El traqueteo del tren comenzó brusco, luego suave y constante. Al mismo tiempo empezamos con el trabajo de observación. Puede parece algo fácil en un vagón de tren, pero el mirar a alguien sin que se de cuenta durante mucho rato es un arte, porque todos sabemos que cuando nos miran sentimos esa sensación que nos hace mirar atrás.
-Mira.-le dije a mi colega cuando vi que el chico sacaba el teléfono del bolsillo soltando un montón de hilos idénticos al que habíamos encontrado.
-Tiene el bolsillo roto, seguro.- me afirmó ella, rotunda.
-¿Qué está diciendo?
-Si me hablas no puedo intentar enterarme.
Cerré la boca. Tenía razón.
La conversación por el móvil no duró más de dos minutos. Mi colega me miró y se encogió de hombros. Torcí el gesto. La verdad es que no sé qué había esperado. No creo que nadie se ponga a hablar de unos quesos que ha robado, claro que tampoco conozco a nadie que robe unos quesos salvo que es que tenga mucha hambre y, tampoco parecía que el chaval estuviera famélico. Me apretujé un poco en mi asiento. No pude evitar preguntarme qué estabamos haciendo y si seríamos adictos al trabajo. Ese fin de semana se supone que iban a ser vacaciones y allí estábamos ahora, persiguiendo a un tipo. Aunque desde luego, por mi parte tengo que reconocer que mi colega distaba mucho del arquetipo de mis compañeros habituales en este tipo de aventuras. De los cuales, decir que el Gran Hugo era la mejor compañía era mucho. Con él habríamos tenido que ir en asientos separados porque él no habría cabido en uno. Por eso le decimos "el Gran Hugo".
Un carraspeo suave de mi colega me sacó de mi ensimismamiento apático. El hombre acababa de ponerse en pie y cogía su mochila medio abierta. Dentro pudimos ver con claridad una bolsa de plástico con el dibujo de la tienda donde los habíamos comprado.
-Es él, sin duda.-dije levantándome con la clara intención de ir a recuperar nuestros quesos, olvidándome de que no sabía como se lo iba a decir. Un tirón en mi chaqueta me detuvo.
-¿Dónde vas?-tardé unos instantes en reaccionar. En sus ojos se dibujaba una mirada depredadora.- Aún no hemos solucionado esto.
El chico fue un momento al servicio, no lo perdimos de vista en ningún momento.
La siguiente parada no tardó en llegar, la última antes de que fuera la nuestra. El chico no se movió. En ese momento me asaltó la duda de y si continuaba el viaje. No tendríamos tiempo de comprar otro billete y el revisor aún no había pasado. Si lo hacía antes de llegar a nuestra parada no sería un problema, no iban a pedirnoslo dos veces.
Nuestra parada se aproximaba. Nuestro sospechoso se levantó con clara intención de ir a la puerta de salida. No hacía más que mirar el reloj, nervioso.
Nos bajamos junto a la mayor parte del tren. La estación estaba bastante llena, más que por la mañana, lo que no era algo demasiado raro, supuse. Comenzamos a andar, sin quitarle un ojo, entre el laberinto de andenes. Vi como la salida que yo conocía quedaba atrás.
Cuando salimos al exterior me chocó la oscuridad reinante. Sabía que no me iba a acostumbrar en dos días y, realmente, seguramente aquello fuera algo a lo que jamás me pudiera acostumbrar. El chico se lanzó a la carretera para cruzar justo cuando pasaba un autobús y casi lo perdimos, lo que nos obligó a correr un poco para volverlo a tener a una distancia prudencial.
-¿Te suena esta zona de la ciudad?-le pregunté a mi colega mientras sacaba los guantes del bolsillo del abrigo. Con la ausencia de sol la temperatura empezaba a bajar. Además, tenía la sensación de que pronto iba a llover.
-Vagamente.-seguía con aquella mirada depredadora.
Tengo que reconocer que en otras circunstancias el hecho de perderme en una ciudad desconocida acompañado de una mujer guapa me habría resultado atractivo e, incluso, sugerente, pero persiguiendo a alguien y más teniendo en cuenta que mi dominio del idioma era poco menos que nulo, lo cierto es que me causaba un tanto de aprensión; pero no estaba dispuesto a dejar que se me notara. No habría sido profesional. Aunque echaba de menos el no tener un plano de la ciudad en el bolsillo. Me anoté mentalmente que, la próxima vez que fuera a una ciudad desconocida, sin importar las circunstancias me haría de un mapa.
