtener respuestas de casi todo el mundo, porque simplemente provocan pánico; pero estos a veces fallan. Sin embargo, una cara bonita con una buena mirada y una sonrisa estudiada es la llave perfecta para cualquier secreto. Las mujeres como mi colega son las que realmente me dan miedo. No creo que nadie pueda guardarles un secreto, lo que a veces tengo que reconocer, no hace que me sienta tranquilo. Aunque, afortunadamente, ella no abusa de ese arma, aunque podría.
-Completamente.-me contestó segura. Tenía que creermelo porque mi conocimiento de italiano era menor que cero y allí el inglés, como ya dije, es un idioma no demasiado extendido, igual que en mi querida tierra natal. Además, sus años de experiencia eran tantos como los míos. Si había algún error sólo podía estar en la fuente y, en un proceso como el que estábamos siguiendo, eso ocurre más a menudo de lo que nos gustaría.
-Entonces esperaremos.
La manecilla larga se puso en el doce, dando las cinco en punto. Un tren pasó de largo con estruendo y levantando una ventolera. Daba cierto miedo cuando los vagones pasaban a toda velocidad. Estaba absorto, viendo como se alejaba cuando mi colega me dió un leve codazo para llamar mi atención.
-Mira.-seguí su mirada hasta dar con la mujer del móvil. Estaba hablando.
-¿Y si le preguntas?
Realmente no hacía falta que hiciera la sugerencia. Mi colega ya estaba en pie, acercándose a la mujer. Lo hizo disimuladamente y, justo cuando colgó, le preguntó algo. No lo entendí pero tuvo que ser gracioso, porque ambas rieron un poco. Dejé de prestar atención con los oídos, frustrado.
-¿Qué te ha dicho?-pregunté cuando regresó.
-Pues que el chico cogió un par de bolsas de debajo del asiento.
-La próxima vez pondré la mochila arriba o en el asiento donde pueda verlas.
-También me ha dicho que suele hacer este trayecto una vez al mes, igual que ella.
-Una chica observadora.
-Todas las mujeres lo somos.-sonrió con cierta malicia.
No sabría concretar si es algo que mi colega creía así o si lo dijo más por meterse un poco conmigo. Pensándolo bien, posiblemente por ambas razones.
La mujer del móvil tenía razón, el chico apareció con su mochila al hombro. Ahora presentaba un aspecto cansado. Decidimos observarlo. No teníamos pruebas de que hubiera sido él, aún debíamos conseguirlas. El tren llegó unos pocos minutos después, nos montamos en el mismo vagón.
La aguja larga se deslizaba lentamente. De vez en cuando una voz salía de los altavoces. Habíamos tenido el tiempo suficiente para hacer memoria. Desde que saliéramos de Bari fueron cuatro paradas hasta nuestro destino. El vagón en ningún momento había estado demasiado lleno, como mucho diez personas. Un viejo de gafas redondas y cristales gruesos que viajaba en el asiento más cercano a la salida en el mismo sentido del trayecto, dormitando apoyado sobre a ventana durante todo el trayecto y que había continuado la marcha después de bajarnos nosotros. Una pareja cercana a los treinta con vestimentas de sport y de nylon posiblemente, candidatos por el material pero no por el color, abrigos plateados frente al hilo azulado, y porque nunca habían estado cerca de nuestros asientos. Dos señoras que hablaban demasiado rápido y muy alto, con ropas de color oscuro que se montaron y bajaron a la vez que nosotros. Un grupo de chavales de instituto. Una chica que no paraba de hablar por el móvil con un jersey rosa chicle, justo detrás de nosotros y un joven, veintiuno, con un chandal nike blanco y azul, con una mochila al hombro. También tenía el pelo corto y moreno y su cara era bastante ancha y cuadrada. Sus hombros estaban bastante elevados y la espalda ancha, por lo que era fácil deducir que le gustaba machacarse en el gimnasio. Éste era nuestro mejor candidato. Había tenido tiempo, la oportunidad y bajó del tren en la misma parada que nosotros. Aunque eso sí, el motivo seguía siendo un misterio.
