"400 Cartas Azules", así se titulaba aquel libro, un libro más en el estante de una librería, uno más de entre los que se escribieron y se escribirían sobre el amor, pero para los que llegaron a cogerlo entre sus manos y leer parte alguna, sobre todo la que hablaba sobre el origen del libro, posiblemente se sorprenderieron y dejaron de pensar que era un libro más, uno de tantos; porque entre sus hojas habitaba un alma que nunca dejaría de amar.
"¿Cómo empezó?" Esa es la pregunta para la que ahora quieres, seguro, una respuesta. Pues de una forma sencilla. Después de la muerte de mi amigo Roberto, con 37 años, demasiado jóven dirán muchos, pero uno no se muere cuando quiere, sino cuando le toca, y a él le tocó en ese momento, en aquel cruce un día lluvioso cerca de las 12 de la noche y un autobús que no logró frenar a tiempo; recayó en mí guardar sus cosas, seleccionar qué se quedaba y qué se tiraba o enviaba a alguna beneficiencia, y así fue como me encontré una caja de madera, una especie de estuche en el que al principio pensé que encontraría óleos pero no, lo que había en el interior eran un montón de sobres de color azul. Todos iban dirigidos a la misma persona, Ana, y todos estaban fechados. Me quedé mirándolos durante varios minutos mientras no quería creerme que lo hubiera hecho, hacía más de un año que habíamos tenido la conversación, en el café de siempre. Las palabras de Roberto resonaron en mi cabeza con fuerza:
--¿Sabes lo que voy a hacer? --dijo super convencido.
--No.
--Escribirle, escribirle todos los días.
--¿Para qué? Estás diciendo una tontería.
--Puede, pero es lo que quiero hacer, no tendrá sentido, será una locura, pero es lo que me pide el cuerpo, es lo único que puedo hacer.
--Es una locura, eso te lo digo yo ya.
--No lo es, porque cuando nuestros caminos vuelvan a encontrarse, que lo harán, se las daré, todas, una por cada día, una por cada día que la amé.
--Y entonces te encerrarán.
--Ríete, pero sabes que lo haré, me conoces.
--Sí, claro que sí.
Eso fue lo que dije y donde se terminó la conversación. Desde luego que había esperado que escribiera unas pocas, al menos las dos primeras semanas, pero después, después no lo podía creer, sencillamente. No después de que estuviera un par de meses con Mercedes y después de eso, y de no haber ocurrido el accidente aquel fatídico 23 de Marzo, habría cumplido seguro el año con Aurora.
«Así que lo hiciste, maldito y querido loco», pensé al rato cuando mi mente se recuperó de los recuerdos. Empecé a pasar los dedos entre los sobres, contándolos, y entonces lo vi, uno de un color diferente, uno morado que en la multitud de azules, me había pasado desapercibido. Lo saqué, curioso y leí con incredulidad, Esteban, mi nombre. Con las manos temblorosas y el pulso acelerado, lo abrí. El mensaje era breve y el alma se me cayó a los pies. Quería que yo me encargara de dárselas. Desconozco el porqué, pero lo cierto es que la única pregunta que me vino a la cabeza fue: ¿Cómo? Lo primero que se me ocurrió y en lo que invertí cerca del primer mes fue en intentar localizar a Ana por amigos comúnes, en las redes sociales, pero fue sin éxito, nuestra relación en general, la del grupo de amigos, no acabó demasiado bien y Ana parecía estar fuera de mi alcance. Así fue como, un día de tormenta durante el verano, uno de los poquísimos que hubo, y a la luz de las velas por el apagón, se me ocurrió. Me ví obligado a abrir cada una de las cartas, leerlas y transcribirlas al ordenador. Fueron unas semanas de trabajo árduo y muy doloros, aunque también muy gratificante, la sensibilidad de Roberto así como su pasión y el amor que destilaban eran únicos, era imposible no vibrar, reír y llorar. Estaba convencido que si lograba publicar aquellas cartas, 400, 400 días, 400 mensajes ininterrumpidos de amor, antes o después llegarían hasta Ana. Y así fue como surgió el "400 Cartas Azules", firmado bajo seudónimo y con una única dedicatoria al principio: "A Ana".
"¿Qué si Ana lo leyó?" Te puedo asegurar que lo hizo. ¿Recuerdas aquella chica de cabellos rubios y rizados, jersey verde y vaqueros celestes, que estaba sentada justo a la entrada hace media hora? Pues era ella y justo antes de que se marchara la he visto cerrar la última página.
jueves, 8 de septiembre de 2016
miércoles, 7 de septiembre de 2016
El Pacto de los Amantes
... El silencio de la multitud, la ausencia de rostros en un mar de caras, el frío gélido del invierno en un día de verano, una luz suave y vibrante donde el sol golpeaba con toda su fuerza, todo esto y más los rodeaba; pero no importaba. Nada importaba, sólo sus miradas, sólo el sonido de sus corazones acelerados, sólo el tacto de su piel. Respirar no era fácil, apresados los pulmones por el anhelo del momento, atenazado el estómago por la demora, por la impaciencia. Una sonrisa que únicamente el otro podía entender cruzó uno de los rostros, uno sobre un cuello cuyo cuerpo se escondía dentro de una piel blanca, larga y aterciopelada, una piel que era suya nada más que aquel día. La magia, únicamente visible para sus ojos, ganaba fuerza, completando cada punzada que había de tejer las hebras del hechizo que transformaría dos vidas en una vida de dos vidas y, al fin, llegó ese primer beso después de muchos, ese último beso al que seguirían muchos más, ese beso...