-¿Dónde está?-lo había perdido de vista mientras limpiaba mis gafas, empañadas. Había comenzado a caer una lluvia incómoda, de esa intermitente. Mi colega me señaló con un gesto de la barbilla. Lo localicé al ponerme de nuevo las lentes.
-¿Qué te apuestas a que entra ahí?-su vista estaba fija en el escaparate de un local en el que, para saber qué se hacía en él no me hizo falta saber ni un ápice de otro idioma. Las tiendas de "Compro Oro" se ve que poseen un tipo de escaparate universal además de que, la palabra "Oro", se escribe exactamente igual.
-Tengo que reconocer que me siento mucho más intrigado.-reconocí cuando vi que, efectivamente, desparecía en el interior. Suspiré aliviado de no haber apostado nada. No me gusta hacerlo y menos cuando tengo la seguridad de que voy a perder. En ese momento tuve la sensación de que allí había algo más.-¿Hay algo qué no me hayas contado?-susurré apoyándome en la pared.
Mi colega sonrió enigmática.
-Pensaba que no ibas a darte cuenta nunca.
-Eso es demasiado tiempo, ¿no crees? -rió mientras de un bolsillo interior de su abrigo sacaba el móvil y me mostraba un par de fotos de artículos de un periódico.-¿Qué pone?
-Son noticias de una serie de robos a joyerías por todo el país.
-¿Y crees qué nuestro ladrón de quesos tiene que ver con eso?
Volvió a sonreir mientras asentía.
-Eras bueno abriendo bolsas y bolsillos, ¿verdad?
Enarqué una ceja ante la pregunta y luego asentí. Era cierto que tenía cierta habilidad para eso y que, más de una vez por motivos de trabajo había hecho uso de ella, aunque desde luego no me enorgullecía. No demasiado al menos.
-Espero que sigas siéndolo, porque esto es lo que haremos...
Me contó el plan al oído.
El chico salió del local unos cuarenta y cinco minutos más tarde. Nos habíamos situado en puntos diferentes de la calle. Si venía hacía mi tendríamos que correr un poco, pero tuvimos suerte y sus pasos lo llevaron de frente a mi colega que, en cuanto llegó a su altura, lo detuvo para preguntarle por una calle. Se revolvió nervioso pero intentó explicarle como llegar. Una de las ventajas de tener una cara bonita. Para antes de eso yo ya me había colocado en su espalda y, en el momento en el que se despistó ante la pregunta ya había rajado su mochila por abajo. Para cuando comenzó a responder la pregunta ya tenía la bolsa en mis manos y me alejaba varios metros. Mi colega y yo habíamos acordado encontrarnos en una parada de autobús en una perpendicular, a unos doscientos metros.
-¿La tienes?-preguntó en cuanto llegó a donde yo estaba. Levanté la bolsa para que la viera como respuesta.
-Aún no la he abierto.-se la entregué.-Tu corazonada, tu caso.-sonreí.
A la débil luz del cartel publicitario de la parada de autobús abrimos la bolsa, en ella había varios quesos de un tipo que allí llaman "burrata" y que, si alguna vez vais a Italia os recomiendo encarecidamente que probéis. Sacó unos cuantos pañuelos de papel y luego uno de los quesos, con cuidado lo partió.
-Algo me dice que ese no es el relleno que me habías dicho que traían estos quesos.-murmuré cuando entre la masa de dentro se veía algo que parecían cristales pulidos.
-Tenía razón.- Exclamó triunfal mientras me enseñaba más de cerca uno. Ante mi tenía un pequeño diamante. Sonreí mientras asentía.
-No lo dudé por un momento. ¿Y ahora qué?
-¿Tienes ganas de seguir con las vacaciones mañana?.-me preguntó. Analicé por unos momentos su mirada. Ya había logrado lo que quería.
-Sí, para poder enseñar alguna foto cuando me pregunten donde he estado.
Rió con ganas.
El lunes por la mañana, antes de que me marchara, mientras desayunábamos mi colega me plantó una noticia de un periódico local en la pantalla de su móvil. Tragué el trozo de galleta que tenía en la boca y, aunque esa vez había sido capaz de entender, más o menos, el titular, pregunté.
-¿Qué pone?
El triunfo se dibujaba en cada centímetro de su cara.
-Básicamente que la policía ha logrado desmantelar una banda organizada especializada en el robo de joyas y que estaba causando estragos por todo el país gracias a un soplo anónimo.