Puede resultar raro que haya hecho esa descripción tan clara de todos los que iban en el vagón con nosotros, pero, como decía antes, la fuerza de la costumbre es increíblemente poderosa y, aunque no quiera, mi mente está tan acostumbrada a fijarse en todo que luego solo tengo que recordar y, anotar. Y además, no estaba sólo, éramos dos, por lo que poco se nos podía escapar.
-¿Estás segura de lo que te ha dicho?-pregunté a mi colega. Ella había estado hablando un buen rato con un hombre que parecía trabajar en la estación, ya que vestía el traje típico de los revisores y estaba allí al bajar y seguía estando cuando regresamos. El hombre se había mostrado increíblemente cooperador. Hay tipos por ahí realmente convincentes, capaces de obtener respuestas de casi todo el mundo, porque simplemente provocan pánico; pero estos a veces fallan. Sin embargo, una cara bonita con una buena mirada y una sonrisa estudiada es la llave perfecta para cualquier secreto. Las mujeres como mi colega son las que realmente me dan miedo. No creo que nadie pueda guardarles un secreto, lo que a veces tengo que reconocer, no hace que me sienta tranquilo. Aunque, afortunadamente, ella no abusa de ese arma, aunque podría.
-Completamente.-me contestó segura. Tenía que creermelo porque mi conocimiento de italiano era menor que cero y allí el inglés, como ya dije, es un idioma no demasiado extendido, igual que en mi querida tierra natal. Además, sus años de experiencia eran tantos como los míos. Si había algún error sólo podía estar en la fuente y, en un proceso como el que estábamos siguiendo, eso ocurre más a menudo de lo que nos gustaría.
-Entonces esperaremos.
La manecilla larga se puso en el doce, dando las cinco en punto. Un tren pasó de largo con estruendo y levantando una ventolera. Daba cierto miedo cuando los vagones pasaban a toda velocidad. Estaba absorto, viendo como se alejaba cuando mi colega me dió un leve codazo para llamar mi atención.
-Mira.-seguí su mirada hasta dar con la mujer del móvil. Estaba hablando.
-¿Y si le preguntas?
Realmente no hacía falta que hiciera la sugerencia. Mi colega ya estaba en pie, acercándose a la mujer. Lo hizo disimuladamente y, justo cuando colgó, le preguntó algo. No lo entendí pero tuvo que ser gracioso, porque ambas rieron un poco. Dejé de prestar atención con los oídos, frustrado.
-¿Qué te ha dicho?-pregunté cuando regresó.
-Pues que el chico cogió un par de bolsas de debajo del asiento.
-La próxima vez pondré la mochila arriba o en el asiento donde pueda verlas.
-También me ha dicho que suele hacer este trayecto una vez al mes, igual que ella.
-Una chica observadora.
-Todas las mujeres lo somos.-sonrió con cierta malicia.
No sabría concretar si es algo que mi colega creía así o si lo dijo más por meterse un poco conmigo. Pensándolo bien, posiblemente por ambas razones.
La mujer del móvil tenía razón, el chico apareció con su mochila al hombro. Ahora presentaba un aspecto cansado. Decidimos observarlo. No teníamos pruebas de que hubiera sido él, aún debíamos conseguirlas. El tren llegó unos pocos minutos después, nos montamos en el mismo vagón.
domingo, 2 de diciembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (3) El comienzo del enigma.
A las siete y media de la mañana sonó el despertador. El sonido no lo reconocía. No era el mío, pero eso no importaba, sirvió a su propósito. Mi colega en la cama de al lado se levantó casi de un salto. Yo tardé algo más. Siempre he adorado esos minutos después de despertarse, sobre todo los días de frío.
Yo tomé leche con cacao bien cargado, con galletas de chocolate. No puedo evitarlo, las calorías son mi perdición. Mi colega, en cambio, podría decirse que es el espejo de la salud en persona: leche, cereales y fruta. Mientras, charlamos sobre a qué sitios íbamos a ir. En algunos ella ya había estado, en otros, no, pero de todos, al menos, tenía referencias.
