miércoles, 12 de diciembre de 2012
Cuando...
Cuando mis oídos te acarician y, mis labios te miran y, mis ojos te oyen; entonces... Lo sé.
lunes, 10 de diciembre de 2012
La Canción del Bosque (1)
Capítulo 1. El Mandato del Rey.
El palacio del monarca de Ririan era uno de los más grandes y opulentos de todo el imperio de Tursan. La corte del rey Peltos Rocaoro destilaba riqueza y elegancia por todas partes, por eso Elbert, humilde erudito, se sentía abrumado. Sus ojos se posaban en cada tapiz, rematado siempre en oro, que colgaba en un pasillo. Las armaduras que adornaban los huecos siempre presentaban joyas engarzadas, en el peto, en los guantes o en las doradas empuñaduras de las armas que sostenían los guerreros vacíos. Hasta los ropajes de los criados eran de seda, rematados en plata. En esos momentos, Elbert estaba completamente absorto en los dibujos del faldón del hombre que lo guiaba.
Se detuvieron ante una enorme puerta, custodiada por dos enormes guardias. El criado la abrió y le cedió el paso.
-Su majestad os espera dentro.
Asintió nerviso antes de cruzar el umbral.
En su cara se pintó de asombro. Los techos abovedados eran increíblemente altos y, cada uno, presentaba una pintura de increible realismo. Los capiteles de las columnas refulgían con dorado. Y, frente a él, una ventana toda de cristal se abría, dando paso a un balcón gigantesco. No podía creer que estuviera en los aposentos personales del rey.
-Venid, pasad.-llamó desde el exterior.
Peltos Rocaoro se quedó parado, mirándolo con curiosidad y esbozó una mueca de disgusto.
-No os imaginaba tan joven.-suspiró.-Levantáos y tomad asiento.
Obedeció de inmediato cesando en su reverencia y se sentó. Se mantuvo callado, no había estado mucho en la corte pero sí lo suficiente como para saber que no debía hablar a menos que se le preguntar algo directamente o, se le diera permiso.
-Según he oído os jactáis de conocer casi todas las leyendas del reino y más allá.-Elbert asintió tímidamente.-Incluso, que habéis ido en busca de alguno de estos mitos y cuentos.
Volvió a mover la cabeza arriba y abajo, por la voz del rey le resultaba evidente su desaprobación.
-Aunque me parezca una locura, necesito que salgáis en busca de una de estas fábulas para mi.-tocó una campanilla y aparecieron, casi al instante, varios criados.-¿Queréis algo de beber?
-Un té estaría bien.-balbuceó.
-Vamos, rápido, traedlo y también una manzanilla. Y no olvidéis las galletitas, vamos, vamos.-se giró y quedó dándole la espalda, mirando toda la ciudad de Edirian que se desparramaba ante ellos, visible desde el balcón.-¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Muchas historias hay sobre el dragón del bosque de Lubaen, ¿conoceréis alguna verdad?
-Sí, majestad, alguna.-no sabía si permanecer sentado o levantarse.
-Eso está bien porque quiero que localicéis la guarida de la criatura.
-¿Del dragón?
-Así es, ¿no podéis hacerlo?
Dudó unos instantes. Sabía de muchos que habían intentado averigüar si existía o no el dragón de cuentos y leyendas sobre Lubaen sin éxito y que, la mayoría, habían regresado locos o algo peor, si es que lo hacían.
-No sabré si puedo hacerlo o no hasta que investigue un poco.-Peltos se giró para tenerlo de cara y, torció el gesto entre disgustado y aburrido.-No siempre existe la criatura o puede ser encontrada.-Se arrepintió de esas palabras, pero tenía que decirlas.
-Con esa falta de fe no me extraña que no encontréis todo lo que buscáis, pero,-se encogió de hombros.-me han dicho que soís el mejor, así que el trabajo es vuestro y estoy seguro de que no me decepcionaréis.
Elbert se preguntó por un momento en qué se estaba metiendo, él no había pedido nada y tenía muchas cosas que hacer, pero, sabía que a un rey no se le podía decir que no. Tragó saliva.