-Enhorabuena..-dije.-Aunque es una pena que por mis vacaciones hayas perdido el crédito por esto.-se encogió de hombros. Ambos sabíamos que en realidad aquello era lo que menos importaba de todo. Lo importante era resolver el enigma. Con eso en mente no puede evitar formular la cuestión que llevaba rondando mi cabeza todo el tiempo.-¿Qué te hizo suponer que nuestro ladrón de quesos tenía algo que ver con todo esto?
-Bueno,-se reclinó en el asiento mientras tomaba la taza de café caliente entre las dos manos.-en realidad no estaba segura de que tuviera que ver con esto, pero no pude evitar pensar que si alguien se llevaba una bolsa de quesos era por un motivo.-sonrió.-Estoy segura de que su bolsa se mezcló con la nuestra y no supo cual era cual, así que, ante la duda, se llevó las dos.
-Tienes toda la razón. Aunque me podrías haber contado antes lo de los robos.
-Tenía curiosidad por ver cuanto tardabas en darte cuenta.
Rió, y yo me contagié de su risa. Lamenté mucho tener que coger el vuelo tan pronto.
lunes, 7 de enero de 2013
martes, 25 de diciembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (4) Desenrollando la Madeja.
Allí estábamos los dos, sentados en un banco en plena estación de tren de un pequeño pueblecito al sur de Italia, esperando. Alguien había robado de mi mochila la bolsa con los quesos. Podríamos haber ido a la policía, posiblemente es lo que deberíamos haber hecho, pero, por un lado no eramos capaces de dejar pasar la oportunidad de resolverlo y por otro, casi con toda seguridad la policía no habría hecho nada.
La aguja larga se deslizaba lentamente. De vez en cuando una voz salía de los altavoces. Habíamos tenido el tiempo suficiente para hacer memoria. Desde que saliéramos de Bari fueron cuatro paradas hasta nuestro destino. El vagón en ningún momento había estado demasiado lleno, como mucho diez personas. Un viejo de gafas redondas y cristales gruesos que viajaba en el asiento más cercano a la salida en el mismo sentido del trayecto, dormitando apoyado sobre a ventana durante todo el trayecto y que había continuado la marcha después de bajarnos nosotros. Una pareja cercana a los treinta con vestimentas de sport y de nylon posiblemente, candidatos por el material pero no por el color, abrigos plateados frente al hilo azulado, y porque nunca habían estado cerca de nuestros asientos. Dos señoras que hablaban demasiado rápido y muy alto, con ropas de color oscuro que se montaron y bajaron a la vez que nosotros. Un grupo de chavales de instituto. Una chica que no paraba de hablar por el móvil con un jersey rosa chicle, justo detrás de nosotros y un joven, veintiuno, con un chandal nike blanco y azul, con una mochila al hombro. También tenía el pelo corto y moreno y su cara era bastante ancha y cuadrada. Sus hombros estaban bastante elevados y la espalda ancha, por lo que era fácil deducir que le gustaba machacarse en el gimnasio. Éste era nuestro mejor candidato. Había tenido tiempo, la oportunidad y bajó del tren en la misma parada que nosotros. Aunque eso sí, el motivo seguía siendo un misterio.
Puede resultar raro que haya hecho esa descripción tan clara de todos los que iban en el vagón con nosotros, pero, como decía antes, la fuerza de la costumbre es increíblemente poderosa y, aunque no quiera, mi mente está tan acostumbrada a fijarse en todo que luego solo tengo que recordar y, anotar. Y además, no estaba sólo, éramos dos, por lo que poco se nos podía escapar.
-¿Estás segura de lo que te ha dicho?-pregunté a mi colega. Ella había estado hablando un buen rato con un hombre que parecía trabajar en la estación, ya que vestía el traje típico de los revisores y estaba allí al bajar y seguía estando cuando regresamos. El hombre se había mostrado increíblemente cooperador. Hay tipos por ahí realmente convincentes, capaces de obtener respuestas de casi todo el mundo, porque simplemente provocan pánico; pero estos a veces fallan. Sin embargo, una cara bonita con una buena mirada y una sonrisa estudiada es la llave perfecta para cualquier secreto. Las mujeres como mi colega son las que realmente me dan miedo. No creo que nadie pueda guardarles un secreto, lo que a veces tengo que reconocer, no hace que me sienta tranquilo. Aunque, afortunadamente, ella no abusa de ese arma, aunque podría.
-Completamente.-me contestó segura. Tenía que creermelo porque mi conocimiento de italiano era menor que cero y allí el inglés, como ya dije, es un idioma no demasiado extendido, igual que en mi querida tierra natal. Además, sus años de experiencia eran tantos como los míos. Si había algún error sólo podía estar en la fuente y, en un proceso como el que estábamos siguiendo, eso ocurre más a menudo de lo que nos gustaría.