No me llevó demasiado arreglarme, al hamere duchado la noche antes, lo único que hice fue darme un pequeño remojón para despejarme. Resulta increíble lo que nos condicionan las costumbres. Para mi resulta difícil salir de casa por la mañana sin haber pasado por la ducha. Ya vestido me asomé a la habitación. Mi colega estaba ultimando los detalles frente al espejo. Me resultó curioso ver a través del reflejo como se aplicaba la mascarilla en las pestañas. Una de esas cosas que uno ve de vez en cuando hacer a una amiga, una novia, una madre, pero nunca repara en ellas hasta que lo hace: también lo encontré sexy. Sé que estas cosas no tienen mucho que ver con el tema que nos ocupa, pero cuando me decidí a escribir sobre esto, decidí contarlo todo. Hasta el más mínimo detalle.
Cuando terminó, en apenas unos minutos, le dije.
-Perfecta.
Ella sonrió. No hacía falta que yo se lo dijera, lo sabía. Aún así, a mi me educaron de esa forma: a una mujer siempre hay que decirle que está guapa, sobre todo, cuando es verdad.
Ya en la calle de nuevo quedé en las manos de mi colega, aunque el camino era prácticamente el mismo sólo que a la inversa, el que ahora fuera de día, para mi convertía las calles en las de otra ciudad. Siempre me ha pasado igual.
Llegamos a la estación de trenes antes de las nueve, con más de veinte minutos para coger el nuestro. Pero viendo la enormidad que era el edificio no íbamos sobrados de tiempo. De hecho, cuando comenzamos a andar por los andenes, buscando en el que debíamos esperar, a mi se me asemejó a un laberinto. Desde luego aquella estación no está hecha para alguien que la conozca. Casi era una locura similar a la que veía en el conductor del autobús a mi llegada.
Una vez en el vagón me enseñó el mapita de la primera ciudad que visitaríamos. Dejé mi mochila con todas las cosas a un lado.
A mitad de trayecto, serían las diez y cinco de la mañana, recuerdo sacar la botella de agua para beber un poco y dejar la mochila abierta para poder guardarla y sacarla con facilidad. A las diez y cuarenta minutos, metí todo lo que estaba fuera y corrimos hacia la puerta del vagón. Era nuestra parada.
La estación de tren resultó no estar en el centro, cosa que me resultó bastante sorprendente. Creo que no he ido a ninguna ciudad en la que la estación principal no esté bien centrada. Pero eso nos dio la ocasión de dar un agradable paseo.
Si tuviera que definir el sitio donde estábamos en dos palabras creo que serían: bonito y peculiar.
Antes de comer, cerca de las dos de la tarde, un poco antes de tener que coger el tren hasta el siguiente destino, lo que hicimos fue lo típico que hace uno cuando es un turista despistado: andar, entrar en tiendas, hacer fotos, comprar alguna cosa, perderse y preguntar. Así que, un poco cansados, nos dispusimos a saciar el hambre, no demasiada, todo hay que decirlo. Saqué el agua, la bolsa con el pan, la bolsa con el embutido y, la bolsa con los quesos, no estaba. ¿Cómo era posible?
En ese momento saqué todo el contenido de la mochila y empezamos a analizarlo. No tuvimos que mirar demasiado para ver un hilo sintético, posiblemente de nylon, enganchado en una de las cremalleras de la mochila. Eso, a pesar de nuestra intención de mantenernos alejados del trabajo, provocó que nuestras mentes se pusieran en marcha. Ocurrió, como pasa demasiado a menudo, que la fuerza de la costumbre era demasiado poderosa. Teníamos ante nosotros un enigma: ¿qué había sido de la bolsa de quesos? Sé que te preguntarás porqué una pregunta, un enigma, era fuerza de la costumbre para nosotros; y no tengo inconveniente en decírtelo: mi colega y yo somos detectives privados.
Yo tomé leche con cacao bien cargado, con galletas de chocolate. No puedo evitarlo, las calorías son mi perdición. Mi colega, en cambio, podría decirse que es el espejo de la salud en persona: leche, cereales y fruta. Mientras, charlamos sobre a qué sitios íbamos a ir. En algunos ella ya había estado, en otros, no, pero de todos, al menos, tenía referencias.