viernes, 10 de junio de 2016
Rendición
No podía creerlo, sencillamente no podía. Camaris no había dormido aquella noche. La inminente batalla lo había mantenido despierto, así que estaba allí, sobre la colina en la que habían desplegado el campamento sus fuerzas, cuando las puertas del castillo se abrieron de par en par, el rastrillo subió con el sonído metálico e intermitente de las cadenas y el puente levadizo cayó pesadamente. Sin duda fue una imagen que no esperaba ver. Abrió la boca para ladrar órdenes a sus hombres y hacer frente a una salida de los soldados en el castillo, cuando solamente cruzó el umbral un pequeño grupo de cuatro jinetes portando una banderola blanca y azul.
--¿Parlamento? --Lanzó la pregunta al aire, sin que hubiera nadie cerca como para oírlo o responderle. Se giró con brusquedad y clavó la vista en el soldado más cercano --¡Que traigan mi caballo! ¡Y que me acompañe mi escolta! ¡De inmediato!
Camaris lanzó una mirada alrededor antes de subirse a su montura, buscando a una persona de la que no había sabido nada en toda la noche. Una idea pesada como una losa cruzó su mente y sintió cómo el estómago se le tensaba: «¿Podía ser que...? No, no es posible».
La partida del castillo aguardaba a mitad del camino. Camaris y los suyos no tardaron en llegar hasta ellos y en cuanto lo hicieron, el viejo general se quitó el casco y el resto, tanto de un bando como de otro, lo imitaron. Los rostros enemigos dejaron ver el nerviosismo que sentían, pero no era sólo eso, también podía notarse el miedo. Un miedo profundo y terrible. Miedo puro y sin tapujos.
--General Camaris --dijo respetuosamente el que parecía liderar al grupo.
--De Dubré --contestó, provocando la respuesta en el otro que sin duda no esperaba que el comandante enemigo supiera su nombre.
--La plaza es vuestra --informó con pesar.
--¿Puedo saber el motivo de tan súbito cambio de parecer? ¿Y el Maestre Cornel?
--Muerto. Muerto junto a todos sus oficiales y tres de sus hombres de confianza.
«¡Por los Dioses! ¿Qué has hecho? ¿Qué demonios has hecho, chico?», las preguntas cruzaron fugaces por la mente del general, que no dejó que
--¿Parlamento? --Lanzó la pregunta al aire, sin que hubiera nadie cerca como para oírlo o responderle. Se giró con brusquedad y clavó la vista en el soldado más cercano --¡Que traigan mi caballo! ¡Y que me acompañe mi escolta! ¡De inmediato!
Camaris lanzó una mirada alrededor antes de subirse a su montura, buscando a una persona de la que no había sabido nada en toda la noche. Una idea pesada como una losa cruzó su mente y sintió cómo el estómago se le tensaba: «¿Podía ser que...? No, no es posible».
La partida del castillo aguardaba a mitad del camino. Camaris y los suyos no tardaron en llegar hasta ellos y en cuanto lo hicieron, el viejo general se quitó el casco y el resto, tanto de un bando como de otro, lo imitaron. Los rostros enemigos dejaron ver el nerviosismo que sentían, pero no era sólo eso, también podía notarse el miedo. Un miedo profundo y terrible. Miedo puro y sin tapujos.
--General Camaris --dijo respetuosamente el que parecía liderar al grupo.
--De Dubré --contestó, provocando la respuesta en el otro que sin duda no esperaba que el comandante enemigo supiera su nombre.
--La plaza es vuestra --informó con pesar.
--¿Puedo saber el motivo de tan súbito cambio de parecer? ¿Y el Maestre Cornel?
--Muerto. Muerto junto a todos sus oficiales y tres de sus hombres de confianza.
«¡Por los Dioses! ¿Qué has hecho? ¿Qué demonios has hecho, chico?», las preguntas cruzaron fugaces por la mente del general, que no dejó que
sábado, 28 de mayo de 2016
Asedio
Camaris se agarró uno de los pocos mechones de pelo que le quedaban sobre la cabeza, lo estrujó y lió antes de soltaro y emitir un largo suspiro cargado de resignación.
--Es imposible --aseveró el anciano general --. Del todo imposible. ¡Maldita sea su estupidez! Si hubieramos atacado cuando el comandante Márel aconsejó y no cuando ordenó ese maldito bastardo advenedizo del hermano del rey, habríamos tomado la fortaleza sin apenas perder un hombre; pero ahora, ahora que se han acontonado todas las fuerzas renmitas vamos a necesitar toda el apoyo de Dios posible y una gran cantidad de buena suerte. --Escupió al suelo con desprecio --. ¡Malnacido! Tengo que enviar miles de hombres a la muerte por el capricho de un noble. Los odio. Los odio a todos.