-Seber, el administrador, se encargará de proporcionar todo lo que podáis necesitar.
El silencio se hizo muy espeso. Elbert se levantó y empezó a salir de allí, notando que el rey había dado por terminada aquella reunión.
-Una cosa más, tenéis tres meses.
Hizo una reverencia antes de abandonar los aposentos del rey, con la cabeza llena de preguntas y, también, con una creciente preocupación en su estómago.
El palacio del monarca de Ririan era uno de los más grandes y opulentos de todo el imperio de Tursan. La corte del rey Peltos Rocaoro destilaba riqueza y elegancia por todas partes, por eso Elbert, humilde erudito, se sentía abrumado. Sus ojos se posaban en cada tapiz, rematado siempre en oro, que colgaba en un pasillo. Las armaduras que adornaban los huecos siempre presentaban joyas engarzadas, en el peto, en los guantes o en las doradas empuñaduras de las armas que sostenían los guerreros vacíos. Hasta los ropajes de los criados eran de seda, rematados en plata. En esos momentos, Elbert estaba completamente absorto en los dibujos del faldón del hombre que lo guiaba.
Se detuvieron ante una enorme puerta, custodiada por dos enormes guardias. El criado la abrió y le cedió el paso.
-Su majestad os espera dentro.
Asintió nerviso antes de cruzar el umbral.
En su cara se pintó de asombro. Los techos abovedados eran increíblemente altos y, cada uno, presentaba una pintura de increible realismo. Los capiteles de las columnas refulgían con dorado. Y, frente a él, una ventana toda de cristal se abría, dando paso a un balcón gigantesco. No podía creer que estuviera en los aposentos personales del rey.
-Venid, pasad.-llamó desde el exterior.
Peltos Rocaoro se quedó parado, mirándolo con curiosidad y esbozó una mueca de disgusto.
-No os imaginaba tan joven.-suspiró.-Levantáos y tomad asiento.
Obedeció de inmediato cesando en su reverencia y se sentó. Se mantuvo callado, no había estado mucho en la corte pero sí lo suficiente como para saber que no debía hablar a menos que se le preguntar algo directamente o, se le diera permiso.
-Según he oído os jactáis de conocer casi todas las leyendas del reino y más allá.-Elbert asintió tímidamente.-Incluso, que habéis ido en busca de alguno de estos mitos y cuentos.
Volvió a mover la cabeza arriba y abajo, por la voz del rey le resultaba evidente su desaprobación.
-Aunque me parezca una locura, necesito que salgáis en busca de una de estas fábulas para mi.-tocó una campanilla y aparecieron, casi al instante, varios criados.-¿Queréis algo de beber?
-Un té estaría bien.-balbuceó.
-Vamos, rápido, traedlo y también una manzanilla. Y no olvidéis las galletitas, vamos, vamos.-se giró y quedó dándole la espalda, mirando toda la ciudad de Edirian que se desparramaba ante ellos, visible desde el balcón.-¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Muchas historias hay sobre el dragón del bosque de Lubaen, ¿conoceréis alguna verdad?
-Sí, majestad, alguna.-no sabía si permanecer sentado o levantarse.
-Eso está bien porque quiero que localicéis la guarida de la criatura.
-¿Del dragón?
-Así es, ¿no podéis hacerlo?
Dudó unos instantes. Sabía de muchos que habían intentado averigüar si existía o no el dragón de cuentos y leyendas sobre Lubaen sin éxito y que, la mayoría, habían regresado locos o algo peor, si es que lo hacían.
-No sabré si puedo hacerlo o no hasta que investigue un poco.-Peltos se giró para tenerlo de cara y, torció el gesto entre disgustado y aburrido.-No siempre existe la criatura o puede ser encontrada.-Se arrepintió de esas palabras, pero tenía que decirlas.
-Con esa falta de fe no me extraña que no encontréis todo lo que buscáis, pero,-se encogió de hombros.-me han dicho que soís el mejor, así que el trabajo es vuestro y estoy seguro de que no me decepcionaréis.