No me llevó demasiado arreglarme, al hamere duchado la noche antes, lo único que hice fue darme un pequeño remojón para despejarme. Resulta increíble lo que nos condicionan las costumbres. Para mi resulta difícil salir de casa por la mañana sin haber pasado por la ducha. Ya vestido me asomé a la habitación. Mi colega estaba ultimando los detalles frente al espejo. Me resultó curioso ver a través del reflejo como se aplicaba la mascarilla en las pestañas. Una de esas cosas que uno ve de vez en cuando hacer a una amiga, una novia, una madre, pero nunca repara en ellas hasta que lo hace: también lo encontré sexy. Sé que estas cosas no tienen mucho que ver con el tema que nos ocupa, pero cuando me decidí a escribir sobre esto, decidí contarlo todo. Hasta el más mínimo detalle.
Cuando terminó, en apenas unos minutos, le dije.
-Perfecta.
Ella sonrió. No hacía falta que yo se lo dijera, lo sabía. Aún así, a mi me educaron de esa forma: a una mujer siempre hay que decirle que está guapa, sobre todo, cuando es verdad.
Ya en la calle de nuevo quedé en las manos de mi colega, aunque el camino era prácticamente el mismo sólo que a la inversa, el que ahora fuera de día, para mi convertía las calles en las de otra ciudad. Siempre me ha pasado igual.
Llegamos a la estación de trenes antes de las nueve, con más de veinte minutos para coger el nuestro. Pero viendo la enormidad que era el edificio no íbamos sobrados de tiempo. De hecho, cuando comenzamos a andar por los andenes, buscando en el que debíamos esperar, a mi se me asemejó a un laberinto. Desde luego aquella estación no está hecha para alguien que la conozca. Casi era una locura similar a la que veía en el conductor del autobús a mi llegada.
Una vez en el vagón me enseñó el mapita de la primera ciudad que visitaríamos. Dejé mi mochila con todas las cosas a un lado.
A mitad de trayecto, serían las diez y cinco de la mañana, recuerdo sacar la botella de agua para beber un poco y dejar la mochila abierta para poder guardarla y sacarla con facilidad. A las diez y cuarenta minutos, metí todo lo que estaba fuera y corrimos hacia la puerta del vagón. Era nuestra parada.
La estación de tren resultó no estar en el centro, cosa que me resultó bastante sorprendente. Creo que no he ido a ninguna ciudad en la que la estación principal no esté bien centrada. Pero eso nos dio la ocasión de dar un agradable paseo.
Si tuviera que definir el sitio donde estábamos en dos palabras creo que serían: bonito y peculiar.
Antes de comer, cerca de las dos de la tarde, un poco antes de tener que coger el tren hasta el siguiente destino, lo que hicimos fue lo típico que hace uno cuando es un turista despistado: andar, entrar en tiendas, hacer fotos, comprar alguna cosa, perderse y preguntar. Así que, un poco cansados, nos dispusimos a saciar el hambre, no demasiada, todo hay que decirlo. Saqué el agua, la bolsa con el pan, la bolsa con el embutido y, la bolsa con los quesos, no estaba. ¿Cómo era posible?
En ese momento saqué todo el contenido de la mochila y empezamos a analizarlo. No tuvimos que mirar demasiado para ver un hilo sintético, posiblemente de nylon, enganchado en una de las cremalleras de la mochila. Eso, a pesar de nuestra intención de mantenernos alejados del trabajo, provocó que nuestras mentes se pusieran en marcha. Ocurrió, como pasa demasiado a menudo, que la fuerza de la costumbre era demasiado poderosa. Teníamos ante nosotros un enigma: ¿qué había sido de la bolsa de quesos? Sé que te preguntarás porqué una pregunta, un enigma, era fuerza de la costumbre para nosotros; y no tengo inconveniente en decírtelo: mi colega y yo somos detectives privados.
jueves, 29 de noviembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (2)
Me dirigí con paso rápido, pero cansado, hacia mi colega. No tenía ganas de mojarme demasiado y su paraguas era la única protección que iba a encontrar contra la lluvia. Me maldije en voz baja por no haber echado uno y, sobre todo, por haber puesto el impermeable demasiado abajo en la maleta. Sacarlo en mitad de la calle no era una opción.