-Entonces esperaremos.
La manecilla larga se puso en el doce, dando las cinco en punto. Un tren pasó de largo con estruendo y levantando una ventolera. Daba cierto miedo cuando los vagones pasaban a toda velocidad. Estaba absorto, viendo como se alejaba cuando mi colega me dió un leve codazo para llamar mi atención.
-Mira.-seguí su mirada hasta dar con la mujer del móvil. Estaba hablando.
-¿Y si le preguntas?
Realmente no hacía falta que hiciera la sugerencia. Mi colega ya estaba en pie, acercándose a la mujer. Lo hizo disimuladamente y, justo cuando colgó, le preguntó algo. No lo entendí pero tuvo que ser gracioso, porque ambas rieron un poco. Dejé de prestar atención con los oídos, frustrado.
-¿Qué te ha dicho?-pregunté cuando regresó.
-Pues que el chico cogió un par de bolsas de debajo del asiento.
-La próxima vez pondré la mochila arriba o en el asiento donde pueda verlas.
-También me ha dicho que suele hacer este trayecto una vez al mes, igual que ella.
-Una chica observadora.
-Todas las mujeres lo somos.-sonrió con cierta malicia.
No sabría concretar si es algo que mi colega creía así o si lo dijo más por meterse un poco conmigo. Pensándolo bien, posiblemente por ambas razones.
La mujer del móvil tenía razón, el chico apareció con su mochila al hombro. Ahora presentaba un aspecto cansado. Decidimos observarlo. No teníamos pruebas de que hubiera sido él, aún debíamos conseguirlas. El tren llegó unos pocos minutos después, nos montamos en el mismo vagón.
La aguja larga se deslizaba lentamente. De vez en cuando una voz salía de los altavoces. Habíamos tenido el tiempo suficiente para hacer memoria. Desde que saliéramos de Bari fueron cuatro paradas hasta nuestro destino. El vagón en ningún momento había estado demasiado lleno, como mucho diez personas. Un viejo de gafas redondas y cristales gruesos que viajaba en el asiento más cercano a la salida en el mismo sentido del trayecto, dormitando apoyado sobre a ventana durante todo el trayecto y que había continuado la marcha después de bajarnos nosotros. Una pareja cercana a los treinta con vestimentas de sport y de nylon posiblemente, candidatos por el material pero no por el color, abrigos plateados frente al hilo azulado, y porque nunca habían estado cerca de nuestros asientos. Dos señoras que hablaban demasiado rápido y muy alto, con ropas de color oscuro que se montaron y bajaron a la vez que nosotros. Un grupo de chavales de instituto. Una chica que no paraba de hablar por el móvil con un jersey rosa chicle, justo detrás de nosotros y un joven, veintiuno, con un chandal nike blanco y azul, con una mochila al hombro. También tenía el pelo corto y moreno y su cara era bastante ancha y cuadrada. Sus hombros estaban bastante elevados y la espalda ancha, por lo que era fácil deducir que le gustaba machacarse en el gimnasio. Éste era nuestro mejor candidato. Había tenido tiempo, la oportunidad y bajó del tren en la misma parada que nosotros. Aunque eso sí, el motivo seguía siendo un misterio.
Puede resultar raro que haya hecho esa descripción tan clara de todos los que iban en el vagón con nosotros, pero, como decía antes, la fuerza de la costumbre es increíblemente poderosa y, aunque no quiera, mi mente está tan acostumbrada a fijarse en todo que luego solo tengo que recordar y, anotar. Y además, no estaba sólo, éramos dos, por lo que poco se nos podía escapar.
-¿Estás segura de lo que te ha dicho?-pregunté a mi colega. Ella había estado hablando un buen rato con un hombre que parecía trabajar en la estación, ya que vestía el traje típico de los revisores y estaba allí al bajar y seguía estando cuando regresamos. El hombre se había mostrado increíblemente cooperador. Hay tipos por ahí realmente convincentes, capaces de obtener respuestas de casi todo el mundo, porque simplemente provocan pánico; pero estos a veces fallan. Sin embargo, una cara bonita con una buena mirada y una sonrisa estudiada es la llave perfecta para cualquier secreto. Las mujeres como mi colega son las que realmente me dan miedo. No creo que nadie pueda guardarles un secreto, lo que a veces tengo que reconocer, no hace que me sienta tranquilo. Aunque, afortunadamente, ella no abusa de ese arma, aunque podría.