Elbert se preguntó por un momento en qué se estaba metiendo, él no había pedido nada y tenía muchas cosas que hacer, pero, sabía que a un rey no se le podía decir que no. Tragó saliva.
-Seber, el administrador, se encargará de proporcionar todo lo que podáis necesitar.
El silencio se hizo muy espeso. Elbert se levantó y empezó a salir de allí, notando que el rey había dado por terminada aquella reunión.
-Una cosa más, tenéis tres meses.
Hizo una reverencia antes de abandonar los aposentos del rey, con la cabeza llena de preguntas y, también, con una creciente preocupación en su estómago.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
¿Magnético?
-¿Poder?
-Sí, eso digo, poder. No te lo crees pero hay gente capaz de dotar de poderes a una cosa. Sí, una cosa como puede ser un color.
-¡Venga ya!
-No es ninguna tontería.
-No, que va, es algo más.
-Déjame demostrártelo.
-Venga.
-Mira allí.
-¿Dónde? ¿Allí?
-Sí, justo. ¿Y bien, te convences? Digo que si te convences.
-¿Cómo?
-¿Qué si has visto mi demostración?
-¿Qué?
-La demostración... Ya la he hecho.
-Sí... seguro.
-Ni te has dado cuenta, pero no te has enterado de nada de lo que te he dicho.
-Claro que sí.
-Venga, ¿qué he dicho?
-Pues... pues...
-¿Ves? Te has quedado magnetizado por esa mujer vestida de rojo. Lo que yo te decía, hay quien es capaz de darle poder a algo como el color rojo...
-Sí, eso digo, poder. No te lo crees pero hay gente capaz de dotar de poderes a una cosa. Sí, una cosa como puede ser un color.
-¡Venga ya!
-No es ninguna tontería.
-No, que va, es algo más.
-Déjame demostrártelo.
-Venga.
-Mira allí.
-¿Dónde? ¿Allí?
-Sí, justo. ¿Y bien, te convences? Digo que si te convences.
-¿Cómo?
-¿Qué si has visto mi demostración?
-¿Qué?
-La demostración... Ya la he hecho.
-Sí... seguro.
-Ni te has dado cuenta, pero no te has enterado de nada de lo que te he dicho.
-Claro que sí.
-Venga, ¿qué he dicho?
-Pues... pues...
-¿Ves? Te has quedado magnetizado por esa mujer vestida de rojo. Lo que yo te decía, hay quien es capaz de darle poder a algo como el color rojo...
martes, 4 de diciembre de 2012
Tú
-¿Una rosa? No. Tampoco un clavel. Sí, una amapola... No, para nada. ¡Ya! La flor de lis. Pero es que no. ¿Tal vez una camelia? Demasiado vulgar, ¿no? Desde luego. La flor de coral, es posible... No, otra. Es otra. Una orquidea. Sí, las orquídeas son bellas, son exóticas, son delicadas, demasiado delicadas, demasiado... ¿Qué flor serías? ¿Una campanilla? Puede ser, es bonita, estilizada, sí cómo tus piernas, pero no, eso no eres tú, muy poco. Sólo una parte, no el todo. Entonces, ¿cuál? Ya, lo sé. Un pensamiento, todos los pensamientos...
domingo, 2 de diciembre de 2012
El Enigma del Ladrón de Quesos (3) El comienzo del enigma.
A las siete y media de la mañana sonó el despertador. El sonido no lo reconocía. No era el mío, pero eso no importaba, sirvió a su propósito. Mi colega en la cama de al lado se levantó casi de un salto. Yo tardé algo más. Siempre he adorado esos minutos después de despertarse, sobre todo los días de frío.
Yo tomé leche con cacao bien cargado, con galletas de chocolate. No puedo evitarlo, las calorías son mi perdición. Mi colega, en cambio, podría decirse que es el espejo de la salud en persona: leche, cereales y fruta. Mientras, charlamos sobre a qué sitios íbamos a ir. En algunos ella ya había estado, en otros, no, pero de todos, al menos, tenía referencias.