--Dejádmelo a mí --solicitó una voz tras Camaris, que se volvió hacia su origen.
--¿Te has vuelto loco? Te matarán en cuanto te acerques a la muralla. Y aun cuando lograras acercarte al maestre Cornel y sus leales, ¿qué crees que sucederá? No son pomposos idiotas de palacio. Hablamos de hombres curtidos en batalla. Y no batallas cualquiera. Lo que hicieron en las Quebradas se estudia en todas las academias de guerra. Incluidas las de allende los mares. No. Morirás.
--Seguís sin tener fe en mis habilidades después de todo.
--Nunca he enviado a los hombres a una misión imposible. No voy a empezar ahora. El castillo caerá, pero habrá de acerlo como siempre se ha hecho, pagando el precio: tiempo y sangre, mucha sangre.
--Si os deja dormir mejor no me enviais, yo mismo lo hago. Al alba el castillo será vuestro.
--Estás loco, pero si lo que quieres es morir no seré yo quien te lo impida.
Camaris volvió otra vez su vista hacia el castillo, a lo lejos, sobre el pesado y desafiante peñasco. Las almenas se teñian de rojo. El atardecer moría a sus espaldas.
--Es imposible --aseveró el anciano general --. Del todo imposible. ¡Maldita sea su estupidez! Si hubieramos atacado cuando el comandante Márel aconsejó y no cuando ordenó ese maldito bastardo advenedizo del hermano del rey, habríamos tomado la fortaleza sin apenas perder un hombre; pero ahora, ahora que se han acontonado todas las fuerzas renmitas vamos a necesitar toda el apoyo de Dios posible y una gran cantidad de buena suerte. --Escupió al suelo con desprecio --. ¡Malnacido! Tengo que enviar miles de hombres a la muerte por el capricho de un noble. Los odio. Los odio a todos.
--Dejádmelo a mí --solicitó una voz tras Camaris, que se volvió hacia su origen.
--¿Te has vuelto loco? Te matarán en cuanto te acerques a la muralla. Y aun cuando lograras acercarte al maestre Cornel y sus leales, ¿qué crees que sucederá? No son pomposos idiotas de palacio. Hablamos de hombres curtidos en batalla. Y no batallas cualquiera. Lo que hicieron en las Quebradas se estudia en todas las academias de guerra. Incluidas las de allende los mares. No. Morirás.
--Seguís sin tener fe en mis habilidades después de todo.
--Nunca he enviado a los hombres a una misión imposible. No voy a empezar ahora. El castillo caerá, pero habrá de acerlo como siempre se ha hecho, pagando el precio: tiempo y sangre, mucha sangre.
--Si os deja dormir mejor no me enviais, yo mismo lo hago. Al alba el castillo será vuestro.
--Estás loco, pero si lo que quieres es morir no seré yo quien te lo impida.
Camaris volvió otra vez su vista hacia el castillo, a lo lejos, sobre el pesado y desafiante peñasco. Las almenas se teñian de rojo. El atardecer moría a sus espaldas.
lunes, 11 de enero de 2016
Caída (i)
Miró hacia atrás, girando el cuello y sin dejar de correr, lo justo para comprobar que aún seguían tras él. La punzada del miedo se hizo mayor y amenazó con paralizar todo su cuerpo allí mismo. La respiración, acelerada por la carrera y la adrenalina, se volvió más pesada, más difícil. Se golpeó la rodilla izquierda contra la esquina de una mesa vieja y rota que alguien había dejado tirada en medio de la azotea, y trastabilló. Tocó el suelo, pero apoyó la mano para evitar caer del todo. La palma comenzó a arderle y no tardó en sentir una sensación tibia y viscosa. Estaba sangrando, pero no tenía tiempo de ver si la herida era grave o no. Volvió a lanzar una mirada a su espalda, sus perseguidores no se veían, pero era consciente de que continuaban tras él. Podía notarlos. El techo por el que corría terminaba. Se detuvo brúscamente al chocar contra la oxidada barandilla. Desde allí podía contemplar los otros edificios que sobresalían, más bajos, iguales, o más altos que en el que él estaba, por encima de la nube de contaminación que ocultaba los sectores inferiores. No volvió a mirar hacia atrás para ver cuánta distancia de ventaja tenía, no era necesario, el hedor le hizo saber que se encontraban justo trás él. Lo pensó dos veces pero tan rápido que fue como si no lo hiciera. Se cogió a la barandilla con las manos, clavó un pie y se impulsó. Comenzó a caer. Primero una caída de casi doscientos metros hasta la bruma de basura, después de eso aún le aguardaban varios centenares más de metros, eso si no se aplastaba antes contra algún saliento o los restos de los edificios en ruinas. La aceleración no tardó en verse sustituida por una sensación de ingravidez. Tomó la última bocanada de aire antes de penetrar la nube. Cerró los ojos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)