-Completamente.-me contestó segura. Tenía que creermelo porque mi conocimiento de italiano era menor que cero y allí el inglés, como ya dije, es un idioma no demasiado extendido, igual que en mi querida tierra natal. Además, sus años de experiencia eran tantos como los míos. Si había algún error sólo podía estar en la fuente y, en un proceso como el que estábamos siguiendo, eso ocurre más a menudo de lo que nos gustaría.
-Entonces esperaremos.
La manecilla larga se puso en el doce, dando las cinco en punto. Un tren pasó de largo con estruendo y levantando una ventolera. Daba cierto miedo cuando los vagones pasaban a toda velocidad. Estaba absorto, viendo como se alejaba cuando mi colega me dió un leve codazo para llamar mi atención.
-Mira.-seguí su mirada hasta dar con la mujer del móvil. Estaba hablando.
-¿Y si le preguntas?
Realmente no hacía falta que hiciera la sugerencia. Mi colega ya estaba en pie, acercándose a la mujer. Lo hizo disimuladamente y, justo cuando colgó, le preguntó algo. No lo entendí pero tuvo que ser gracioso, porque ambas rieron un poco. Dejé de prestar atención con los oídos, frustrado.
-¿Qué te ha dicho?-pregunté cuando regresó.
-Pues que el chico cogió un par de bolsas de debajo del asiento.
-La próxima vez pondré la mochila arriba o en el asiento donde pueda verlas.
-También me ha dicho que suele hacer este trayecto una vez al mes, igual que ella.
-Una chica observadora.
-Todas las mujeres lo somos.-sonrió con cierta malicia.
No sabría concretar si es algo que mi colega creía así o si lo dijo más por meterse un poco conmigo. Pensándolo bien, posiblemente por ambas razones.
La mujer del móvil tenía razón, el chico apareció con su mochila al hombro. Ahora presentaba un aspecto cansado. Decidimos observarlo. No teníamos pruebas de que hubiera sido él, aún debíamos conseguirlas. El tren llegó unos pocos minutos después, nos montamos en el mismo vagón.
sábado, 22 de diciembre de 2012
La...
Lo mejor de aquella noche no fue acariciar tu cabello. Tampoco el tacto de seda de tus labios de un delicado rosado. Ni el perfume dulce de tu piel que saboreaba con las manos, perdidas en los caminos de tu cuerpo como un viajero curioso e inquieto. Y siquiera podría ser el calor tibio de nuestros cuerpos mientras se amaban el uno al otro como si tuvieran una mente propia y ajena, pero faltaría a la verdad. Si bien nada de eso podré olvidar jamás, lo mejor fue la sonrisa de tus ojos.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
La Canción del Bosque (2)
Capítulo 2, Salmoralo
La carreta crujía cada vez que las ruedas pasaban por un adoquín mal colocado o un pequeño bache, dando la impresión de que fuera a desmontarse allí mismo.
En su equipaje Elbert llevaba una carta del rey con la que podría conseguir ayuda en caso de necesitarlo, o eso se suponía; y otra de su tesorero, Loturo, un hombre de aspecto enfermizo y mal encarado, que debía presentar al conde regente de Bahialuna para que le proporcionara cuantos fondos fuesen precisos. Suspiró resignado. No era la primera vez que trataba con la nobleza y siempre ocurría lo mismo, daba igual que el título fuera rey, conde o barón, todos querían siempre llevar a cabo proyectos, caros, sin soltar oro alguno.
La visión de la enorme extensión de playa que era Bahíaluna en la distancia, perdiéndose a lo lejos, hizo que se detuvieran. Era algo que merecía la pena saborear. La arena entre blanca y rojiza, el mar cristalino, entre azul y verde, acariciando la costa con unos dedos suaves e intensos, como los de un amante entregado. Las nubes de algodón sobre el cielo, viajando rápido a ninguna parte. Podían incluso sentir el olor del agua y la sal, en la piel y en la boca. Las casas blancas y el puerto se integraban perfectamente en la escena, como la uña con el dedo.
-Es preciosa.-dijo en voz baja, cautivado, Elbert.
-¿No la habiáis visto nunca?.-el cochero de la carreta sonrió, apacible.
-No desde aquí, siempre he ido en barco.
-Una imagen también hermosa, pero no como esta. No como esta.
-Para nada.
-Creo que deberíamos continuar, el rey no admitirá retrasos.