No me llevó demasiado arreglarme, al hamere duchado la noche antes, lo único que hice fue darme un pequeño remojón para despejarme. Resulta increíble lo que nos condicionan las costumbres. Para mi resulta difícil salir de casa por la mañana sin haber pasado por la ducha. Ya vestido me asomé a la habitación. Mi colega estaba ultimando los detalles frente al espejo. Me resultó curioso ver a través del reflejo como se aplicaba la mascarilla en las pestañas. Una de esas cosas que uno ve de vez en cuando hacer a una amiga, una novia, una madre, pero nunca repara en ellas hasta que lo hace: también lo encontré sexy. Sé que estas cosas no tienen mucho que ver con el tema que nos ocupa, pero cuando me decidí a escribir sobre esto, decidí contarlo todo. Hasta el más mínimo detalle.
Cuando terminó, en apenas unos minutos, le dije.
-Perfecta.
Ella sonrió. No hacía falta que yo se lo dijera, lo sabía. Aún así, a mi me educaron de esa forma: a una mujer siempre hay que decirle que está guapa, sobre todo, cuando es verdad.
Ya en la calle de nuevo quedé en las manos de mi colega, aunque el camino era prácticamente el mismo sólo que a la inversa, el que ahora fuera de día, para mi convertía las calles en las de otra ciudad. Siempre me ha pasado igual.
Llegamos a la estación de trenes antes de las nueve, con más de veinte minutos para coger el nuestro. Pero viendo la enormidad que era el edificio no íbamos sobrados de tiempo. De hecho, cuando comenzamos a andar por los andenes, buscando en el que debíamos esperar, a mi se me asemejó a un laberinto. Desde luego aquella estación no está hecha para alguien que la conozca. Casi era una locura similar a la que veía en el conductor del autobús a mi llegada.
Una vez en el vagón me enseñó el mapita de la primera ciudad que visitaríamos. Dejé mi mochila con todas las cosas a un lado.
A mitad de trayecto, serían las diez y cinco de la mañana, recuerdo sacar la botella de agua para beber un poco y dejar la mochila abierta para poder guardarla y sacarla con facilidad. A las diez y cuarenta minutos, metí todo lo que estaba fuera y corrimos hacia la puerta del vagón. Era nuestra parada.
La estación de tren resultó no estar en el centro, cosa que me resultó bastante sorprendente. Creo que no he ido a ninguna ciudad en la que la estación principal no esté bien centrada. Pero eso nos dio la ocasión de dar un agradable paseo.
Si tuviera que definir el sitio donde estábamos en dos palabras creo que serían: bonito y peculiar.
Antes de comer, cerca de las dos de la tarde, un poco antes de tener que coger el tren hasta el siguiente destino, lo que hicimos fue lo típico que hace uno cuando es un turista despistado: andar, entrar en tiendas, hacer fotos, comprar alguna cosa, perderse y preguntar. Así que, un poco cansados, nos dispusimos a saciar el hambre, no demasiada, todo hay que decirlo. Saqué el agua, la bolsa con el pan, la bolsa con el embutido y, la bolsa con los quesos, no estaba. ¿Cómo era posible?
En ese momento saqué todo el contenido de la mochila y empezamos a analizarlo. No tuvimos que mirar demasiado para ver un hilo sintético, posiblemente de nylon, enganchado en una de las cremalleras de la mochila. Eso, a pesar de nuestra intención de mantenernos alejados del trabajo, provocó que nuestras mentes se pusieran en marcha. Ocurrió, como pasa demasiado a menudo, que la fuerza de la costumbre era demasiado poderosa. Teníamos ante nosotros un enigma: ¿qué había sido de la bolsa de quesos? Sé que te preguntarás porqué una pregunta, un enigma, era fuerza de la costumbre para nosotros; y no tengo inconveniente en decírtelo: mi colega y yo somos detectives privados.
Yo tomé leche con cacao bien cargado, con galletas de chocolate. No puedo evitarlo, las calorías son mi perdición. Mi colega, en cambio, podría decirse que es el espejo de la salud en persona: leche, cereales y fruta. Mientras, charlamos sobre a qué sitios íbamos a ir. En algunos ella ya había estado, en otros, no, pero de todos, al menos, tenía referencias.