-¿Qué tal el viaje?-preguntó cuando me tuvo cerca.
-Bien, largo, pero bien.
Miraba a mi alrededor, tanteando mis bolsillos, asegurándome de no olvidarme o haber perdido algo. Cuando estuve seguro de que todo estaba en su sitio presté más atención a lo que tenía delante. Su pelo mostraba un nuevo peinado: corto, elegante, moderno y sugerente, y en la fragancia a cereza que desprendía su colonia. También me llamó la atención la equivalencia casi exacta entre el paraguas y su elegante chaqueta azul.
-Ha sido una suerte que pudieras venir a por mi.-dije con una media sonrisa-. Esto es un caos, ¿por dónde?
-Por aquí.-Echó a andar con paso rápido. El tacón de sus botines repiqueteaba contra el suelo cada vez más mojado.
La oscuridad resultaba desconcertante. A través de mis ojos percibía que debían ser cerca de las ocho de la tarde, pero la sensación en mi cuerpo no pasaba de las seis y pico. Aquella divergencia resultaba incómoda e inesperada. El cambio de longitud siempre me ha resultado más fácil de admitir que el de latitud.
-Vamos a ir a comprar antes.-me informó al tiempo que con la mano en la que llevaba el paraguas señaló que debíamos cruzar.
-Me parece perfecto. Tú guías.
El laberinto cuadrangular de calles, me sorprendió. Con la imagen del mapa online no podía hacerme una idea de la longitud que tenían, las había imaginado mucho más cortas.
-Esto es más grande de lo que pensaba.-comenté sin contener mi sorpresa.
-¿A qué engaña?
Asentí.
No recuerdo cuanta tiendas visitamos, pero sí que me encontré a mi colega perfectamente integrada. Para el tiempo que ella llevaba allí me parecía que había cogido un muy buen control del idioma. Lo cual o era verdad o, demostraba mi inexistente conocimiento.
Las bolsas de la compra pronto sumaron su peso al de mi maleta. No era tampoco demasiado, pero el volumen siempre se hace difícil de manejar.
-Ya llegamos, es aquel mortal.-señaló con un dedo.-Dejamos las cosas, damos una vuelta y luego cenamos, ¿por qué tú no tienes hambre todavía verdad?
-No, es pronto.-Y era verdad, no tenía apenas hambre. Es algo que me suele pasar, después de un viaje largo no tiendo a tener el estómago muy dispuesto a comer demasiado.
Subimos las escaleras que llevaban hasta su piso. No tenía el aspecto de ser demasiado viejo, pero tampoco demasiado nuevo. Cuando ví la llave me lo replanteé, tenía que ser un poco viejo. Pregunté dónde podía dejar las cosas, me estiré y, prácticamente, volvimos a salir. Justo cuando abríamos la puerta la de enfrente se cerróo rápidamente. Sólo me dió tiempo a ver un atisbo de rojo.
-Qué velocidad lleva tu vecino.-comenté casual.
-Todavía no lo he visto, ¿puedes creerlo?
-Si llevas aquí dos meses, no.
Se río con la broma.
-Apenas paso por casa, demasiado trabajo.
-Es siempre lo mismo, aquí o allí.-la resignación vibraba en mi voz.-Pero hoy, mañana y pasado no quiero saber nada de trabajo y tú, tampoco.
-¿Saber de...?
Reímos.
Seguía lloviendo.
-¿Qué tal el viaje?-preguntó cuando me tuvo cerca.
-Bien, largo, pero bien.
Miraba a mi alrededor, tanteando mis bolsillos, asegurándome de no olvidarme o haber perdido algo. Cuando estuve seguro de que todo estaba en su sitio presté más atención a lo que tenía delante. Su pelo mostraba un nuevo peinado: corto, elegante, moderno y sugerente, y en la fragancia a cereza que desprendía su colonia. También me llamó la atención la equivalencia casi exacta entre el paraguas y su elegante chaqueta azul.
-Ha sido una suerte que pudieras venir a por mi.-dije con una media sonrisa-. Esto es un caos, ¿por dónde?