Casabastro, uno de los hombres que Peltos había puesto al servicio de Elbert, rompió la magia del momento. El carretero chasqueó suavemente el látigo y los caballos se pusieron, mansamente, en marcha.
El palacio del conde de Bahíaluna era una mezcla entre, las nuevas tendencias de ventanales amplios y paredes rectas y, las antiguas tradiciones de muros gruesos de piedra, con pequeños ventanucos. Posiblemente el resultado de múltiples reconstrucciones época tras época.
Varios heraldos, con vistosos trajes de colores, salieron a su encuentro para darles la bienvenida antes de alcanzar la puerta en los muros.
La estancia donde lo condujeron era amplia, libre de columnas y la pared frente a la entrada era casi por completo un enorme ventanal con vistas a la playa, al puerto y al mar. En ella esperaba un hombre de piel endurecida por la sal y bronceada por el sol, cabello negro y espeso, recogido en una cola que le llegaba hasta el final de la espalda. Con los ojos del color de la mañana, pero con un brillo de peligro tras ellos. Sus ropas eran de un azul profundo e intenso, salpicadas de detalles en plata que recordaban las olas de un día de marejada salpicada de peces con miradas esmeraldas y granates.
-¡Oh, mi querido Elbert!-la sonrisa amplia y cálida lo tomó por sorpresa.-Soy el conde Salmoralo. ¡Bienvenido a Bahíaluna! Nuestro querido rey envió varias palomas avisando de que vendriáis.
-Gracias por este recibimiento, conde.-hizo una reverencia acusada. No le había pasado inadvertido que un banquete, en su honor, estaba siendo preparado mientras hablaban.
-Sólo Salmoralo, el título de conde es, a veces, demasiado pesado y, en esta ocasión no hay causa para tener que llevarlo. Y yo puedo llamaros Elbert, ¿verdad?
-Desde luego, conde... Salmoralo.-sonrió torpemente.-Tengo una carta para vos del administrador Loturo.
Sacó el sobre de papel, un tanto humedecido. El conde lo cogió y lo dejó en una mesa sin abrirlo.
-Seguro que adivino lo que dice, he de proporcionaros todos los medios que preciséis para vuestra investigación. Y todos sabemos que eso siempre se reduce a dinero. Lo único que pone en las cartas de Loturo es: ¡"Entregad vuestro oro"!. Es como un bandido que, en vez de apuntar con una ballesta, lo hace con el sello real.
Si no hubiera sido por la seriedad con la que el conde hablaba, Elbert habría esbozado una sonrisa.
-Pero no dejaremos que eso nos quite el buen humor, siempre es motivo de celebración que un agente de su majestad venga a hacer asuntos a la humilde ciudad de Bahíaluna, la más bonitas de todas las de Ririan.
-Desconozco si el rey Peltos opinará lo mismo, pero yo tengo que reconocer que la belleza de este lugar es diferente a todas las que he tenido el placer de vislumbrar.
Salmoralo pareció satisfecho con la respuesta.
-¡Vamos! Un banquete aguarda.-sonrió.-Espero que os guste el pescado.
-Por supuesto.
-Bien, seguidme entonces.
La carreta crujía cada vez que las ruedas pasaban por un adoquín mal colocado o un pequeño bache, dando la impresión de que fuera a desmontarse allí mismo.
En su equipaje Elbert llevaba una carta del rey con la que podría conseguir ayuda en caso de necesitarlo, o eso se suponía; y otra de su tesorero, Loturo, un hombre de aspecto enfermizo y mal encarado, que debía presentar al conde regente de Bahialuna para que le proporcionara cuantos fondos fuesen precisos. Suspiró resignado. No era la primera vez que trataba con la nobleza y siempre ocurría lo mismo, daba igual que el título fuera rey, conde o barón, todos querían siempre llevar a cabo proyectos, caros, sin soltar oro alguno.
La visión de la enorme extensión de playa que era Bahíaluna en la distancia, perdiéndose a lo lejos, hizo que se detuvieran. Era algo que merecía la pena saborear. La arena entre blanca y rojiza, el mar cristalino, entre azul y verde, acariciando la costa con unos dedos suaves e intensos, como los de un amante entregado. Las nubes de algodón sobre el cielo, viajando rápido a ninguna parte. Podían incluso sentir el olor del agua y la sal, en la piel y en la boca. Las casas blancas y el puerto se integraban perfectamente en la escena, como la uña con el dedo.
-Es preciosa.-dijo en voz baja, cautivado, Elbert.
-¿No la habiáis visto nunca?.-el cochero de la carreta sonrió, apacible.
-No desde aquí, siempre he ido en barco.