No me llevó demasiado arreglarme, al hamere duchado la noche antes, lo único que hice fue darme un pequeño remojón para despejarme. Resulta increíble lo que nos condicionan las costumbres. Para mi resulta difícil salir de casa por la mañana sin haber pasado por la ducha. Ya vestido me asomé a la habitación. Mi colega estaba ultimando los detalles frente al espejo. Me resultó curioso ver a través del reflejo como se aplicaba la mascarilla en las pestañas. Una de esas cosas que uno ve de vez en cuando hacer a una amiga, una novia, una madre, pero nunca repara en ellas hasta que lo hace: también lo encontré sexy. Sé que estas cosas no tienen mucho que ver con el tema que nos ocupa, pero cuando me decidí a escribir sobre esto, decidí contarlo todo. Hasta el más mínimo detalle.
Cuando terminó, en apenas unos minutos, le dije.
-Perfecta.
Ella sonrió. No hacía falta que yo se lo dijera, lo sabía. Aún así, a mi me educaron de esa forma: a una mujer siempre hay que decirle que está guapa, sobre todo, cuando es verdad.
Ya en la calle de nuevo quedé en las manos de mi colega, aunque el camino era prácticamente el mismo sólo que a la inversa, el que ahora fuera de día, para mi convertía las calles en las de otra ciudad. Siempre me ha pasado igual.
Llegamos a la estación de trenes antes de las nueve, con más de veinte minutos para coger el nuestro. Pero viendo la enormidad que era el edificio no íbamos sobrados de tiempo. De hecho, cuando comenzamos a andar por los andenes, buscando en el que debíamos esperar, a mi se me asemejó a un laberinto. Desde luego aquella estación no está hecha para alguien que la conozca. Casi era una locura similar a la que veía en el conductor del autobús a mi llegada.
Una vez en el vagón me enseñó el mapita de la primera ciudad que visitaríamos. Dejé mi mochila con todas las cosas a un lado.
A mitad de trayecto, serían las diez y cinco de la mañana, recuerdo sacar la botella de agua para beber un poco y dejar la mochila abierta para poder guardarla y sacarla con facilidad. A las diez y cuarenta minutos, metí todo lo que estaba fuera y corrimos hacia la puerta del vagón. Era nuestra parada.
La estación de tren resultó no estar en el centro, cosa que me resultó bastante sorprendente. Creo que no he ido a ninguna ciudad en la que la estación principal no esté bien centrada. Pero eso nos dio la ocasión de dar un agradable paseo.
Si tuviera que definir el sitio donde estábamos en dos palabras creo que serían: bonito y peculiar.
Antes de comer, cerca de las dos de la tarde, un poco antes de tener que coger el tren hasta el siguiente destino, lo que hicimos fue lo típico que hace uno cuando es un turista despistado: andar, entrar en tiendas, hacer fotos, comprar alguna cosa, perderse y preguntar. Así que, un poco cansados, nos dispusimos a saciar el hambre, no demasiada, todo hay que decirlo. Saqué el agua, la bolsa con el pan, la bolsa con el embutido y, la bolsa con los quesos, no estaba. ¿Cómo era posible?
En ese momento saqué todo el contenido de la mochila y empezamos a analizarlo. No tuvimos que mirar demasiado para ver un hilo sintético, posiblemente de nylon, enganchado en una de las cremalleras de la mochila. Eso, a pesar de nuestra intención de mantenernos alejados del trabajo, provocó que nuestras mentes se pusieran en marcha. Ocurrió, como pasa demasiado a menudo, que la fuerza de la costumbre era demasiado poderosa. Teníamos ante nosotros un enigma: ¿qué había sido de la bolsa de quesos? Sé que te preguntarás porqué una pregunta, un enigma, era fuerza de la costumbre para nosotros; y no tengo inconveniente en decírtelo: mi colega y yo somos detectives privados.
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