-Por aquí.-Echó a andar con paso rápido. El tacón de sus botines repiqueteaba contra el suelo cada vez más mojado.
La oscuridad resultaba desconcertante. A través de mis ojos percibía que debían ser cerca de las ocho de la tarde, pero la sensación en mi cuerpo no pasaba de las seis y pico. Aquella divergencia resultaba incómoda e inesperada. El cambio de longitud siempre me ha resultado más fácil de admitir que el de latitud.
-Vamos a ir a comprar antes.-me informó al tiempo que con la mano en la que llevaba el paraguas señaló que debíamos cruzar.
-Me parece perfecto. Tú guías.
El laberinto cuadrangular de calles, me sorprendió. Con la imagen del mapa online no podía hacerme una idea de la longitud que tenían, las había imaginado mucho más cortas.
-Esto es más grande de lo que pensaba.-comenté sin contener mi sorpresa.
-¿A qué engaña?
Asentí.
No recuerdo cuanta tiendas visitamos, pero sí que me encontré a mi colega perfectamente integrada. Para el tiempo que ella llevaba allí me parecía que había cogido un muy buen control del idioma. Lo cual o era verdad o, demostraba mi inexistente conocimiento.
Las bolsas de la compra pronto sumaron su peso al de mi maleta. No era tampoco demasiado, pero el volumen siempre se hace difícil de manejar.
-Ya llegamos, es aquel mortal.-señaló con un dedo.-Dejamos las cosas, damos una vuelta y luego cenamos, ¿por qué tú no tienes hambre todavía verdad?
-No, es pronto.-Y era verdad, no tenía apenas hambre. Es algo que me suele pasar, después de un viaje largo no tiendo a tener el estómago muy dispuesto a comer demasiado.
Subimos las escaleras que llevaban hasta su piso. No tenía el aspecto de ser demasiado viejo, pero tampoco demasiado nuevo. Cuando ví la llave me lo replanteé, tenía que ser un poco viejo. Pregunté dónde podía dejar las cosas, me estiré y, prácticamente, volvimos a salir. Justo cuando abríamos la puerta la de enfrente se cerróo rápidamente. Sólo me dió tiempo a ver un atisbo de rojo.
-Qué velocidad lleva tu vecino.-comenté casual.
-Todavía no lo he visto, ¿puedes creerlo?
-Si llevas aquí dos meses, no.
Se río con la broma.
-Apenas paso por casa, demasiado trabajo.
-Es siempre lo mismo, aquí o allí.-la resignación vibraba en mi voz.-Pero hoy, mañana y pasado no quiero saber nada de trabajo y tú, tampoco.
-¿Saber de...?
Reímos.
Seguía lloviendo.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (1) Llegada.
Cuando cogí el autobús la madrugada del viernes dieciséis, poco podía imaginar que mis minivacaciones iban a convertirse en otra cosa. El viaje hasta el punto de destino fue bueno, aunque demasiado largo. Tener que economizar cogiendo vuelos baratos con múltiples trasbordos resulta siempre agotador.
A la llegada me recibió una suave lluvia, fresca. El cielo, además de gris, comenzaba a teñirse de negro. Eran poco más de las cinco de la tarde pero a mi me parecía que fuesen cerca de las siete. El resultado del cambio de latitud. Con mi maleta a cuestas alcancé la parada de autobús y miré los horarios: por diez míseros minutos se me había escapado. Tendría que esperar casi una hora. Con un gruñido me senté en el banco, serpenteante y verde, a esperar.
Tenía la mirada pendiente de los coches que pasaban, aburrido. Saqué el móvil y lo encendí para que fuera encontrando señal, por experiencias pasadas el "roaming" suele tardar bastante. Cerca de las seis menos veinte encontró red y comenzaron a llegarme SMS variados: los típicos de bienvenida, no me molesté en leerlos, y uno de mi collega allí y en cuya casa iba a alojarme esos días. Mi humor mejoró un poco cuando el texto apareció ante mi: podía ir a recogerme a la parada del autobus en la ciudad.