-Una imagen también hermosa, pero no como esta. No como esta.
-Para nada.
-Creo que deberíamos continuar, el rey no admitirá retrasos.
Casabastro, uno de los hombres que Peltos había puesto al servicio de Elbert, rompió la magia del momento. El carretero chasqueó suavemente el látigo y los caballos se pusieron, mansamente, en marcha.
El palacio del conde de Bahíaluna era una mezcla entre, las nuevas tendencias de ventanales amplios y paredes rectas y, las antiguas tradiciones de muros gruesos de piedra, con pequeños ventanucos. Posiblemente el resultado de múltiples reconstrucciones época tras época.
Varios heraldos, con vistosos trajes de colores, salieron a su encuentro para darles la bienvenida antes de alcanzar la puerta en los muros.
La estancia donde lo condujeron era amplia, libre de columnas y la pared frente a la entrada era casi por completo un enorme ventanal con vistas a la playa, al puerto y al mar. En ella esperaba un hombre de piel endurecida por la sal y bronceada por el sol, cabello negro y espeso, recogido en una cola que le llegaba hasta el final de la espalda. Con los ojos del color de la mañana, pero con un brillo de peligro tras ellos. Sus ropas eran de un azul profundo e intenso, salpicadas de detalles en plata que recordaban las olas de un día de marejada salpicada de peces con miradas esmeraldas y granates.
-¡Oh, mi querido Elbert!-la sonrisa amplia y cálida lo tomó por sorpresa.-Soy el conde Salmoralo. ¡Bienvenido a Bahíaluna! Nuestro querido rey envió varias palomas avisando de que vendriáis.
-Gracias por este recibimiento, conde.-hizo una reverencia acusada. No le había pasado inadvertido que un banquete, en su honor, estaba siendo preparado mientras hablaban.
-Sólo Salmoralo, el título de conde es, a veces, demasiado pesado y, en esta ocasión no hay causa para tener que llevarlo. Y yo puedo llamaros Elbert, ¿verdad?
-Desde luego, conde... Salmoralo.-sonrió torpemente.-Tengo una carta para vos del administrador Loturo.
Sacó el sobre de papel, un tanto humedecido. El conde lo cogió y lo dejó en una mesa sin abrirlo.
-Seguro que adivino lo que dice, he de proporcionaros todos los medios que preciséis para vuestra investigación. Y todos sabemos que eso siempre se reduce a dinero. Lo único que pone en las cartas de Loturo es: ¡"Entregad vuestro oro"!. Es como un bandido que, en vez de apuntar con una ballesta, lo hace con el sello real.
Si no hubiera sido por la seriedad con la que el conde hablaba, Elbert habría esbozado una sonrisa.
-Pero no dejaremos que eso nos quite el buen humor, siempre es motivo de celebración que un agente de su majestad venga a hacer asuntos a la humilde ciudad de Bahíaluna, la más bonitas de todas las de Ririan.
-Desconozco si el rey Peltos opinará lo mismo, pero yo tengo que reconocer que la belleza de este lugar es diferente a todas las que he tenido el placer de vislumbrar.
Salmoralo pareció satisfecho con la respuesta.
-¡Vamos! Un banquete aguarda.-sonrió.-Espero que os guste el pescado.
-Por supuesto.
-Bien, seguidme entonces.
sábado, 15 de diciembre de 2012
El Aprendiz...
-¡Oh, maestro Lea! Al fin os he encontrado. No ha sido una
tarea fácil.
-¿Siempre os titubea tanto la voz o es porque no esperabais
encontrar a una mujer?
-Reconozco que eso me ha turbado unos instantes, pero no. Lo
cierto es que no esperaba hallaros en un lugar… como este.
-No es especialmente sensato juzgar el hogar de quien no
conoces y al que deseas pedir algo, ¿por qué vienes para eso verdad?
-Desde luego no pretendía tal cosa, os ruego que me
disculpéis, es sólo que son tantas las canciones que se cuentan sobre vuestra
grandeza y maestría que resulta imposible imaginar que viváis en esta humilde
cabaña. Y, el rubor en mi cara os habrá contestado vuestra pregunta.
-Sí que lo ha hecho, pero poco me importa; no puedo evitar
sentirme ofendida ante vuestras palabras, ¿acaso no es mi salón digno de
vuestra presencia? ¿Indigno de hasta un lugar que sólo existe en vuestra
imaginación?
-De nuevo os pido que perdonéis mis palabras, mis gestos y
la mirada a vuestras vacías paredes.
