Rembrand miró a la criatura que, a sus pies, se retorcía con dolorosos espasmos. La respiración del ser de piel azulada cada vez se hacía más débil y sonora. Una baba morada le desbordaba por la comisura de los labios y los ojos de pupilas rojas parecía que fuesen a salírsele y explotar. Entre la mueca de terror al saber que la muerte no tardaría en pasar a recogerlo, se lograba distinguir otra cosa, algo diferente, una pregunta que no podía formular con su garganta privada de todo aire, privada su lengua y privados sus labios de cualquier clase de fuerza. ¿Cómo? ¿Cómo? Esa era la pregunta no pronuncida en su rostro y que escapaba al horror paralizante de la cercana llegada de la parca. ¿Cómo?
-De verdad lo lamento, dador de deseos, de verdad. Lamento que hayas topado conmigo, que a fuerza de tantos deseos negados, de tantas heridas abiertas por los anhelos inalcanzables y que se torcieron, convirtiéndose en arena entre los dedos, y que el tiempo se negaba a curar. Al final quedé vacío de todo afan o sueño, y ahora no soy más que una cáscara que nada desea y que nada puede desear.
Mostrando entradas con la etiqueta tacilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tacilla. Mostrar todas las entradas
jueves, 10 de septiembre de 2015
martes, 27 de noviembre de 2012
La Rebelión de las Tazas (1)
Todo quedó en silencio y a oscuras. Tacilla tembló y avanzó lentamente, con cautela, hacia el borde de la cornisa. Asomó la cabeza y contempló la desolación que se extendía abajo, entre las sombras. Aquel día la batalla se cobraba más bajas que ningún otro. La escala creciente era la norma en los últimos tiempos. Cada noche era peor que la anterior.
Sabía que pronto le llegaría el turno. Aquel pensamiento no era nuevo, su ágil cerebro de porcelana lo imaginaba cada vez que cerraba los ojos, en una pesadilla horrenda. Pero no, no estaba dispuesta a permitir que sucediera. Para nada. El tiempo de permanecer tumbados y en silencio debía tocar a su fin. Alzó su bracito y desafió a la oscuridad y el silencio que los envolvía.
Sabía que pronto le llegaría el turno. Aquel pensamiento no era nuevo, su ágil cerebro de porcelana lo imaginaba cada vez que cerraba los ojos, en una pesadilla horrenda. Pero no, no estaba dispuesta a permitir que sucediera. Para nada. El tiempo de permanecer tumbados y en silencio debía tocar a su fin. Alzó su bracito y desafió a la oscuridad y el silencio que los envolvía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)