El trayecto del aeropuerto a la ciudad resultó cuanto menos, peculiar. Creo que en mi vida me he montado en uno que se llenara tanto, ni tampoco en el que el conductor, aparte de no usar los intermitentes y presionar el claxon cada dos por tres, se tuviera que poner a limpiar el cristal de vaho en cada ocasión que se detenía. También era la primera vez en la que nadie parecía saber indicarme, ni aproximadamente, dónde debía bajarme.
Reconozco que, cuanto más pasaba el tiempo y la luz iba volviéndose más oscura, crecía cierto desasosiego en mi estómago. La sensación de no saber dónde estaba era cada vez mayor, porque todos los cristales se habían vestido con una cortina blanca y brumosa: viajaba completamente a ciegas. Lo único que sabía era que estaba en el autobús correcto porque su número coincidía con el del horario en la parada: el dieciséis y que mi parada era la final.
Volví a preguntar, una vez más, tras nueve paradas, por la estación central y, por fin, alguien me contestó que aún quedaba bastante. No era la mejor respuesta pero con ese dato y los que ya tenía, opté por bajarme cuando todo el mundo lo hiciera. Ahí debía ser la última parada.
Al fin logré atisbar, por un pequeño resquicio entre los cristales completamente empañados, el enorme chorro de una fuente. Tenía que ser la parada. El lugar indicado días atrás por mi colega mediante google-maps mostraba una fuente inconfundible. Me bajé a toda prisa, agobiado de tanta gente que estábamos en aquel espacio reducido. Llovía con más intensidad. Busqué entre la gente unos metros más allá. Allí estaba mi colega. Sonreí, tenía un paraguas.
A la llegada me recibió una suave lluvia, fresca. El cielo, además de gris, comenzaba a teñirse de negro. Eran poco más de las cinco de la tarde pero a mi me parecía que fuesen cerca de las siete. El resultado del cambio de latitud. Con mi maleta a cuestas alcancé la parada de autobús y miré los horarios: por diez míseros minutos se me había escapado. Tendría que esperar casi una hora. Con un gruñido me senté en el banco, serpenteante y verde, a esperar.
Tenía la mirada pendiente de los coches que pasaban, aburrido. Saqué el móvil y lo encendí para que fuera encontrando señal, por experiencias pasadas el "roaming" suele tardar bastante. Cerca de las seis menos veinte encontró red y comenzaron a llegarme SMS variados: los típicos de bienvenida, no me molesté en leerlos, y uno de mi collega allí y en cuya casa iba a alojarme esos días. Mi humor mejoró un poco cuando el texto apareció ante mi: podía ir a recogerme a la parada del autobus en la ciudad.
El trayecto del aeropuerto a la ciudad resultó cuanto menos, peculiar. Creo que en mi vida me he montado en uno que se llenara tanto, ni tampoco en el que el conductor, aparte de no usar los intermitentes y presionar el claxon cada dos por tres, se tuviera que poner a limpiar el cristal de vaho en cada ocasión que se detenía. También era la primera vez en la que nadie parecía saber indicarme, ni aproximadamente, dónde debía bajarme.
Reconozco que, cuanto más pasaba el tiempo y la luz iba volviéndose más oscura, crecía cierto desasosiego en mi estómago. La sensación de no saber dónde estaba era cada vez mayor, porque todos los cristales se habían vestido con una cortina blanca y brumosa: viajaba completamente a ciegas. Lo único que sabía era que estaba en el autobús correcto porque su número coincidía con el del horario en la parada: el dieciséis y que mi parada era la final.
Volví a preguntar, una vez más, tras nueve paradas, por la estación central y, por fin, alguien me contestó que aún quedaba bastante. No era la mejor respuesta pero con ese dato y los que ya tenía, opté por bajarme cuando todo el mundo lo hiciera. Ahí debía ser la última parada.
Al fin logré atisbar, por un pequeño resquicio entre los cristales completamente empañados, el enorme chorro de una fuente. Tenía que ser la parada. El lugar indicado días atrás por mi colega mediante google-maps mostraba una fuente inconfundible. Me bajé a toda prisa, agobiado de tanta gente que estábamos en aquel espacio reducido. Llovía con más intensidad. Busqué entre la gente unos metros más allá. Allí estaba mi colega. Sonreí, tenía un paraguas.
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