-¿Sois incapaz de contener vuestra lengua? ¿Tenéis algún
tipo de problema en el cerebro? ¿O acaso carecéis de él? No, no hagáis ni el
más mínimo intento de interrumpirme o puede que perdáis algo que no queréis
perder. ¿Cuál es vuestro nombre? ¿Y cuál vuestro linaje?
-Soy Julios Piedrasverdes, tercer hijo del barón de
Piedrasverdes.
-Sólo el tercer hijo de un barón, un don nadie que se cree
capaz de valorar donde descansa una leyenda, alguien que blandió las doce
espadas y que venció al más grande de los grandes, Íbar Hoja del Oeste. Julios
Piedras verdes, salid de aquí de inmediato y regresad solo cuando vuestra boca
no sea más rápida que vuestro pensamiento.
-¡Oh, maestra Lea! Han pasado quince meses, quince meses en
los que no he parado de lamentar mis desafortunadas palabras, quince meses en
los que he intentado a cada instante encontrar las palabras adecuadas para
pedir vuestro perdón, quince meses en los que he trabajado y aprendido para
hacerme digno de vuestras palabras.
-Reconozco que habéis mejorado, aunque veo en vuestros ojos
un eco de orgullo, de satisfacción, como si pensarais que con unas pocas frases
bien pensadas pudierais borrar todo lo que dijisteis la vez anterior; pero está
bien, consideraré que todo lo que habéis dicho es cierto y, os pregunto, ¿qué
deseáis que os enseñe?
-El secreto de la espada.
-Tan rápido contestáis, ¿es algo qué hayáis considerado
detenidamente? Porque os lo advierto tercer hijo del barón de Piedras verdes,
es un camino peligroso, largo y solitario.
-Estoy dispuesto a aceptar todo lo que en ese camino pueda
encontrar.
-Tenéis demasiada seguridad, demasiada.
-Si no fuera así jamás habría podido volver a presentarme en
vuestro salón.
-Los modales que traéis han mejorado, pero aún tengo dudas.
-¿Dudas? ¿Por qué? Si tan sólo me permitieseis demostraros
lo que puedo hacer.
-Si lo que hagáis puede impresionarme, entonces, ¿qué
necesitáis aprender de mi?
-¿Acaso es una burla?
-No, sólo una pregunta sincera.
-En ningún momento he querido insinuar que podría asombraros
de alguna manera, nada más demostrar que soy digno de vuestro tutelaje.
-No está mal, pero no penséis que porque haya sonreído os
tomaré como aprendiz, es posible que nunca lo haga.
-¡Por qué me atacáis?
-Quería saber únicamente cómo de rápido erais y, aunque
hayáis bloqueado mi espada y eso os llene de orgullo, os diré que volváis
cuando vuestro filo no sea más rápido que vuestra cabeza.
-¡Oh, maestra Lea! Tras quince meses he regresado, mi
lengua, ni mi espada, son más rápidas que mi mente, ¿me permitiréis entrar a
vuestro salón?
-Pasad, tercer hijo del barón de Piedrasverdes, para que
pueda comprobar si lo que decís es verdad.
-Gracias, maestro Lea.
-¿Cómo pensáis demostrarme todo eso? Y, antes de que me deis
una respuesta, dejadme advertiros que será la última vez que os deje traspasar
mi puerta. Incluso acercaros a esta casa.
-Confío en que esta vez me juzguéis digno.
-Puede que haya esperanza, confianza humilde… ¿Pero porqué
sacáis vuestra espada? ¿Pensáis desafiarme? Eso únicamente os granjeará una
muerte rápida y, desde luego, no servirá para que crea lo que habéis dicho para
que os dejase entrar.
-Reconozco que no he hecho nunca, en verdad, nada para
granjearme un gramo de confianza en mi como aprendiz, pero en todo el tiempo
que ha pasado al fin he aprendido algo.
-¿El qué? ¿A blandir una espada?
-No.
-Creí que no seríais nunca capaz de aprenderlo. Acabáis de
asombrarme y eso no es fácil de conseguir. Puede que sea vuestra maestra, pero
antes contestadme una pregunta ¿por qué habéis enfundado vuestra espada?
-Porque es el único sitio donde debe permanecer una hoja
afilada, en su funda.
-Una respuesta pausada, donde el cerebro fue más rápido que
la boca o la mano. A partir de ahora no sois más Julios Piedrasverdes, el
tercer hijo del barón Piedrasverdes. Vuestro nombre será Inar, la primera
palabra del lenguaje de las espadas.
-Gracias, maestra.
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